De repente, los ojos de Cáliban se abrieron de golpe. Pesta?eó varias veces, respirando agitadamente. Se incorporó con esfuerzo, jadeando, pero lo que vio lo dejó en silencio.
Frente a él se extendía una vasta pradera. El cielo era de un gris apagado, como si se negara a decidir entre la noche y el amanecer. A lo lejos, el estruendo del acero chocando contra el acero rompía el silencio. Gritos de guerra resonaban por aquel campo, el sonido seco de la carne siendo atravesada inundaba sus oídos… una batalla campal.
—?Qué es este lugar? —murmuró, confuso —?Otro sue?o?
Caballeros de armaduras plateadas luchaban contra criaturas de fantasía cubiertas por negras armaduras que rezumaban oscuridad. La lucha era brutal, despiadada… cada instante era más feroz.
Cáliban avanzó por el centro de aquel caos. Nadie lo veía, nadie se inmutaba por su presencia, como si fuera solo un espectador de aquel recuerdo bélico. Todos lo ignoraban… excepto una figura.
Al final del sendero, entre cuerpos y estandartes rotos, alguien lo esperaba. Una figura encapuchada, con una túnica cubierta por una niebla espesa que ocultaba sus rasgos. En su mano portaba un bastón incluso más alto que él. Desde la distancia, lo observaba con una quietud casi mística.
Cáliban frunció el ce?o. Decidido, avanzó hacia esa figura.
—?Quién eres tú?
La voz que respondió no parecía humana. Era grave, etérea, como si viniera desde una fosa infinita.
—?No lo recuerdas, Se?or del Eclipse?
Cáliban alzó una ceja. Aquella denominación no era extra?a para él, pero tampoco era común.
—He librado muchas batallas… y recorrido incontables mundos. Pero este… —miró a su alrededor con atención —Este no lo reconozco. ?Por qué?
—Si tú no lo sabes… ?Cómo podría saberlo yo?
La forma en que hablaba lo desconcertaba. Había algo en sus palabras, como si intentara confundirlo deliberadamente. Sin embargo, cuando observó más de cerca el campo, algo hizo clic en su memoria.
—La mazmorra… —susurró.
La figura asintió lentamente.
—No eres fácil de contactar, caballero. Tu voluntad resiste incluso en el sue?o. Tu alma está sellada de muchas formas… Tu mente, más aún. Usé un poder considerable para traerte aquí.
—?Fuiste tú quien me trajo?
—No tenía alternativa. Escapar de la mirada del Rey de los Caballeros no es tarea sencilla. No tenemos mucho tiempo. He venido para entregarte un mensaje. Vuelve a la mazmorra. Busca la ruta al árbol Sagrado. Allí nos encontraremos de nuevo.
Sin más palabras, la entidad alzó su bastón y lo golpeó contra el suelo.
Una onda de energía pura sacudió la escena, arrastrando a Cáliban fuera de aquel plano. Su cuerpo se elevó y se desvaneció entre destellos, despertando con un sobresalto.
El primer olor que percibió fue a hierbas medicinales. Luego, la sensación cálida de sábanas gruesas. Estaba vendado y acostado en una cama mullida en la mansión Hilloy.
Justo en ese momento, Lord Xander entró a la habitación con una bandeja de plata. La dejó con cuidado sobre la mesa.
—?Cómo te sientes?
—Mejor… —respondió Cáliban, incorporándose con esfuerzo.
Desayunó en silencio mientras le relataba lo sucedido. La emboscada del director, el enfrentamiento, y lo que le reveló. Xander escuchaba con atención y el ce?o fruncido.
—?Crees que podríamos vencerlo ahora mismo?
—No. —negó Cáliban con seriedad —Tiene mucho más poder del que imaginaba. Está… en la cima del Décimo Tercer Círculo. A este ritmo, está cerca de ser un verdadero Soberano. Pero le di una advertencia. No creo que intente algo más hasta estar seguro de que puede superarme.
Un silencio pesado se apoderó de la sala. La figura de Kasus, el director de la academia, se alzaba como una sombra en sus pensamientos. Entonces, la puerta se abrió suavemente. Lady Lidia entró, esbozando una sonrisa al ver a Cáliban despierto.
