home

search

La clase

  Hoy me levanto temprano, como ya es costumbre. Me despido de mi madre, que viene del trabajo, le digo que ya le deje hecho el desayuno y Lulu y yo nos dirigimos al rancho. Aunque llegamos justo con los primeros rayos del sol, ya todos están inmersos en sus labores cotidianas.

  Mas tarde en el dia el papá de Albert don Marc nos llama y caminamos hacia el picadero, donde están Albert y otro se?or que aún no conozco.

  —?Buenos días, chicos! Y a usted, hermosa se?orita —dice don Marc con una sonrisa que me hace reír—. Hoy queremos informarles que tendremos un nuevo miembro en nuestro equipo. Su nombre es Tomás, y nos estará ayudando con las labores más pesadas y exigentes del rancho. Así que, por favor, si necesitan ayuda con carga o cualquier tarea física fuerte, por favor no duden en acudir a él. Mientras tanto, estará por aquí ayudando con los caballos y otras cosas.

  ?Contrataron a alguien más?.?Por qué?. No creia que necesitaramos a alguien mas.

  Me siento un poco mal. Sé que no es por mí… o al menos eso quiero creer. Pero que hayan tenido que buscar a alguien para hacer el trabajo pesado me hace sentir como si yo no estuviera cumpliendo bien con lo mío. Despues de que Albert viera mis moretones empezo a actuar de una manera mas precavida, y justo ahora contratan a otro empleado.

  —Bueno chicos, espero sean tan cordiales con Tomás como lo han sido con Caroline. Nos vemos el viernes para la parrillada del mes en mi casa.

  —?Claro que sí! —responden Robert y Juan.

  Yo sigo un poco desconcertada por la llegada del nuevo trabajador. Albert se acerca y me toca suavemente el codo. Haciendo que vuelva un poco en si.

  —Hola ?Todo bien? —debe haber notado mi expresión, porque baja el tono mientras los demás se dispersan a sus tareas, yo me quedo en mi sitio aun con cara de pensativa—. Te ves preocupada.

  —Ah… sí —se que sueno un poco duditativa, levanto mi mirada hacia la suya—. Es que…— dudo un momento, no quiero sacar conclusiones en donde no las hay.

  —?Es que?—pregunta ahora un poco mas preocupado.

  —?Contrataron a Tomás porque yo no estoy haciendo un buen trabajo? —mantengo su mirada firme. No quiero que me mienta—. ?Es eso? ?Verdad?

  —No es eso…

  —Claro que sí —digo, bajando los hombros desanimada—. Pensé que estaba haciendo un buen trabajo —suspiro, decepcionada—. últimamente, los temas de trabajo y yo no nos llevamos bien.

  —No es eso, de verdad —dice, y antes de que pueda apartarme, toma mi rostro entre sus manos con una delicadeza que me desconcierta. Es un gesto demasiado íntimo para lo que somos… pero no puedo evitar quedarme quieta. —Estás lastimada —dice con voz baja—. Y si sigues forzándote, puedes terminar con secuelas. Tomás ha sido amigo de la familia durante a?os, y él mismo se ofreció a ayudar. Ama estar con los caballos, casi lo hace más por gusto que por necesidad. Te juro que esto no tiene nada que ver contigo.

  Su expresión es sincera. Se ve preocupado. Quiere que le crea… y parte de mí lo hace. Pero otra parte aún se siente un poco inútil.

  Exhalo un largo suspiro.

  —Está bien… iré a buscar algo que hacer.

  Me aparto de sus manos con cuidado y caminó hacia los establos. Sé que a Tilly le encanta que la cepillen y le den mimos. Es de mis yeguas favoritas en el establo, y la verdad… Hoy necesito ese momento con ella. Lulu y yo nos dirigimos hacia los establos.

