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El tenedor de trece

  Ixen y Domenico arribaron en Zoro a media tarde. Según el itinerario oficial iban a llegar allí antes de mediodía, y comerían en una posada. A pesar de que un comerciante con el que se cruzaron aquella misma ma?ana les indicó el camino más corto y seguro, Ixen decidió seguir las instrucciones de su aparato de viaje.

  La aldea era peque?a y bastante recogida, apacible y pintoresca. Se alzaba a orillas de un río, en el amplio hueco de un meandro. La posada estaba junto al templo, que era exactamente el centro de todo. Estaba cerrado cuando llegaron, pudiera ser por la hora que era, pero había flores a la entrada y se vislumbraba luz de velas en el interior, cosa que tranquilizó a Ixen en lo más profundo de su ser. Se disponían a atar los caballos bajo la techumbre de la parte trasera de la posada, pero no había sitio. Trece corceles —y una mula —les miraron en cuanto se asomaron al refugio. Bastante asombrados, ataron a sus caballos donde pudieron y entraron en la casa. Trece soldados —y un se?or —les miraron en cuanto se asomaron al salón. Bastante asombrados, se sentaron donde pudieron y pidieron comida.

  —Son hombres de Dumas —dijo Ixen a Domenico casi en un susurro —el de la barba rojiza, es el Tenedor. Lo conozco de vista. No mires. Me pregunto qué estarán haciendo aquí.

  —A lo mejor están patrullando. Este área es jurisdicción de su iglesia, ?no?

  —Sí, lo es, pero ?cómo va a ser esto una patrulla? Una patrulla puede variar, de dos a cuatro soldados, alguno más quizá, si el lugar es grande. De hecho, una vez oí que en lugares como Biblo ?las patrullas son de sesenta hombres! Y que incluso se duplican durante sus festividades: tan grande es la ciudad y tantos habitantes tiene, que tienen que traer efectivos de otros lugares.

  —No parece que se celebre nada aquí hoy —dijo el joven con sorna —a lo mejor están de paso.

  —O puede que en una misión.

  —Sí, secreta.

  Mientras la imaginación del paladín volaba descontrolada, una mujer muy airosa y entrada en a?os les sirvió una fuente con un fabuloso estofado de patatas con cerdo. El aprendiz saboreó cada cucharada sonriendo feliz, con la alegría a?adida de que a lo mejor podría socializar un poco después de la cena. Ixen por su parte no podía parar de pensar en el motivo que podrían tener aquellos soldados para estar allí.

  —?Hace mucho que salisteis de Rieva?

  Ixen alzó la vista y se encontró a uno de los soldados con una jarra de cerveza en la mano, sentado a su mesa.

  —Hola! Me llamo Domenico. Sí, bueno, emprendimos... —con un tranquilo pero firme gesto de la mano Ixen le hizo callar.

  —?Quién eres y cómo sabes que venimos de allí?

  —Perdón. —Su aire distendido desapareció para dar paso a una actitud de sumisión marcial —Soy Xuno, soldado dps lvl 20 de la orden de Anza. Salimos de Gorvis hace dos días.

  —Bien. Puedes volver a sentarte.

  —Gracias Se?or. Con todos mis respetos... ?estaría en lo cierto si afirmara que sois Ixen?

  Domenico rio divertido. Ixen trató de mantener la compostura. Por un lado, el verse tan expuesto le sentó fatal, qué descaro el de aquel soldado. Pero por otro lado se sintió halagado por haber sido reconocido —aunque no sabía cómo —y haber sido tratado con respeto por ello.

  —?Qué os hace pensar eso? —preguntó adoptando una actitud que Domenico consideró intimidante. Al instante el guerrero bajó la cabeza.

  —Siento si le he molestado, se?or. Tengo entendido que Ixen es un hombre de seis pies de altura, fuerte como un oso y que lleva la cabeza siempre afeitada como símbolo de disciplina (no le pareció oportuno llamarle calvo). —El paladín sonrió levemente —la calidad de su coraza de placas, el tabardo con el escudo de la orden de Ador y el emblema de jefe de Paladines en la filigrana de la empu?adura de vuestra espada también han ayudado. Se?or.