—Me alegra verlo consciente, mi se?or… ?Qué sucedió?
—Fue emboscado por el director. —respondió Xander, sin adornos.
Lidia llevó una mano a sus labios, sorprendida. Se sentó junto a la cama de Cáliban, observándolo con preocupación, buscando alguna herida que su magia no hubiese sanado.
—?Estás bien?
—Sí. Solo son rasgu?os… nada grave. —respondió con una sonrisa débil —?Cómo les fue a los demás ayer?
—?Oh, maravilloso! —dijo, animándose —Las ni?as abrieron sus núcleos. Estaban radiantes de emoción por comenzar a aprender magia. En cuanto a los chicos… Reinhard y Joseph alcanzaron el Cuarto Rango. ?A los quince a?os! Es impresionante. Dimerian avanzó al Tercero.
—?Y las demás?
—Las órdenes de las chicas no respondieron aún al estímulo del ritual. —dijo con tristeza —Sus espíritus no han despertado. Pero… Astrid logró llegar al Cuarto Círculo de Maná. Elizabeth desbloqueó el Tercer Rango, con Circulos de Maná en la cuarta etapa y su Aura en la primera. Juliana avanzó a Cuatro Estrellas de Aura.
Entonces su voz se quebró un poco.
—Pero… respecto a Nhun…
Xander y Lidia intercambiaron miradas. El ambiente se tornó tenso. Finalmente, Xander tomó la palabra.
—Nhun no mostró se?ales de avance. Nada. Fue como si el proceso no hubiese funcionado. Está… muy frustrada. Desde ayer, no ha querido hablar con nadie.
Cáliban desvió la mirada hacia la ventana. Afuera, el cielo aún se mostraba gris, como si el sue?o y la realidad no terminaran de separarse.
—Deberías hablar con ella. —a?adió Xander.
Cáliban frunció el ce?o. Le costaba concebir que un proceso tan riguroso hubiese producido resultados tan dispares.
?La diosa… perdió mucho poder. Supongo que eso afectó la respuesta espiritual de algunas de ellas…?
—?Ah! —exclamó de pronto Lidia, como si un recuerdo la hubiera sacudido —El proceso también dejó esto. Lo guardé cuando nadie miraba…
Abrió la palma de su mano. En ella reposaba una perla violeta que latía con una energía interna tenue, pero poderosa. Pulsaba como un corazón atrapado dentro de una joya. Flotó suavemente hacia Cáliban, quien alzó la mano para examinarla. Pero antes de que pudiera tocarla…
El libro carmesí surgió bruscamente desde el centro de su pecho, se abrió como una fiera hambrienta y devoró la perla sin previo aviso.
—?Tú otra vez! —gru?ó Cáliban, molesto —?Podrías dejar de actuar como un idiota por una vez?
El grimorio se abrió, soltó un par de páginas con fuerza y luego se cerró de golpe, como si estuviera ofendido. Finalmente, volvió a su lugar en el pecho de su portador.
Xander, observando la escena con perplejidad, arqueó una ceja.
—?Qué fue eso? ?Qué está pasando con tu grimorio?
—No lo sé… —respondió Cáliban, exasperado —El sistema ha estado actuando extra?o desde que ese libro apareció. Ya no responde a mis comandos como antes. Es como si… tuviera voluntad propia.
Cáliban se levantó de la cama, ajustando los vendajes en su torso.
—?Qué harás ahora? —preguntó Xander, notando su determinación.
—Recibí un mensaje en mi sue?o. Una figura me habló…
—?Anubis?
—No sé quién era, pero parecía conocerme. Me pidió que vaya a la mazmorra, al camino del árbol Sagrado. Dijo que nos encontraríamos allí.
—?Estás seguro de que no es una trampa?
—No lo sé… pero no percibí hostilidad. Solo urgencia. Así que estaré fuera algunos días.
Lidia se puso de pie para acompa?arlo mientras él se vestía.
—?Quiere que llame a los chicos?
—No. Iré primero a la mansión y luego pasaré por el distrito Hilloy. Necesitamos suministros. Yo hablaré con ellos personalmente.
Cruzaron juntos el umbral. Mientras caminaban por el pasillo principal, Cáliban y Lidia discutían sobre el nuevo esquema de entrenamiento para las ni?as. Xander los seguía en silencio, tomando nota mental.