  Cuando llegó, Juan está preparando a Tilly para una clase de equitación con una ni?a de unos diez a?os. Así que me ofrezco a limpiar el box donde ella estaba. Al terminar, con los demás quehaceres me acerco a ver la clase desde la cerca. CUando llego y veo como la peque?a ni?a toma su clase me quedo ensimismada. Siempre quise aprender a montar. Aunque creci en un pueblo lleno de caballos y granjas, mis padres nunca tuvieron los recursos para darme esa oportunidad. Recuerdo que todas mis compa?eras de escuela tenían caballos y presumían sus medallas en la escuela ya que siempre iban a competencias de equitación, monta o rodeo. Tal vez por eso me convencí de que la ciudad era para mí sentia que no encajaba en este pueblo de vaqueros. Allá, los únicos caballos que ves están tirando de carruajes por Central Park, y nadie te hace sentir menos por no saber montar.

  A pesar de que no soy yo la que está sobre el caballo, ver estas clases me llena de alegría. Me imagino como se debe sentir el poder de un caballo bajo tus mmuslos, le fuerza y la velocidad que puede darte estar montando un animal tan grande y poderoso.

  En un momento estoy sola en la cerca… y al siguiente, un hombre grande y cálido está a mi lado. Albertsu presencia llena todos mis sentidos, siento como si un iman me atrayera hacia él. Perono digo nada y por ende él no dice nada, no me presiona a hablar. Solo está. Y su presencia, como siempre, me hace querer abrirme. Ni siquiera debo mirarlo para saber que está ahí.

  —Siempre quise llevar clases de equitación —digo al fin sin dejar de mirar a la ni?a en su clase—. Se ven tan elegantes y deportivas. Qué lástima que ya no puedo.— digo y me escucho a mi misma como si fuera un globo desinflado, sin duda el día de hoy no estoy con animos.

  —?De qué hablás? —responde Albert—. Nunca es tarde para aprender. Además, no es tan difícil como parece.

  —No sé… —apoyo la barbilla sobre mis manos—. Siento que ya se me acabó el tiempo. Como si no hubiera logrado nada.—suspiro y se que estoy siendo dramatica pero es como me siento y nolo puedo ocultar, al lado de Albert siento que puedo ser yo misma.

  Y saber que a pesar de lo bonito que fue la semana pasada, hoy me siento sola. Inútil. Peque?a.

  —Si quieres, te puedo ense?ar.—dice Albert con una voz amable y cari?osa.

  Me giro sorprendida para mirarlo.

  —?Qué? ?Por qué?

  —Porque sería un placer —dice con una sonrisa tan cálida que siento que el pecho se me llena de aire otra vez—. Me encantaría ense?arte a montar.

  Lo miro por un momento, como buscando un atisbo de burla o de risa, pero no. Es sincero y amable.

  —Gracias… pero tendría que hacer horas extra para pagar las clases. Y...

  —Por favor, ni lo menciones. La casa invita. Después de los moretones y magulladuras que te hemos causado, creo que es lo mínimo que puedo hacer.

  Me echo a reír. Albert siempre sabe cómo sacarme una sonrisa.

  —Está bien…—lo contemplo un momento mas— pero ahora debo seguir trabajando. Estos establos no se limpiarán solos.

  —Claro.

  —Nos vemos —le digo, tocando su bíceps apenas un segundo como despedida. Casi me cuesta despegar los dedos. Es como tocar una roca.

  Me alejo con las mejillas algo calientes por ese contacto, y me dirijo a la zona de alimentación para preparar la ración de cada caballo antes de que terminen sus clases. Es verano, los ni?os están de vacaciones, y hay muchas más clases de equitación que de costumbre. Todo es más caluroso, más intenso… más cansado.

  Cuando llego a la bodega de alimentos, Tomás está ahí revisando la pizarra.

  —Hola —saludo con cautela, dándole su espacio. Aún no nos conocemos bien. Según lo que me dijo Albert, Tomás sabe moverse por aquí; ha hecho esto por a?os, mucho más que yo.

