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Capítulo 3: El Hotspot Mental

  Salir del edificio de Macro-Systems fue como ser expulsado de una cámara de vacío directamente al ojo de un huracán.

  El aire acondicionado con aroma a lavanda corporativa fue reemplazado instantáneamente por el smog denso de la Calle Nivel 0. El silencio respetuoso de los pasillos de cristal se rompió ante el estruendo de los drones de carga, los cláxenes de los transportes autónomos de segunda mano y el murmullo incesante de la masa de Natives que llenaba las aceras.

  Molen se ajustó la mochila. Sentía el peso de la tableta industrial de Robert contra su espalda como si fuera una barra de combustible nuclear. Era un secreto demasiado grande para su vida peque?a.

  Caminó hacia la estación del Subterráneo Maglev. Su mente, habitualmente un torrente de pensamientos inconexos, estaba al borde del desbordamiento de pila (Stack Overflow). La reunión con Robert, la amenaza de Vincent, la imagen del código sangrando en la pared... todo rebotaba dentro de su cráneo sin control.

  — Maldito ruido —pensó Molen, sintiendo la familiar picazón detrás de los ojos. Una sobrecarga sensorial.

  Su cerebro no funcionaba como el de los Soli. No era lineal ni secuencial. Era un navegador con quinientas pesta?as abiertas, y en tres de ellas sonaba música diferente que no podía apagar. Los médicos del seguro público lo llamaban TDAH. En el mundo de los JIT, lo llamaban "Procesamiento Asíncrono sin Control de Concurrencia".

  Necesitaba regularse. Necesitaba liberar la memoria RAM. Ya.

  Bajó las escaleras mecánicas hacia el andén, esquivando a un grupo de oficinistas cansados. El ruido de los frenos del tren al llegar fue como un taladro. Sacó su teléfono, un modelo viejo con la pantalla astillada, y abrió la única aplicación que mantenía su realidad anclada: Chess.com.

  Seleccionó el modo: Bullet. 1 minuto.

  El matchmaking fue instantáneo. Un oponente de Rusia. ELO 2100. E4. C5. Defensa Siciliana.

  Molen no pensaba. Sus dedos se movían por instinto puro, puenteando su corteza prefrontal. En el ajedrez bala, no hay tiempo para la estrategia profunda ("AOT"). Es pura compilación en tiempo real. Es ser un JIT. Caballo F3. Peón D6. Alfil B5.

  El mundo a su alrededor desapareció. El olor a sudor del vagón se desvaneció. El ruido de los rieles se convirtió en ruido blanco. Solo existían las casillas de 64 bits. Su cerebro, que segundos antes era un caos inmanejable, entró en Hyperfocus. El "Hotspot" se activó.

  — Jaque.

  Molen sacrificó su reina por una posición táctica. Una decisión impulsiva que un Gran Maestro criticaría, pero que a esta velocidad, forzaba al oponente a gastar 2 segundos pensando. Y en Bullet, 2 segundos son una eternidad.

  El tren llegó a su parada con un estruendo metálico. Molen se levantó y salió del vagón sin levantar la vista de la pantalla, esquivando a los pasajeros con una visión periférica sobrehumana.

  Mate en 3.

  Ganó por tiempo. Le quedaban 0.4 segundos en el reloj. La dopamina inundó su sistema, calmando la ansiedad. La partida había actuado como un Garbage Collector manual, limpiando los objetos de preocupación que saturaban su memoria.

  Ahora podía pensar.

  Cuarenta minutos después, Molen caminaba por el Sector 7, una zona industrial donde los edificios de cristal daban paso a estructuras de ladrillo y metal oxidado. Aquí no vivían los Arquitectos de Software. Aquí vivía la gente que mantenía el hardware funcionando con cinta adhesiva, soldadura y oraciones.

  Se detuvo frente a un local con un letrero de neón que parpadeaba con un zumbido eléctrico: "REPARACIONES ALPHONSE - Hardware Legacy & Consolas Retro".

  Entró.

  El contraste fue inmediato. El mundo exterior olía a prisa y a contaminación, pero el taller olía a otra cosa. Había notas de esta?o derretido y polvo de silicio, sí, pero por encima de todo flotaba un aroma denso, cálido y envolvente.

  Café.

  Molen detestaba el café. Odiaba el sabor amargo y ácido del lodo que servían en las máquinas de Macro-Systems. Pero este olor era diferente. Era un aroma redondo, tostado con un toque de madera vieja y chocolate oscuro. Era un olor que no pertenecía a un taller sucio, sino a una memoria que Molen no tenía. Para él, ese olor significaba seguridad. Significaba que el ruido del mundo se quedaba en la puerta. Significaba Hogar.

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  Las estanterías estaban abarrotadas de monitores CRT, placas base de servidores descontinuados hace décadas y consolas de videojuegos del siglo pasado a medio desarmar. Era un cementerio tecnológico para algunos; para Molen, era un refugio.

  — Llegas tarde, chico —dijo una voz rasposa desde el fondo.

  Alphonse estaba inclinado sobre una mesa de trabajo, intentando resucitar una vieja radio de válvulas. Era un hombre de unos setenta a?os, con una barba gris desordenada y unas gafas de aumento con múltiples lentes acopladas sobre sus ojos. Llevaba un chaleco de pesca lleno de destornilladores y chips de memoria.

  — Tuve... una reunión extra?a —dijo Molen, dejando la mochila con cuidado sobre un mostrador, apartando una pila de revistas mecánicas amarillentas. Inhaló profundamente, dejando que el aroma del lugar calmara sus neurotransmisores.