  —Veo que has sido bien entrenado soldado Xuno, no se te escapa nada. Y dime, ?qué estáis haciendo vosotros aquí?

  —Estamos de paso.

  —?Adónde?

  —Eso no puedo decírselo, se?or.

  —?Es una misión secreta, quizá?

  —?Jajajaja! —rio Domenico imprudente —?si sólo les faltan las panderetas!

  Ixen le mandó callar de nuevo. —No puedes decirnos nada, entonces.

  —No, se?or.

  —Pero sin embargo venías preguntando por nuestro viaje.

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  —Sí, se?or, lo siento. Sólo quería charlar un rato.

  —Bien. Puedes irte. Si solo venías a preguntar ya has terminado aquí.

  —Si, se?or.

  Con la cabeza gacha el soldado volvió a su mesa. Durante más de diez minutos los dos hombres comieron sin mediar palabra.

  —Ixen, ?puedo jugar a los dados con los soldados antes de acostarme?

  —Antes de acostarse hay que orar.

  —También.

  —Jugar no es propio de un futuro sacerdote.

  Otro largo silencio. El paladín parecía bastante firme al respecto.

  —Fuerte como un oso.

  —?Qué?

  —Fuerte como un oso. Es lo que ha dicho

  Ixen sacó pecho levemente. —Sí, bueno...

  —Saben incluso tu nombre.

  Supongo que será una casualidad. Puede que ese soldado en concreto

  —?Oh, no seas tan modesto! Un soldado ha venido a tu mesa porque quería conocerte. Es muy probable que seas una inspiración para todos ellos, pero sólo el tal Xuno ha tenido el valor de acercarse.

  Ixen sonrió. Quizá el joven tenía razón. Quizá había sido demasiado duro con el tal Xuno. —Bien, yo voy a retirarme. Por esta vez, y sólo por esta vez, puedes quedarte un rato. Puedes jugar con ese muchacho...

  —?Xuno?

  —ése, puedes hacerle entender que hay que ser cauto, que no era falta de amabilidad, sabes, yo...

  Domenico le gritó un ??claro!? mientras corría hacia la mesa en la que estaba su nuevo conocido con otro par de hombres. La mayoría se habían retirado ya, lo más predecible era que partirían temprano, así que Domenico no tardaría demasiado. él permanecería despierto hasta que el joven llegara; afilando su arma, rezando sus oraciones y aseándose, si es que era posible en aquel lugar. Para su sorpresa la habitación era de dos camas. Era minúscula, pero tenía ventana. Había un jarro con una palangana y un orinal, y dos lamparitas de aceite, una junto a cada cama. Nunca antes había estado en una habitación así. Una vez estuvo en una habitación de seis camas en la que sólo se alojaron seis, y aquello ya le pareció un lujo. Entró con alegría a encender su lamparita cuando de súbito dio dos pasos hacia atrás. Chispas brillantes danzaron sobre un fondo negro durante unos instantes. Todo se tambaleó. Y se detuvo. No fue magia. Fue una conmoción cerebral. Era abuhardillado. Mucho. Tendría que avisar a su joven compa?ero. Le avisaría cuando le oyera subir las escaleras, éstas crujían bastante y, de todos modos, él estaría despierto.

  …

  Ensillaban sus caballos tan pronto como de costumbre. Ixen no llevaba el tabardo y colocó la barda de su montura boca abajo. El no llevar a la vista el yelmo también ayudaba bastante a suavizar su imagen. No es que no fuera imponente, que lo era de todos modos, pero ahora parecía un caballero, un guerrero o sí, un paladín; seguía pareciendo un hombre de armas, pero pasaba muchísimo más desapercibido. Domenico optó por no decir nada al respecto ya que posiblemente se llevaría una mala contestación debido a lo tarde que había vuelto. Haría sólo un par de horas, y entre el escandaloso crujido de las escaleras y el cabezazo contra el techo seguro que le oyó llegar. Los corceles —y la mula —seguían allí aún, aunque ya se empezaba a notar algo de movimiento.

  —Para estar de misión, no parecen muy madrugadores —dijo el paladín, al que al parecer todavía le duraba el buen humor de la noche anterior.