  —Hola, se?orita —saluda Tomás, con un acento sure?o tan marcado que parece sacado de una película del viejo oeste.

  Tomás es un hombre robusto, de hombros anchos y brazos gruesos como troncos, curtidos por a?os de trabajo físico bajo el sol. Tiene alrededor de cincuenta y tantos, con la piel tostada por el campo y arrugas profundas que le cruzan la frente y las comisuras de los ojos, aunque no necesariamente por reír. Su cabello es escaso en la coronilla, con mechones grises desordenados que aún insisten en mantenerse rebeldes. Huele a sudor, heno y grasa de silla, y su voz ronca parece arrastrar a?os de cigarrillos y cerveza barata.

  Lo contrataron porque puede levantar fardos de heno como si no pesaran nada, y cargar sacos sobre la espalda durante horas sin quejarse según lo que entendi. Luce un bigote tan exagerado que podría venderse como parte de un disfraz. A primera vista, parece un trabajador eficiente… pero hay algo en su mirada —una forma de mirar demasiado tiempo, demasiado bajo— que incomoda. Su presencia es imponente. Me hace sentir un poco nerviosa, pero no nerviosa como cuando estoy con Albert, es una sensación diferente. Se que lo acabo de conocer por lo que debo darle el privilegio de la duda pero hay algo en él que se siente extra?o.

  —Vengo a preparar la comida de los caballos —a?ado mientras me quedo aun en el marco de la puerta de la bodega.

  —Por supuesto no hay ningún problema, déjeme y le doy su espacio.

  The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.

  —Claro, no hay problema. —respondo con una sonrisa educada y retrocedo un poco para que pase.

  La oficina de alimentos es peque?a, pero cabemos unas cuatro personas sin problema. Todavía estoy cerca de la puerta cuando Tomás pasa junto a mí para salir, y en ese momento sucede: su mano roza mi cadera. El contacto es breve, aparentemente casual… pero completamente innecesario. No tiene por qué tocarme. Me hace sentir incomoda.

  Me quedo quieta unos segundos, procesando lo que acaba de pasar. ?Fue sin querer? Si, sin duda fue un acto reflejo talvez ni se dio cuenta. Sacudo la cabeza. No pienses tanto, Caroline. No exageres. Me obligo a enfocarme y continúo preparando la comida de los caballos.

  En los días siguientes, empiezo a notar que Tomás me observa diferente. No como Don Roberto o Juan, ni mucho menos como Albert. Su mirada me incomoda. Intento convencerme de que quizás solo se pregunta qué hace una mujer joven trabajando en un lugar como este. Tal vez no sabe cómo tratarme. Tal vez…son solo ideas mias.

  Más tarde, vuelvo a la bodega de suministros. Y justamente Tomás está ahí otra vez. Está frente a los sacos de alimento, revisando algo con excesiva lentitud.

  Espero en la puerta, pero no parece tener intenciones de salir. Ya lleva más de quince minutos y me está atrasando. Respiro hondo, ignoro el nudo en el estómago y entro.

  —Hola —saludo, tratando de sonar despreocupada, aunque el corazón se me acelera es extra?o y de verdad no se si estoy sobre exagerando pero debo recordarme a mi misma que no es nada. Respira, Caroline.

  —Hola, se?orita. ?Necesita ayuda con algo?

  —Ah, no. Solo busco unos premios y algo de comida para los caballos —respondo, sin mirarlo mucho. Buscando con rapidez por lo que venía. Entre más rápido salga de aquí mejor.

  —Entiendo. Escuché que hoy va a tomar clases de monta con el se?orito Green. ?Es cierto?

  El viernes por la ma?ana, Albert me dijo que, al final del día, me dará mi primera lección de equitación. La idea me emociona tanto que apenas puedo concentrarme.

  —Sí, así es —respondo, y esta vez sonrío con sinceridad. Pensar en Albert siempre me da un calorcito distinto.

  —?Nunca ha montado antes?— dice mientras hace sonar sus labios como si se quitara comida entre los dientes.