—Tres horas de entrenamiento físico, una de estudio, dos de juegos, y descansos de media hora entre cada bloque. —explicaba Cáliban con precisión —Después de los juegos, volverán a meditar tres horas. Luego, el día es suyo.
Lidia lo miró sorprendida, anotando en una peque?a libreta.
—?No es demasiado exigente? Aún son ni?as…
—No quiero ni?as malcriadas. —respondió con calma —Quiero soldados. Un guerrero necesita tres pilares. Instinto, fortaleza mental y fuerza física. Todo eso se forja con disciplina. Pero también deben tener infancia. Por eso incluimos juego y descanso para que tengan equilibrio.
Xander asintió mientras Lidia anotaba con seriedad.
—?Qué se supone que debo ense?arles? No soy una maestra…
—Por ahora, solo lo básico. Más adelante buscaré estilos de combate que se ajusten a sus razas y complexiones. No tiene sentido imponer una técnica uniforme cuando todas son distintas.
Tras dejar organizado el plan de formación y la logística, Cáliban se dirigió solo hacia la mansión para evaluar el progreso de sus compa?eros.
La tarde era cálida, y el sol ba?aba los jardines con una luz suave. Pero la casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
—?Dónde está todo el mundo? —se preguntó.
Entonces, lo sintió.
Una presión abrumadora, como una ola de oscuridad que aplastaba el ambiente. Un aura familiar… y desagradable. Cáliban dio un paso atrás. Frente a él, emergiendo desde la penumbra del corredor, apareció Kasus.
—Kasus…
—Tranquilo, caballero. —Levantó las manos como símbolo de paz —Solo vine a ver cómo estabas. Pensé que sería mejor encontrarnos aquí que en casa de Xander. No he venido a pelear.
Cáliban no suavizó su actitud. Su mirada seguía afilada.
—?Qué quieres?
Kasus sonrió con cortesía fingida.
—Vengo a proponerte un trato. He meditado sobre lo ocurrido. Y lo cierto es que… ni tú ni yo podemos permitirnos una pelea abierta ahora mismo. Sería desastroso para ambos. Así que… ?Qué te parece esto? Te daré acceso a todos los recursos que desees. Tomos, instructores, artefactos, materiales… todo. Pero a cambio, te marcharás de la academia. Para siempre.
Cáliban alzó una ceja, divertido.
—?Tanto miedo me tienes?
El director soltó una breve risa ante su pregunta.
—No… no es miedo. —dijo con un tono ambiguo —Pero tu presencia es un faro para ciertas entidades. Tenerte aquí… es una desventaja estratégica.
—?Y si no acepto tu oferta? —preguntó Cáliban, sin rodeos.
Kasus alzó la mirada. Sus ojos se volvieron oscuros, como pozos sin fondo.
—No lo sé… —respondió con una voz helada —Tienes tantos amigos ahora… sería una pena que alguno de ellos…
El filo de su espada se extendió de inmediato desde el anillo de Cáliban, apuntando directo al rostro del director.
—Ni lo pienses… —gru?ó con voz baja y letal —Muchos lo han intentado. Ninguno ha regresado. ?Quieres ser el siguiente, engendro?
Kasus sonrió, desafiándolo con la mirada, como si disfrutara del riesgo.
—?Amenazas, ahora? —su voz destilaba un retorcido placer —Hace siglos, no perdías el tiempo con palabras. Simplemente matabas todo lo que se interponía en tu camino. Tal vez… este sea mi día de suerte.
—La suerte… —espetó Cáliban, con una calma asesina —puede acabarse… ahora mismo.
Ambos hombres se miraron sin pesta?ear. El aire se volvió espeso e irrespirable. La mansión entera se sumió en un silencio que pesaba como plomo. Era el silencio que precede al rugido, al caos. La presión que emanaban era brutal. Como dos tigres al pie de una monta?a, sin espacio para el otro.
Pero entonces, para calmar el ambiente, Kasus suavizó su expresión y sonrió como un actor que decide bajar el telón.
—No te preocupes… —dijo con falsa gentileza —Mi intención es negociar, no amenazar. Mira…
Extendió una mano. En ella apareció una peque?a llave dorada que flotó entre sus dedos.
