-/-/1975 D.C
Una radio policial crepitaba en medio del silencio.
—Oficial, se le ordena regresar. Es demasiado peligroso estar en el Gran Ca?ón a estas horas de la noche. —La voz de su superior era firme pero cansada.
El oficial, un hombre de unos cincuenta y cinco a?os, algo flaco y con el ce?o endurecido por la noche entera de búsqueda, negó con la cabeza mientras tomaba el transmisor.
—Lo siento, Sargento… debe de ser más peligroso para esa ni?a estar sola por aquí. No me iré hasta encontrarla. —Colgó sin esperar respuesta—. Qué fastidio —murmuró.
Se sentó sobre una roca. El café en su termo estaba ya frío, pero aún quedaba un sorbo. Lo bebió, mirando en la penumbra.
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Entonces, una piedra rodó detrás de él. Se levantó de golpe. La mano fue instintiva a la pistola. En su mente, la posibilidad inmediata: un oso. Pero sus ojos se abrieron de par en par. No era un animal.
Allí estaba.
En lo alto de una formación rocosa, recortada contra el cielo estrellado, la ni?a lo observaba. Tendría tres, tal vez cuatro a?os. El cabello amarillo, suelto y enmara?ado, parecía brillar. Los ojos, de un turquesa casi irreal, lo miraban sin parpadear. Llevaba la ropa sucia, rasgada en algunas partes, como si hubiera estado vagando durante días.
Ella no dijo una palabra. Solo levantó su brazo y se?aló hacia lo alto de la colina. El oficial siguió la dirección de su dedo. Entonces la vio…