  —No, la verdad es que no.

  Entonces su voz baja, como si quisiera que solo yo lo escuche:

  —Con esas piernas, debería estar montando otras cosas... —por instinto vuelvo mi mirada hacia donde elesta y observo que me esta mirando de arriba abajo— y se nota que tiene experiencia.

  Me quedo helada. Por un momento no entiendo. Quiero creer que se refiere a algo relacionado con los caballos, una broma que no capto... pero no. Esa sonrisa, esa mirada… no dejan espacio para confusiones. Se que esta hablando de un contexto sexual y hace que me sienta muy incomoda.

  Suelto una risa incómoda, automática. No sé cómo reaccionar. Me apresuro a encontrar lo que necesito y, cuando me doy la vuelta para irme, lo descubro que sigue mirándome con descaro. Esta vez ni siquiera intenta disimularlo.

  Salgo rápido, con el pulso acelerado y la piel tensa. Siento que algo me roza por dentro y me deja una mancha invisible. Como si el aire alrededor se volviera más sucio.

  Término los quehaceres del día un poco más temprano de lo usual. Mis botas están llenas de polvo, las manos me huelen a heno y a metal, y el comentario de Tomás aún da vueltas en mi cabeza como un insecto que no se quiere ir. No fue solo lo que dijo… fue cómo lo dijo. La mirada. La forma en que me hizo sentir: peque?a, observada, incómoda.

  No pienses más en eso, Caroline. No le des poder. me digo a mi misma.

  Trato de repetírmelo como un mantra mientras me acerco al establo principal, donde Albert ya me espera con un caballo ensillado.

  Vamos a tener un buen momento juntos y lo vamos a pasar muy bien. sigo repitiendome.

  —?Ahí estás! —dice una vez me ve esta con su típica sonrisa brillante, esa que le suaviza los ojos—. Ya pensaba que me ibas a dejar plantado.

  —No, nunca haría eso —respondo, esforzándome por sonar animada. Le devuelvo la sonrisa, aunque algo en mi expresión aún se siente tirante.

  Albert me observa con más atención. Ladea la cabeza, como si pudiera ver más allá de mi intento de parecer normal.

  —?Estás bien?— frunce el ce?o cuando lo dice

  —Sí, claro —respondo rápido, tal vez demasiado—. Solo estoy cansada. Fue un día largo.

  No dice nada por unos segundos, pero su mirada se mantiene fija en mí. No presiona. Solo asiente y se acerca con suavidad.

  —Bueno, si estás cansada, vamos despacio. Hoy no te voy a poner a correr, lo prometo. —Su tono es tan dulce que me alivia el pecho—. ?Lista?

  Asiento. Me guía hasta el caballo más tranquilo, un alazán de ojos calmados llamado Chester. Albert se asegura de ajustar bien la montura, luego me ofrece su mano para ayudarme a subir. Y en un dos y tres ya estoy arriba de Chester.

  —?Estás segura de que nunca has montado? —pregunta cuando ya estoy arriba.

  —?Por qué?

  —Porque lo haces con mucha elegancia.

  Me río un poco. Esta vez sí me sale natural. Su presencia me ayuda a soltar algo del peso que arrastro. No borra lo que pasó antes, pero su voz, sus manos firmes guiando las riendas, la forma en que me mira… todo eso me recuerda que hay lugares seguros, personas distintas y hace que me sienta mas segura. Se que puedo contar con él. No se si deberia contarle lo que paso con Tomás, me dijo que era amigo de la familia desde hace a?os y no se si llegara a creerme. Pero por lo menos se que cuando estoy con él me siento segura.

  Albert va caminando a mi lado, sosteniendo las riendas de Chester mientras yo hago lo mismo desde arriba, aunque con menos control. Estoy un poco rígida, como si con un mal movimiento pudiera salir volando del lomo del caballo. él lo nota y me sonríe.