  — ?Reunión? —Alphonse soltó una carcajada seca sin levantar la vista—. ?Te ascendieron a "Gerente Ejecutivo de Limpieza de Ba?os"?

  — Algo así. Me dieron esto.

  Molen sacó la tableta industrial. El dispositivo, negro, mate y con el logo de seguridad de Macro-Systems grabado en el chasis, parecía un objeto odioso y futurista en medio del desorden analógico del taller.

  El soldador de Alphonse se detuvo. El viejo levantó las gafas de aumento, revelando unos ojos grises, agudos e inteligentes. Miró la tableta con una mezcla de curiosidad y rechazo, como quien mira un animal peligroso.

  — Vaya ladrillo —murmuró Alphonse—. Se ve caro. Y lleno de problemas. ?A quién se lo robaste?

  — A nadie. Es... tarea. Hice una apuesta. La gané. Y ahora tengo 48 horas para descubrir por qué un sistema falla, o me despiden. —Molen se sentó en un taburete alto, sintiendo el cansancio del "Crash" post-dopamina caerle encima—. Es un error en una Fábrica de Agua.

  Alphonse dejó el soldador y se limpió las manos en su delantal de cuero. Se giró hacia una cafetera italiana vieja y abollada que reposaba sobre una hornilla eléctrica. El origen de ese olor maravilloso.

  — ?Una fábrica de agua, eh? —dijo el viejo, sirviendo café en una taza de cerámica desportillada—. ?La tubería está rota?

  — No es la tubería. Es que... a veces la fábrica promete agua, pero no entrega nada. Ni siquiera aire. Simplemente... deja de existir por un segundo. Y cuando el encargado intenta beber, se atraganta con el vacío.

  Alphonse asintió lentamente, soplando el humo de su café. — Promesas rotas. El viejo mal de la ingeniería moderna. Quieren que todo sea rápido, así que se olvidan de ense?ar a las máquinas a decir "lo siento, hoy no tengo nada".

  — El Arquitecto, Robert, quiere poner muros. Quiere que el encargado revise cien veces si hay agua antes de beber.

  — Miedo —sentenció Alphonse, tomando un sorbo con los ojos cerrados, disfrutando de ese peque?o lujo en medio de la chatarra—. Construyen fortalezas porque no confían en sus propios cimientos. Es arrogancia disfrazada de seguridad. Si construyes un muro, solo consigues que nadie vea lo que pasa al otro lado.

  — Yo le dije que deberíamos usar una "Caja". —Molen tomó la taza. No bebió, solo la sostuvo entre sus manos, dejando que el calor se filtrara en sus palmas frías y que el vapor le golpeara la cara—. Que la fábrica entregue una caja cerrada. Si hay agua, bien. Si no, la caja está vacía, pero al menos tienes una caja. Nadie se muere por abrir una caja vacía.

  Alphonse sonrió. Fue una sonrisa peque?a, casi imperceptible entre su barba. — Una solución elegante. Humilde. Como poner un fusible antes que un disyuntor gigante. ?Y qué dijo el se?or Arquitecto?

  — Me dio esto —Molen se?aló la tableta—. Dijo que estudiara los registros de cinco a?os. Pero Alphonse... lo encendí en el metro y es demasiado. Millones de líneas. Texto rojo por todas partes. Mi cabeza no puede. Es ruido puro.

  Molen se frotó las sienes. El TDAH volvía a golpear. La magnitud de la tarea lo paralizaba. La tableta brillaba en la mesa, burlándose de él.

  Alphonse dejó su taza y caminó hacia Molen. Le dio un golpecito suave en la frente con un dedo calloso.

  — Tu problema, Molen, no es que no puedas procesar los datos. Es que intentas leerlos como ellos. Intentas leerlos como un libro de leyes.

  El viejo se acercó a la vieja radio de válvulas en la que estaba trabajando. Giró el dial y un sonido de estática llenó el taller, seguido de una melodía de jazz apenas audible, sincopada y compleja.

  — ?Oyes eso? —preguntó Alphonse—. Hay mucha estática. Mucho ruido. Pero la música está ahí abajo.

  Alphonse se?aló la tableta apagada. — Esos registros son iguales. No busques el error. El error es la estática. Busca el silencio. Busca el momento en que la música se detiene.

  — ?El silencio? —preguntó Molen, confundido.

  — Las máquinas tienen ritmo, chico. Tienen un pulso. Cuando algo se rompe de verdad, no grita al instante. Primero duda. Primero tartamudea. —Alphonse le gui?ó un ojo—. No uses tus ojos para leer. Usa tu instinto para escuchar. Eres un JIT, ?no? Improvisa.

  Molen miró la pantalla negra de la tableta. Recordó la partida de ajedrez. No necesitaba calcular todas las jugadas posibles. Solo necesitaba sentir cuándo el ritmo del oponente se rompía.

  — El ritmo... —susurró Molen.

  — Enciéndelo —ordenó Alphonse, volviendo a su soldador—. Tienes la noche entera. Yo me quedaré aquí peleando con esta válvula del a?o 50. Tú encárgate de salvar tu pellejo... y de demostrarles que a veces una caja de cartón vale más que un muro de hormigón.

  Molen asintió. Se puso sus viejos auriculares (reparados tres veces con cinta aislante), puso su lista de audiolibros de fantasía a todo volumen, y encendió la tableta.

  El olor a café lo anclaba a la tierra. La voz robótica del audiolibro lo relajaba. El mundo desapareció. Ya no estaba en un taller sucio en el Sector 7. Estaba en la matriz de datos. Y por primera vez, él no intentó leer. Simplemente se dejó llevar, buscando el silencio entre el ruido.

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