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Bach

  Había pasado más de una hora y Bach aún no había puesto la caza al fuego. Se alegró de que la cueva estuviera llena de rastrojos y ramitas secas, ya que la noche prometía ser larga.

  Ella esperaba. ?Qué demonios?, no sabía a qué estaba esperando. Elur no volvería para cenar, era un animal realmente obstinado, sobre todo cuando sabía que tenía razón. Lo más probable era que fuera a por ella a la cueva al amanecer; era terco, pero muy leal. En eso eran muy parecidos. En toda su vida jamás le había sucedido nada semejante. Tenía una vida bastante predecible, era autónoma y siempre había sabido lo que tenía que hacer. En pocos días su mundo y su vida se habían vuelto del revés y esta nueva libertad le daba miedo, no sabía cómo actuar. Gracias a los dioses que tenía a Elur. Se había criado con ella, habían estado siempre juntos; y sin embargo parecía que a él no le preocupaba la situación. Se mantenía alegre y tranquilo, como siempre. Lo cierto es que era muy sabio, había aprendido tantas cosas de él… era, sin lugar a duda, el mejor maestro que había tenido jamás, le había mostrado más cosas que el más importante libro del hombre más sabio. Y ahora, sin embargo, estaba siendo muy imprudente.

  Al fin puso la liebre al fuego. Con enfado o sin él, tendría que comer.

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  Quizá Elur tuviera razón. A fin de cuentas, casi siempre la tenía. él había decidido seguir adelante y adaptarse a que lo que llegara. Bach confiaba ciegamente en el instinto de su compa?ero; sin duda la orca no era mala de corazón, pero era todo tan repentino… ?qué ocurriría por la ma?ana? Estaba segura de que el huargo volvería con ella, pero ?y la orca? ?estaría con él la orca? ?se supone que tendría que dar la bienvenida a esa extra?a? Ella había estado viendo a la misma gente todos los días durante toda su vida, y sin embargo no había forjado ninguna relación de ningún tipo con nadie.

  El Orco. Eso era. Actitud positiva. En el peor de los casos aprendería algo de Orco.

  La caza ya estaba a punto. La idea de tener que cenar sola se le hizo extra?a y nada atractiva. Pobre Elur, estaría empapado, quizá aquella bárbara ni siquiera habría encendido un fuego. Resopló, se puso en pie, se colocó la capucha de la capa y salió de la cueva. Llovía a mares. Vio que a unos ciento cincuenta o doscientos metros al sur refulgía un reflejo metálico. Se dirigió allí con aires de enfado, aunque el corazón le latía como loco por el nerviosismo. Allí estaban: la orca sentada bajo un árbol con los brazos alrededor de las rodillas y justo tendido a su lado el lobo, con las orejas levantadas, mirándola; sin duda la había oído llegar. Se detuvo a cinco pasos frente a ellos y con voz grave y los brazos en jarras espetó:

  —?Vais a venir o qué!

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