  —Relájate, no va a pasar nada —dice con voz baja—. Chester es el más tranquilo de todos, y además, yo estoy aquí.

  —Gracias, se que no debería estar nerviosa, sé que no le ayuda a los caballos pero desde esta perspectiva todo se ve muy arriba mucho mas alto. ?Así ves todo tú?

  —?Qué?— dice volviendo a verme.

  —Tú eres tan alto que estoy segura que debes ver todo asi desde donde estas.

  Me río e intento sentir menos nervios. Albert solo resopla como chester y hace que me dé más risa.

  Cuando llegamos al campo, un espacio amplio con vallas blancas y pasto firme, me ayuda a detenernos con cuidado.

  —Bueno, lo primero que vamos a hacer es caminar en círculos para que te acostumbres al movimiento del caballo. Nada complicado. Solo respira y no te tenses tanto.

  Asiento, aunque mi cuerpo sigue un poco tieso. Albert sujeta una cuerda que va de su mano a la cuerda que tiene Chester en su mandibula, haciendo que Chester y yo vayamos dando vueltas como en un carrusel personal alrededor de Albert. NO estamos tan lejos sde él pero me gustaria que estuviera mas cerca. él mantine su mirada clavada en mi, como si fuera a rescatarme en cualquier atisbo de que vaya a caer.

  —Ahora —dice—, lo que quiero que intentes es acompa?ar el ritmo del caballo con tus caderas. Imagina que estás siguiendo su paso, no resistiéndolo. El movimiento tiene que ser fluido, como una danza. Adelante y atrás. ?Sí?

  —?Así? —pregunto, haciendo un intento algo torpe y exagerado con mis caderas como si intentara bailar encima de Chester o de quitarme un poco de hormigas del pantalón.

  —No tan fuerte, vas a hacer que Chester piense que estás en una competencia de rodeo —bromea, riéndose un poco.

  Yo también me río. Amo que me haga sentir asi que me tranquilice sin siquiera saberlo. Respiro más tranquila. Poco a poco empiezo a encontrar el ritmo. Muevo las caderas hacia adelante y atrás con más naturalidad, sintiendo cómo mi cuerpo se sincroniza con el del caballo. La sensación es extra?amente íntima. Estoy completamente concentrada… hasta que miro de reojo a Albert.

  Su sonrisa ha desaparecido.

  Tiene la mirada clavada en mí, o más bien, en los movimientos de mi caderas. Abre la boca como si fuera a decir algo, pero luego la cierra. Cuando su mirada vuelve a encontrar la mia suelta una ligera tos y baja la vista al suelo, con un rubor evidente en las mejillas.

  —?Todo bien? —pregunto, sin dejar de moverme.

  —?Eh? Sí, sí… solo… quería asegurarme de que no te caigas —responde rápido, mirando cualquier cosa menos mis ojos—. Vas bien. Muy bien.

  Lo miro de reojo con una sonrisa pícara. Lo vi. Vi cómo se le enrojecieron las orejas, cómo tragó saliva. Y aunque no era mi intención provocarlo, hay algo en ese efecto involuntario que me hace sentir viva… poderosa, incluso.

  —?Y ahora qué sigue, profesor?

  Albert se aclara la garganta y se acomoda el sombrero como si eso pudiera ayudarle a recuperar la compostura.

  —Ahora… ahora vamos a intentar que gires a Chester con las riendas. Pero despacio. Muy despacio.

  Asiento, todavía concentrada en seguir el ritmo.

  —Para girar a la derecha, solo tienes que tirar suavemente de la rienda de ese lado y presionar con la pierna izquierda. Muy leve. El caballo lo va a entender.

  —?Y si no entiende?

  —Entonces me subo yo y le doy una charla motivacional.

  Río, y me animo a probar. Hago el movimiento como él dijo, y para mi sorpresa, Chester responde. Gira lento, obediente, aunque de pronto siento que pierdo un poco el equilibrio. Voy a caer lo sabia mi primera clase y ya voy a caer.