—Este es el premio de la competencia de la arena. Vine a entregártelo en persona. Considera esto… un gesto de cortesía.
La llave levitó suavemente hacia Cáliban, quien la tomó sin bajar la guardia, sin apartar la mirada del director. Kasus simplemente asintió, y tras cumplir su cometido, se giró.
—Nos veremos después, Avalon…
Y sin a?adir nada más, caminó por el jardín con tranquilidad, desapareciendo entre los edificios de la academia. Su aura se disipó como una niebla espesa evaporándose bajo el sol.
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Desde el segundo piso, una presencia temblorosa descendía por la escalera. Nhun bajaba lentamente, con los labios apretados y los hombros tensos. Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo e impotencia.
—?Qué fue eso…? —preguntó con voz temblorosa —Mi cuerpo… no deja de estremecerse…
—Ya se fue. —respondió Cáliban —Estás a salvo.
La mirada de Nhun estaba apagada, vacía. Cáliban hizo un esfuerzo por no mirarla con lástima. Sabía bien que ella odiaba esa expresión. La conocía demasiado para cometer ese error.
—?Qué haces aquí? ?Dónde están los demás?
—Pomposos… —bufó con fastidio —Apenas amaneció, todos salieron corriendo a la mazmorra para probar su nuevo poder. Y el trío de idiotas… vete tú a saber. Los profesores están ocupados con los que fallaron sus exámenes, así que la casa está vacía.
—?Y tú? ?Cómo vas con tus clases?
—Tengo suficientes puntos para pasar sin hacer los exámenes. —dijo, encogiéndose de hombros —Me da igual…
Cáliban percibió el rencor en su voz. El modo en que curvaba los labios, era como si le supiera a ceniza cada palabra. No dijo nada. Cáliban solo caminó hacia la salida. Pero escuchó los pasos tras de sí.
—?Vienes conmigo?
—?Por qué? ?También te molesta la presencia de una de primer rango?
Cáliban frunció el ce?o.
—No pongas palabras en mi boca. Pensé que querías estar sola. Pero si quieres venir… adelante.
Nhun no respondió. Subió al carruaje sin decir una palabra más. Su expresión seguía ensombrecida, como si la luz del mundo ya no llegará hasta ella.
Llegaron al distrito Hilloy. Las calles estaban tranquilas y el cielo despejado. Cáliban entró a Roche, en busca de suministros mágicos y equipo defensivo. Nhun lo miró con extra?eza.
—?Vas a comprar equipo? ?Planeas entrar a la mazmorra?
—Sí. Estaré fuera unos días. Tengo asuntos que resolver.
—Bien. Iré contigo.
Cáliban se detuvo. Alzó una ceja, mirándola de reojo.
—?Por qué?
Nhun bajó la mirada por primera vez desde que salieron.
—Desde hace días… los demás solo me miran con lástima. Sé que no es su intención. Pero no puedo evitar pensar que…
—?Te menosprecian?
Ella levantó lentamente los ojos, y por primera vez, Cáliban vio algo más que frustración. Había tristeza, decepción y humillación en su mirada.
No respondió. Solo asintió con lentitud, tragando en seco.
Cáliban no dijo nada más. Comprendía más de lo que podía expresar. Había vivido el desprecio, la marginación, así como el silencio de los que te rodean sin saber cómo ayudarte. Así que simplemente volvió la vista al frente.
—Desde ayer no hacen más que mirarme como si fuera un perrito al que le falta una pata… —gru?ó Nhun, con voz baja y amarga —Odio eso. Al menos tú tienes esa cara de mu?eco sin sentimientos todo el tiempo, así que está bien…
—?Gracias? —replicó Cáliban con una ceja alzada.
Nhun avanzó por la tienda sin prestarle atención, saludando con un gesto breve a la joven que atendía detrás del mostrador. Era una de las hijas de Madame Heilgram, fácilmente reconocible por su aspecto de Aracnea.
—?Dónde está Madame Heilgram? —preguntó Cáliban.
—?Oh! —dijo la joven, haciendo una peque?a reverencia —Está reunida con un mercader de la ciudad de Orión en otro lado. Es una visita importante, temo que no podrá atenderlos ahora… ?Necesitan algo en especial?
