—Mierda... entonces el avistamiento era real. No puedo creer que uno de los generales de Arthur viniera hasta aquí —gru?ó Zora. Intentó levantar su espada, pero el acero pesaba cinco veces más de lo normal, vibrando contra el suelo.
—Digamos que vine a hacer una limpieza —respondió Peter Pan. Su voz no solo era profunda; tenía una autoridad gravitacional que parecía hundir las palabras en los oídos de los presentes.
Máté, hundido en el fango, luchaba por cada bocanada de aire. Sus pulmones se sentían como si tuvieran arena caliente dentro.
?Es un aumento de gravedad? ?Pero cómo? —pensó desesperado—. Mierda, ?dónde está Bernát cuando se le necesita? él ya habría encontrado una solución.
Máté forzó la vista. Notó que el pasto y las flores a su alrededor estaban triturados, pegados a la tierra. Sin embargo, observó algo imposible: a unos diez metros, justo a los pies del gigante pelirrojo, una peque?a flor silvestre se mecía suavemente, ajena a la presión catastrófica.
—Ya lo tengo... —susurró Máté entre dientes—. Alrededor de él hay una zona segura. Es el ojo del huracán.
Con esa revelación, Lázaro, Zora y Benedek intercambiaron una mirada de guerreros veteranos y cargaron. Al cruzar el umbral de los cinco metros, la presión desapareció de golpe. El alivio fue instantáneo, pero la seguridad era un espejismo.
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—Entonces esta era tu debilidad —rugió Benedek, lanzando un pu?etazo cargado con toda su inercia—. ?Ahora estás perdido! ?No hay nadie mejor que yo en combate cuerpo a cuerpo!
Peter Pan ni siquiera parpadeó. Con un movimiento que desafiaba su tama?o, esquivó el golpe y hundió su pu?o en el estómago de Benedek. El sonido fue como el de un mazo contra un bloque de carne.
—Tienes razón, esta es la limitación de mi habilidad —dijo Peter Pan con una calma aterradora—. Por eso entrené mi cuerpo para ser mi propia defensa. Mi carne es la constante que supera mi variable.
Zora intentó flanquearlo, pero Peter Pan le propinó una patada lateral que la mandó a volar, vaciando sus pulmones en el acto. Incluso Lázaro, disparando flechas a quemarropa desde atrás, solo lograba que el gigante se moviera con una agilidad antinatural. La superioridad del rango Axioma era absoluta.
Máté veía la escena con horror. Si no hago nada... Beatrix, Pista, Eszter, Bernát... todos morirán.
Llevó su habilidad al extremo absoluto. En este mundo, las habilidades pueden evolucionar a través de cuatro fases, y Máté acababa de golpear la puerta de la segunda. Sus moléculas de ATP no solo generaron energía; comenzaron a reorganizar la estructura atómica de su sistema óseo.
Sus huesos se compactaron hasta alcanzar una densidad similar al Tungsteno. Sus fibras musculares se entrelazaron como cables de acero de alta tensión. Sus piernas se transformaron en lo equivalente a una prensa hidráulica industrial.
—Mis pulmones arden... pero ya estoy de pie —declaró Máté.
Había alcanzado la Fase 2: Densidad Crítica. Ahora, su cuerpo no solo resistía el da?o, sino que él podía manipular su propia masa y dureza a voluntad, convirtiendo su propio organismo en un arma de asedio biológica.