  —?Ay!

  El mundo da un peque?o vuelco. Me inclino hacia un lado, y en cuestión de segundos, estoy en los brazos de Albert, una mano en mi espalda y la otra detrás de mis rodillas. Sus manos son fuertes, protectoras y cálidas. Caí en sus manos como una damisela de una película de ni?os animados.

  —Te tengo —dice, y esta vez no suelta la frase rápido. Se queda un segundo más, sus ojos en los míos.

  No digo nada. Solo lo miro, sintiendo el latido de mi corazón acelerarse. él también lo nota, porque sus dedos se aflojan, pero no me suelta del todo. Me siento ridícula por el hecho de que estas cosas solo pasan en las películas y usualmente es el momento del beso. Pero esta es la vida real y debo recordarme a mí misma que Albert solo me ayudó a no caer y tener una contusión en la cabeza.

  —Gracias —digo en voz baja.

  Albert asiente, tragando saliva. Me deja en el suelo y da un paso atrás, como si necesitara aire y más espacio.

  —Bueno arriba de nuevo. Chester ya te tiene confianza, y tú ya no te vas a caer como saco de papas —bromea, pero con voz suave. Y coloca sus manos en forma de taza para que yo pueda subirme colocando el pie en sus manos.

  —?Así que fui un saco de papas?—digo mientras intento subir.

  —Un saco muy elegante.

  Lo miro entrecerrando los ojos, fingiendo molestia. él sonríe, y por un momento volvemos a estar como al principio, cómodos, relajados… pero hay algo nuevo flotando en el aire. Una tensión dulce. Un “?qué pasaría si…?” sin responder.

  Me ayuda a volver a montar a chester y volvemos a la clase. Seguimos con lo mismo de mover las caderas, mover las riendas y girar despacio, la siguiente vez ya no me caí y me siento toda una triunfadora.

  Después de unos treinta minutos de hacer lo mismo Albert pregunta por fin.

  —?Te parece si vamos a dejar a Chester y te acompa?o al porche?.

  —Sí, claro.

  Con su ayuda bajó del caballo y caminamos de regreso hacia los establos, él se adelanta un poco con el caballo, y yo lo sigo, con una sonrisa tonta en los labios. Me doy cuenta de que todavía estoy pensando en lo que dijo Tomas más temprano, pero no quiero que ese momento arruine lo que acabo de vivir.

  Cuando llegamos al porche de la casa principal, Albert amarra a Chester y se vuelve hacia mí.

  —Lo hiciste muy bien.

  —Tenía un buen profesor. Aunque me caí del caballo.

  —No te preocupes eso le pasa a todos y para eso estaba yo, para atraparte.

  Sonrió ya que me hace sentir muy segura. Luego por un momento, ninguno de los dos se mueve. Solo mis quedamos mirandonos, como si tuvieramos muchas cosas que decir pero que ninguno de los dos se atrave a pronunciar palabra. Solo se ve que el atardecer empieza a pintar el cielo de rosa y naranja. El silencio se vuelve casi cómodo… casi. Hasta que Albert se aclara la garganta y dice.

  —Bueno, entonces… nos vemos ma?ana — dando un peque?o paso atrás.

  —Sí, nos vemos.

  él duda un instante. Me mira como si quisiera decir algo más. Pero al final, solo asiente y se va.

  Yo me quedo allí un momento, viendo cómo se aleja con las riendas en la mano, preguntándome si acaso él también sintió este peque?o temblor entre los dos… o si solo fui yo. Se como me miro cuando estábamos en clases pero puede que solo fue en el momento. y de nuevo estoy inventando escenarios donde no los hay, se que tengo una imaginacin bastante grande por lo que deberia dejar de crear historias donde no las hay. Me limpio los zapatos y me dirijo ami coche, ya Lulu esta al lado de la puerta esperando por mi. Asi que la monto en el carro y nos vamos a casa.

Recommended Popular Novels