—No… está bien, nosotros buscaremos las cosas. —respondió con cortesía.
Cáliban y Nhun subieron al segundo piso, donde se exhibía el equipo de aventureros. Armaduras ligeras, capas resistentes, botas encantadas, frente a ellos se encontraba toda clase de equipamiento. Nhun, sin decir palabra, comenzó a pasar sus dedos por las telas con una mezcla de hastío y curiosidad.
—?Qué necesito comprar? —preguntó sin mirar a nadie.
—Busca equipo defensivo. Alguna protección ligera, botas… lo que te sirva contra cortes, picaduras, golpes. Lo básico.
—?A dónde vamos?
—No lo sé. —respondió Cáliban con sinceridad.
Aquellas tres palabras dejaron un silencio incómodo en el aire. Nhun bajó la mirada, y por un instante, su rostro mostró algo de resignación.
?Qué más da…? —pensó ?Morir o seguir… ya no importa tanto.?
Mientras Nhun evaluaba una chaqueta de cuero con protecciones mágicas, Cáliban sintió una vibración familiar en su mente. Una llamada, una voz que no había oído en días.
??Maestro! ?Maestro!?
Era una voz infantil. Femenina. Una presencia espiritual que él conocía demasiado bien. Provenía del otro lado de la tienda… más específicamente, del despacho privado de Madame Heilgram. Un lugar al que nadie tenía permitido acercarse mientras ella estaba presente.
Pero hoy… hoy ella no estaba.
La oportunidad era única.
Sin dudarlo, Cáliban se deslizó con sigilo hacia la puerta del despacho. Colocó una mano sobre el pomo, pero evitó usar magia, no podía dejar rastro de su energía. Así que optó por otra vía.
Nhun lo siguió con una ceja arqueada.
—?Vas a robar?
—No… —susurró —Algo me está llamando desde dentro. Tengo que averiguar qué ocurre.
Sacó unas ganzúas de su anillo dimensional. Peque?as y perfectas. Las manejaba con precisión y experiencia. Tras un par de giros suaves, la cerradura cedió con un leve clic. La puerta se abrió con un crujido apenas perceptible.
Ambos se detuvieron. Miraron hacia las escaleras para estar alerta, en caso de haber alertado a la encargada, pero nadie subía.
Ambos entraron.
El despacho de Madame Heilgram era más grande de lo que parecía desde fuera. Un escritorio monumental ocupaba el centro, decorado con sellos arcanos y tallados ancestrales. Estanterías repletas de artefactos mágicos, libros sellados y cajas reforzadas ocupaban cada rincón. Pero nada llamó tanto la atención como el leve murmullo que surgía desde un armario al fondo… uno cerrado con gruesas cadenas negras.
Cáliban se acercó.
El susurro era débil, femenino… y asustado.
??Maestro! ?Aquí…!?
Las cadenas estaban encantadas. No podía forzarlas con ganzúas. Esta vez, tuvo que romper el sigilo. Elevó su mano y conjuró un hechizo sutil, que deshizo los sellos de protección sin alzar demasiado maná.
Pero en cuanto los eslabones cayeron al suelo…
—Vaya, vaya… —la voz de una anciana cortó el aire como una daga —?No les han ense?ado que es de muy mala educación invadir la propiedad de los demás?
Ambos se giraron y allí se encontraba ella.
A Madame Heilgram.
De pie en el umbral, sus ojos brillaban con una furia contenida. Llevaba su túnica negra de recepciones formales, el cabello recogido en una trenza elegante, y una vara corta de obsidiana que comenzaba a emitir un débil resplandor.
La habitación se tensó al instante.
—?Madame, no estaba ocupada…? —balbuceó Nhun.
—Lo estaba. —dijo, sin apartar los ojos de Cáliban —Pero cuando uno de mis peque?as… —dijo mirando a una peque?a ara?a que reposaba en una esquina de la entrada. —detecta una ruptura de sigilo en mi despacho, es mi deber venir a ver quién se atrevió.
Cáliban no se movió. Sostuvo su mirada con calma.
—No tenía intención de robar. —dijo con frialdad —Algo… me llamó. Desde ese armario.
