La puerta se abrió sin la llamada protocolaria que dicta la educación, y no me hizo falta girarme para sentir la presencia de Wenny. El aire de la habitación se volvió más denso, cargado de esa electricidad estática que siempre la acompa?aba.
—Te he dicho que no me llames así —decía ella mientras entraba.
Aunque no la veía, estaba seguro de que tenía los ojos entornados, esa expresión de frustración contenida que ponía cuando intentaba explicarme química básica en la Universidad y yo no cazaba una. Soltó un gru?ido sordo dirigido a Sigrid, que la seguía de cerca con paso ligero.
—Pero si no es ninguna burla —se defendía la herrera con un tono jovial que me resultaba casi insultante dadas las circunstancias.
Si en ese momento no me sintiera como si una manada de lobos me estuviera devorando las malditas tripas —no solo por saber que mis compa?eros habían planeado venderme, sino por la certeza de que mi propia magia había masacrado a Ian y Agatha—, me habría estremecido al percatarme de que esas dos corrían el riesgo de hacerse amigas.
Me obligué a girar la cabeza sobre la almohada. El contraste entre ambas era una bofetada visual. Sigrid, con su cabello rojizo y su piel de un saludable tono rosáceo que ocultaba su naturaleza de diamante, y Wenny, cuya melena rubio platino parecía una cascada de luz fría que hacía juego con su piel grisácea, una herencia de su linaje orco que la hacía destacar como una estatua de mármol antiguo. Pero, ?qué hacía yo analizando estéticas? Estaba hecho una mierda y la persona que acababa de entrar casi me convierte en un carámbano de sangre hace dos horas.
—Veo que respiras —me dijo en tono seco.
A pesar de la frialdad de sus palabras, supe ver el destello de preocupación en sus ojos, ese brillo que no podía congelar por mucho que lo intentara.
—No gracias a ti, me temo —le espeté con la voz rota.
Wenny soltó el aire por la nariz, luchando por controlar sus sentimientos. Por un instante, la temperatura de la habitación descendió varios grados, haciendo que el vaho volviera a salir de mis labios, pero no ocurrió nada más. Se giró hacia un rincón y comenzó a despojarse de su pomposa túnica blanca de la Universidad.
Debajo, quedó expuesta una armadura digna de un caballero mágico de leyenda, placas de un metal ligero que brillaba con un tono perlado, grabadas con runas que latían suavemente. Me tocó los huevos ver una herramienta mágica tan costosa mientras yo apenas podía permitirme una vaina decente.
—Conque ayudando a tu tío con bandidos... —dije, tratando de recuperar algo de dignidad.
Ella asintió sin mirarme, manteniendo una expresión distante mientras colgaba la túnica de un clavo que sobresalía de la pared de piedra.
—Sí —tragó saliva, y su voz perdió parte de su dureza—. Mi tío. Aquel que de ni?a me ense?ó que la magia no es solo una herramienta política para ganar favores en la corte —dijo con una emoción que empezaba a agrietarse—. Aquel que pasó su última noche hablando de teoría mágica con la persona que me abandonó sin mirar atrás.
He de confesar que eso me dolió más que cualquier lanza de hielo.
—Si tienes algo que objetar a mi atuendo, es mi uniforme —a?adió, poniéndose con los brazos en jarra frente a mí—. Me gradué con honores y ahora soy Caballero Mago del Reino.
Sus palabras sonaron cargadas de orgullo, pero su mirada era un intento desesperado de ocultar sus pensamientos tras una máscara de hielo generada por el orgullo herido.
Tragué saliva y, por un segundo, me pregunté, ?qué haría Rintaro en una situación así? Probablemente soltar un chiste malo o fingir que no le importa, pero yo no soy él, ni mucho menos.
—Sé que no hice bien —empecé a decir, con la voz apenas por encima de un susurro.
—No —me cortó ella en seco.
Se giró hacia Donovan y Sigrid, que nos observaban en un silencio sepulcral, como si fueran dos espectadores en primera fila de una tragedia de teatro. Traidores desvergonzados, pensé al verlos allí plantados.
—?Podéis dejarnos solos? —ordenó Wenny. Su tono no admitía réplicas, era el tono de alguien acostumbrado a mandar a batallones enteros.
Sin mediar palabra, Sigrid dio un respingo. Salió de la habitación tan rápido que juraría que, si la puerta hubiera estado cerrada, la habría atravesado sin frenar. Ahora que sabía que era una Vítrea, no me cabía duda de que podía hacerlo. Donovan la siguió de cerca, aunque el minotauro tuvo que maniobrar con esa delicadeza técnica suya para encajar su enorme envergadura por el marco de la puerta.
Ensure your favorite authors get the support they deserve. Read this novel on the original website.