  —Nadie madruga tanto como nosotros —dijo el joven mientras se le escapaba un bostezo —y sí, desde luego podrían ser menos perezosos —se apresuró a a?adir Domenico desviando la atención —Rieva aún queda lejos.

  —?Rieva? ?Cómo sabes que van allí?

  —Oh, uno de los hombres me lo dijo anoche, estaba muy bebido y... bueno, aunque yo llegué tan sólo una hora más tarde que tú...

  —Lo sé

  —... pero por lo visto el hombre ya llevaba un buen rato bebiendo —hizo una breve pausa —se dirigen al lugar de donde nosotros venimos. Salieron hace dos días de Gorvis. Van a recoger algo de la catedral.

  —?De nuestra catedral?

  —Bien, sí, de la tuya. órdenes directas del arzobispo Dumas, por lo visto.

  —?Dijo algo más?

  —No, lo que van a recoger no lo dijo. Creo que ni siquiera lo sabía.

  —?Por qué dices eso? ?Qué dijo exactamente?

  —Que no sabía qué era lo que iban a buscar. Y lo mismo dijo otro compa?ero suyo. Dijo que no tenía ni idea y que tampoco le importaba lo más mínimo. Sólo esperaba que fuera lo que fuera, no fuera muy grande y pesado, o que no oliera muy mal. Después varios soldados rieron, y no volví a preguntar.

  Ixen asintió mientras montaba, dando a entender al zagal que había hecho un buen trabajo. Era un chico listo. Este pensamiento hizo que se sintiera menos preocupado por el muchacho así que comenzó a preocuparse por todo lo demás. No le gustaba no saber qué ocurría. ?Y si fueran refuerzos, escasos, sí, de Dumas porque su orden había sido atacada? Y él lejos de allí; quizá debería regresar, por si acaso. No, tenía órdenes expresas del Padre Thomas que debía cumplir, y no tenía ningún motivo para no hacerlo. Estaban en tiempos de paz, sólo estaría fuera unos pocos días y además sus mejores hombres estaban allí. Y los peores. Estaban todos, vaya. De todos modos, el templo y las residencias estarían bien defendidos en caso de ataque. Tenía cientos de estrategias preparadas para cientos de casos distintos, y a varios hombres bien entrenados para sustituirle. Así que, en resumidas cuentas, si alguien atacara, dos hombres a caballo y por dos diferentes rutas irían a buscarle. Sintió que se había excedido en su preocupación. De hecho, de pronto se sintió demasiado localizable e identificable. Si algo ocurriera en Rieva tardarían días en ir a buscarle y regresar, y de todos modos aquello estaba bien defendido. Su obsesión por proteger le estaba desviando de la que creía su verdadera misión: reconducir al joven novicio por el camino de la fe. Sí que hablaba mucho con él durante sus marchas, el muchacho había recibido incontables horas de consejos, ejemplos e historias con moraleja. Aunque todas sus ense?anzas no servirían de nada si no brindaba al zagal unas horas para la reflexión, y eso no sucedería si seguían yendo de posada en posada, de distracción en distracción. Por no hablar de su incursión en Neil...

  —Iremos hacia el sur. Un peque?o desvío.

  —?Por otro camino?

  —No, nos saldremos del camino. Iremos en paralelo al río, por el bosque.

  —?Es un atajo?

  —No. Nos llevará una jornada más.

  —?Pero por qué? —a Domenico no le gustó la idea —?vamos a ir a una posada más barata? Si ésta última te ha resultado cara yo tengo dinero, y la comid...

  —No. Vamos a dormir en el bosque.

  —?Pero por qué! ?En el bosque? ?Es porqué me acosté un poco más tarde? Vale, mira, te prometo que si hoy acampamos en el camino no me quejaré. Lo juro.

  —No. Iremos al bosque. Y en vez de quejarte tanto deberías estar agradecido porque te comento el itinerario. Podría no decirte nada y llevarte de todos modos.

  —?Pero tus órdenes son llevarme a Gorvis sano y salvo!

  —Efectivamente. Y nadie me habló de plazos. —Sonrió con tranquilidad —?Mira un estornino!

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