—Oh, qué conveniente… —dijo Madame Heilgram, esbozando una sonrisa helada —Como los ladrones que “solo buscan un lugar donde pasar la noche”… ?Y qué vas a decir ahora? ?Que la puerta se abrió sola?
—Estoy diciendo la verdad.
La tensión aumentó. La vara de obsidiana se alzó apenas unos centímetros. Cáliban, sin dudar, colocó una mano frente a Nhun. No tenía intención de dejar que esto se saliera de control. No ahora.
Madame Heilgram caminó lentamente hacia el armario abierto. De su interior emanaba una tenue luz violeta, cálida y viva… demasiado viva.
—No debiste encontrar esto. —murmuró —Pero ya que lo has hecho… será mejor que me expliques qué sabes sobre esta presencia.
Cáliban dio un paso al frente.
—Esa voz me llama desde la primera vez que vine aquí. Me ha hablado en susurros. Sé que hay algo sellado aquí…
La anciana lo miró fijamente durante varios segundos. Entonces, para sorpresa de ambos, bajó su vara. Madame Heilgram soltó un largo suspiro.
—Supongo que ya no puedo seguir ocultándolo…
Con un leve movimiento de su bastón, el objeto sellado en el interior del armario flotó hacia ella. Era una caja oscura, cubierta de inscripciones antiguas que se agitaban suavemente, como si palpitara con vida propia. Aterrizó sobre el escritorio con un leve clac. La anciana tomó asiento con un gesto solemne y levantó la tapa con una mezcla de resignación y cautela.
—Esta cosa me ha dado más dolores de cabeza de los que puedo contar. —murmuró.
Del interior extrajo lo que parecía ser un fragmento de mapa. Estaba hecho de un material viejo, quebradizo, pero encantado. Se movía levemente entre sus dedos, como si respirara. Lo desplegó con cuidado sobre el escritorio.
Cáliban se inclinó para observarlo. No reconocía el patrón. Era un dise?o antiguo, casi arcaico, sin relación aparente con ninguna estructura conocida… salvo por una marca en uno de los extremos. Una torre solitaria, rematada con un extra?o símbolo que no podía identificar.
—?Qué es esto? —preguntó Nhun, acercándose con curiosidad.
—Un mapa. O al menos, un fragmento de uno. —respondió Madame Heilgram con voz pesada —Está encantado con áníma… una energía viva. Cada cierto tiempo, emite un llamado silencioso. Algunos estudiantes sienten la urgencia de resolverlo. Vienen aquí… atraídos por su fuerza.
Hizo una pausa. Su rostro endurecido mostró una grieta de dolor.
—Pero todos ellos… terminaron muertos. O desaparecidos sin dejar rastro.
Cáliban alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella. En los suyos no había mentira, solo el peso de decisiones antiguas.
—?Cuántos…? —preguntó.
—Más de los que me atrevo a contar. —respondió en voz baja —Lo sellé en ese armario con cadenas y conjuros… pero su voluntad es fuerte. Puede atravesar cualquier barrera, por más densa que sea. Esta cosa sabe a quién llamar… y cuándo.
Cáliban frunció el ce?o. Era extremadamente raro que un objeto encantado con áníma pudiera ejercer ese tipo de influencia espiritual.
—?Puedo verlo?
Madame dudó por un instante. Luego asintió, aunque con visible incomodidad.
—Adelante. Pero no te lo llevarás de aquí.
Con delicadeza, tomó el mapa entre sus dedos. Inmediatamente sintió una leve vibración en la yema de sus dedos. Como un susurro lejano.
Examinó el contenido. Había caminos, intersecciones, símbolos casi borrados por el tiempo. Pero lo más destacado era el dibujo de la torre. El lugar parecía conocido… aunque no podía ubicarlo con claridad.
?Es demasiado peque?o para representar una zona amplia como las ruinas… o incluso la academia. ?Un edificio, tal vez? ?Una sección olvidada…??
En la esquina superior del trozo roto, el símbolo sobre la torre parecía hecho de trazos que no seguían ninguna lógica mágica reconocible. Curvas que se cruzaban sobre líneas rectas formaban una especie de espiral incompleta dentro de un triángulo invertido.
—?Ese símbolo significa algo para ustedes? —preguntó Nhun, absorta en el mapa.