Una vez que el pesado portón de madera se cerró tras ellos, Wenny soltó un largo suspiro, dejando que sus hombros cayeran por primera vez. Se sentó a los pies de mi cama, dándome la espalda, con la armadura tintineando levemente.
—Sir Dan de Padi está a la cabeza de la partida de búsqueda —soltó sin preámbulos.
Escuchar aquel nombre me revolvió el estómago. Los recuerdos de la Universidad, de su elitismo y su crueldad, volvieron en tromba.
—?Sigue vivo ese maldito elfo? —ladré con asco, sintiendo cómo la bilis subía por mi garganta—. Yo no los maté, Wenny.
Mis propias palabras me sonaron falsas en cuanto salieron al aire, y sabía perfectamente por qué. El recuerdo de la explosión y la energía descontrolada de la cueva latía en mi nuca.
—Yo no quería... —intenté a?adir.
—Lo sé —me cortó ella de nuevo, esta vez con una suavidad que me desarmó.
Durante un largo rato, el silencio se adue?ó de la torre de Haiggs. Solo se oía el silbido del viento contra las piedras milenarias.
—De vez en cuando escuchaba tu nombre en los pasillos —continuó ella, rompiendo la calma—. Lord Perkestarl no está nada contento con las historias que llegan de la sede gremial sobre tus actividades como aventurero.
Me quedé extra?ado, frunciendo el ce?o a pesar del dolor de las sienes.
—?Qué más le da a él? No soy el único mago renegado inscrito como aventurero. Hay cientos de nosotros ahí fuera buscando una vida que no sea lamerle las botas a un noble.
Pude ver cómo sus hombros subían y bajaban bajo las hombreras de metal.
—?Por qué te fuiste, Gustab?
Su pregunta sonó ba?ada en una capa de profunda tristeza, una que no esperaba encontrar después de que intentara ensartarme con una lanza de hielo.
—Yo no pertenecía a ese mundo, Wenny —respondí, con la vista clavada en el techo de piedra.
—Eso no es lo que decían tus padres —contestó ella de inmediato, con un filo de amargura en la voz.
—Es lo primero que me dijiste tú —le solté. Me arrepentí nada más pronunciar aquellas palabras, fue un golpe bajo, un eco de nuestra infancia que debería haber muerto hace mucho.
—éramos ni?os, Gustab —dijo ella, girándose por fin para mirarme—. Y creía que te había quedado claro que no era eso lo que pensaba de verdad.
—Lo sé —reconocí, sintiéndome como un imbécil.
Traté de incorporarme de nuevo. El dolor seguía ahí, pero la vergüenza era un motor más fuerte. Wenny se levantó de un salto y rodeó la cama para quedar frente a mí. Al ver el temblor de mis brazos, me agarró de los antebrazos con firmeza. Su máscara de hielo se había esfumado por completo, ahora podía ver el dolor en sus ojos, una herida abierta que me hizo olvidar por un momento mi propio tormento por lo ocurrido en la cueva.
—Te fuerzas demasiado —me recriminó, y vi cómo una lágrima brotaba de su ojo izquierdo, recorriendo su mejilla grisácea—. Sin un catalizador adecuado, Gustab, te vas a matar. Tu cuerpo no aguantará otra descarga como la de hoy.
—Los catalizadores están regulados por la Universidad y los que se venden fuera son tan caros que solo un noble podría pagarlos —dije con una amargura que sonaba a excusa hasta para mis propios oídos.
Wenny soltó una de mis manos y, con un movimiento seco, se quitó uno de sus guanteletes perla. Al ponerlo sobre la cama, sentí el peso real de la pieza sobre el colchón de paja mohosa. Con manos expertas, desencajó del brazal una especie de brazalete rúnico que latía con una luz azulada. Sin darme tiempo a reaccionar, lo deslizó por mi brazo derecho.
Pronunció una frase corta, lo que me pareció un hechizo de vinculación, y luego me clavó una mirada gélida para dejarme claro lo que acababa de hacer.
—Si tratas de quitártelo, te congelará el brazo hasta que se quiebre —me amenazó, confirmando que acababa de realizar una maldición de pertenencia sobre el catalizador.
—No hacía falta llegar a eso...
—Deja de ser tan arrogante, Gustab —me espetó, con la voz quebrada por la rabia y el miedo—. Casi mueres hace un rato.
—Casi me matas tú —la corregí.
Ella no pudo evitar una expresión de horror puro, pero antes de que pudiera retroceder, la agarré con fuerza de las manos.
—Lo siento —noté mis propias lágrimas cayendo, calientes y saladas—. Siento haberte abandonado así.
Nuestros labios se encontraron en mitad de un sollozo compartido. Fue un beso desesperado, cargado de a?os de silencio y rencor acumulado. Cómo a?oraba el roce de sus colmillos...
?No lo había mencionado antes? Tiene colmillos. Por los dioses, es una semiorca de linaje real, ?qué esperabais?