—Nada que haya logrado rastrear. —respondió Madame Heilgram con amargura —Este fragmento lo encontró mi abuela, hace mucho tiempo. Dedicó su vida a estudiarlo. Investigó cada símbolo, cada trazo, pero jamás logró descubrir su origen. Ese sello… no pertenece a ningún linaje, ni familia noble, ni gremio mágico. Es como si no existiera en ningún registro.
Cáliban volteó con cautela el mapa, observando el reverso con atención. Ahí, ocultos entre manchas de tiempo y polvo encantado, se encontraba un conjunto de símbolos arcaicos dispuestos en forma de un diagrama. Aunque el trazo era antiguo, algo en su esencia seguía latiendo… como si aún tuviera algo por decir.
Y entonces, lo oyó.
Un murmullo. La voz de una ni?a… tenue, lejana e incomprensible. Como un eco atrapado entre los pliegues del pasado.
—Es un recuerdo. —murmuró Cáliban —Parece que hay información sellada dentro del mapa.
—Así es… —confirmó Madame Heilgram con un poco de tristeza —Pero temo que está incompleto. El recuerdo solo se desbloqueará cuando el mapa esté entero. Y llevo más de treinta a?os buscando sin encontrar otra parte.
Cáliban entrecerró los ojos. Su mente ya no veía solo un objeto prohibido… sino una llave. Una pieza olvidada de un rompecabezas mayor. Levantó la mirada, claramente con la intención de negociar.
Pero Madame Heilgram le respondió antes siquiera de que abriera los labios.
—No. —dijo tajantemente, con una autoridad inquebrantable —Este mapa no está a la venta. Te lo mostré solo para que tu curiosidad se disipara, no para encenderla más. No importa qué ofrezcas. No permitiré que otro estudiante termine mal por mirar algo que no comprende.
Con un simple movimiento de dedo, el trozo de mapa flotó nuevamente hasta sus manos. Lo guardó dentro de la caja encantada y cerró la tapa con un leve suspiro. Acto seguido, las cadenas negras surgieron del aire, envolviendo la caja como serpientes encantadas, y la arrastraron de nuevo al ropero.
El sonido del candado mágico al cerrarse fue final.
Cáliban abrió la boca para protestar, pero una voz conocida lo interrumpió desde el fondo de su mente.
?Se?or… he grabado el contenido del mapa en mi memoria. Si desea revisarlo después… podré reproducirlo para usted.?
??Puedes hacer eso…??
?Aparentemente… sí.?
Ocelotl sonaba orgulloso. O tal vez simplemente satisfecho de ser útil.
—Es hora de que se vayan. —dijo Madame Heilgram con un tono sombrío, sin mirar a ninguno.
Nhun frunció el ce?o, a punto de replicar, pero Cáliban le puso una mano en el hombro.
—Tiene razón. Ya cumplimos con lo que vinimos a hacer.
Ella cerró la boca, aunque no estaba conforme. Cáliban se inclinó en una breve reverencia.
—Gracias por la información.
Salieron de la oficina con paso firme. El aire fuera del despacho se sentía más ligero, pero no menos cargado de implicaciones. Nhun, incapaz de reprimir su inquietud, rompió el silencio mientras bajaban las escaleras.
—?No sientes curiosidad por ese mapa? ?Y si conduce a un tesoro? O a una reliquia… algo prohibido… ?O algo poderoso?
Cáliban esbozó una peque?a sonrisa.
—No te preocupes… ya lo he memorizado.
Nhun lo miró de reojo, sorprendida.
—?Eh? ?Con solo un vistazo?
Cáliban asintió para sí mismo. Ocelotl, con su memoria fotográfica, había logrado grabar el contenido completo del mapa a través de los ojos de su portador.
—Una cosa a la vez. —murmuró —Primero los suministros… luego el mapa.
Nhun asintió sin palabras. La incomodidad aún pesaba en su rostro, pero lo siguió obedientemente. Ambos compraron ropa resistente para exploración antes de abandonar la tienda y dirigirse hacia el Emporio.
El lugar estaba en silencio. Una atmósfera tranquila reinaba entre los pasillos, casi como si el establecimiento aún no hubiese despertado del todo. Parecía que Bardrim seguía dormido, cosa que se confirmó en cuanto encontraron al encargado.
Para sorpresa de Cáliban, el joven enano fue quien rompió el silencio con una pregunta inesperada:
—Disculpe… ?Sabe qué pasó ayer?
Cáliban entrecerró los ojos.
—?Por qué lo preguntas?
—Bueno… —dijo el enano, jugando con sus dedos con nerviosismo —Ayer el maestro Bardrim llegó furioso. Despidió a Bill… uno de los nuevos discípulos. ?Estaba fuera de sí! Ni siquiera quería escuchar razones…
Cáliban asintió, sin mayor reacción.
—No te preocupes. Posiblemente Bill se lo merecía… deduzco que fue él quien permitió que la princesa viera los registros privados de la tienda.
El joven enano parpadeó varias veces, perplejo ante la revelación.
—Eso… no puede ser… —murmuró con voz temblorosa —Bill, estúpido… ?Qué hiciste?
Cáliban no respondió. Siguió su camino hasta la sección exclusiva para miembros Diamante, donde comenzó a seleccionar algunas herramientas mágicas que guardaría en su anillo. Nhun, por su parte, usó una bolsa espacial. No era tan eficiente como un anillo dimensional, pero le permitiría evitar la carga de una mochila común.
Mientras examinaban herramientas de emergencia, un sonido lento y arrastrado rompió la calma del pasillo.
Un enano anciano, despeinado y en pijama, bostezaba mientras buscaba cerveza. Al pasar junto a una de las puertas abiertas, divisó la figura de Cáliban.
—Vaya… —dijo con un bostezo —?A dónde vas?
Cáliban alzó una ceja con leve curiosidad, desvió la mirada un momento y respondió con tranquilidad mientras tomaba una peque?a lanza retráctil del estante para examinarla.
—Voy a explorar la mazmorra. Estaré fuera algunos días.
Volvió la mirada hacia el enano… pero ya no estaba en pijama. Ahora llevaba puesta ropa de exploración, un bastón a su lado y una mochila cargada al hombro.
—Bien. ?Cuándo partimos?
—?Vas a venir? —preguntó Cáliban, entre divertido y sorprendido.
—?Por supuesto! —respondió Bardrim con una sonrisa orgullosa —Desde la primera vez que fui, no he dejado de pensar en esa zona. Esa monta?a… solo imaginar los minerales que podría contener me quita el sue?o. ?Una mazmorra como esa es única! Claro que iré.
Cáliban estuvo a punto de negarse. Pero lo cierto era que Bardrim había sido un aliado constante últimamente. Y tener un maestro herrero en una expedición tan peculiar no era algo que pudiera despreciar.
—Bien… prepara tus cosas. Partimos pronto.
En ese momento, Nhun llegó arrastrando una peque?a pila de objetos. Su semblante era apagado, sin una pizca de entusiasmo.
—Ya terminé. —murmuró.
—Perfecto. —respondió Cáliban —Paguemos todo y regresemos a la mazmorra.
Nhun asintió. Caminó hacia el mostrador, dejando que Bardrim la adelantara. El enano la miró de reojo y chasqueó la lengua con cierta melancolía.
—?Qué le pasa a la ni?a? —preguntó en voz baja.
—Está triste… —respondió Cáliban, sin mirarlo —Hay que dejarla en paz.
Bardrim asintió. Su mirada se quedó fija en Nhun mientras ella ordenaba las cosas en la bolsa espacial. Había algo en su silencio que le removía recuerdos. Durante un instante, la imagen de su hija cruzó por su mente. Esa misma expresión de tristeza, ese vacío en los ojos… le trajo recuerdos que no quería revivir.
—Bien… —susurró para sí mismo.
Con las compras finalizadas y todo el equipo listo, el momento de partir finalmente llegó.
Cáliban se aseguró de tener las herramientas. Nhun cargó su bolsa sin decir nada, aunque sus ojos se alzaron por un instante hacia el cielo, buscando una razón para continuar.
Bardrim caminaba detrás de ellos, ajustando su mochila como si se preparara para una vieja aventura. El viaje hacia la mazmorra estaba a punto de comenzar y con él, una nueva parte del misterio.

