Kyo cerró la mochila con más fuerza de la necesaria.
No llevaba mucho: un cambio de ropa, algo de pan duro envuelto en tela, y una peque?a libreta gastada que había sido de su padre. Aun así, el peso parecía excesivo. No por lo que cargaba, sino por lo que estaba a punto de dejar atrás.
Se sentó un momento en la cama.
El silencio de la habitación le oprimía el pecho.
Tenía miedo.
Dudas.
Una parte de él seguía preguntándose si realmente pertenecía a ese lugar al que estaba a punto de ir. Pero aun así… estaba decidido. No podía permitirse detenerse ahora.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—?Puedo pasar?
Kyo reconoció la voz de inmediato.
—Sí… tío.
Bob entró con su habitual andar tranquilo. Llevaba el delantal del bar, aunque ya estaba cerrado. Se apoyó en el marco de la puerta y observó a Kyo por unos segundos, como si intentara memorizarlo.
—Mira nada más… —dijo con una sonrisa nostálgica—. Hace a?os eras más peque?o que esa mochila y te tropezabas solo por cargar platos.
Kyo dejó escapar una peque?a risa.
—Siempre decía que iba a mejorar… y siempre rompía algo.
—Oh, claro que sí —respondió Bob—. El día que te confié la bandeja grande pensé que ibas a matarte.
El ambiente se suavizó un poco, pero la nostalgia seguía flotando entre ambos.
Bob se acercó y tomó asiento en la silla frente a Kyo.
—?Recuerdas la primera Ciudad Amatista? —preguntó de pronto.
Kyo bajó la mirada.
La primera Ciudad Amatista…
El recuerdo regresó como una herida que nunca terminó de cerrar. La noche del ataque. El cielo te?ido de rojo. El suelo temblando. Gritos, caos… y la sensación de unas manos empujándolo hacia un escondite mientras alguien le decía que no saliera, pasara lo que pasara.
Sus padres no regresaron.
—Si no fuera por ti… —murmuró Kyo— no sé qué habría sido de mí.
Bob suspiró.
—No fue fácil, Kyo. Para ninguno. Perdimos la ciudad, perdimos a tu padre y a tu madre… y tú perdiste demasiado siendo solo un ni?o.
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Hubo un silencio pesado.
—Pero sigues aquí —continuó Bob—. Trabajaste, aprendiste, soportaste cosas que nadie debería soportar a esa edad. Y aun así… sigues teniendo un sue?o.
Kyo apretó los pu?os.
—No quiero quedarme estancado —dijo—. No quiero que todo lo que ellos quisieron construir… se quede solo en recuerdos.
Bob se levantó y apoyó una mano firme sobre el hombro de Kyo.
—Entonces ve —dijo con voz quebrada, pero segura—. Ve y no mires atrás.
La despedida fue corta. No necesitaban más palabras.
Cuando Kyo cruzó la puerta, sintió que algo dentro de él se cerraba… y algo nuevo comenzaba a abrirse.
?
La entrada de la Ciudad Amatista estaba abarrotada.
Kyo se detuvo en seco.
—?Tanta… gente? —murmuró.
Había alrededor de trescientas personas: jóvenes, adultos, algunos ancianos; rostros decididos, nerviosos, confiados. Nunca había estado rodeado de tanta gente desconocida.
Su respiración se volvió irregular.
De pronto, un soplo frío recorrió su cuello.
—?Qué pasa? ?Te vas a desmayar antes de empezar?
Kyo dio un peque?o salto.
—?Dorian!
El pactante sonrió de lado.
—Una parte de mí pensó que no vendrías.
—No iba a huir —respondió Kyo con firmeza—. Ya tomé mi decisión.
Dorian lo observó con atención.
—Me alegra oírlo. Te diré algo: de todos los que están aquí… solo tres o cuatro llegarán a convertirse en pactantes profesionales.
Los ojos de Kyo se abrieron de par en par.
—?Q-qué?
—Tus probabilidades no son buenas —a?adió Dorian sin rodeos—. Así que da todo en la prueba física y, cuando llegue la segunda… confía en ti mismo.
—?La segunda prueba es…?
—Confidencial —interrumpió Dorian—. Si pasas, lo entenderás.
Le dio una palmada en el hombro y se alejó.
Kyo tragó saliva.
—Genial… —susurró.
—?Siempre te pones tan pálido cuando estás nervioso?
Kyo volteó.
Un chico de su edad lo miraba con una sonrisa ladeada. Tenía una postura relajada, pero sus ojos estaban llenos de energía inquieta, como si siempre estuviera listo para moverse.
—Soy Lance —dijo—. Y tú pareces alguien que va a vomitar.
—Kyo…
—Encantado, Kyo-el-que-va-a-desmayarse.
A pesar de sí mismo, Kyo sonrió un poco.
Lance estiró los brazos.
—Trescientas personas, ?eh? —comentó—. Buen número. Así hay más a quienes dejar atrás.
—?No estás nervioso? —preguntó Kyo.
—Claro que sí —respondió Lance—. Pero si no tiemblan las piernas, no tiene gracia.
Un pactante apareció al frente y explicó el procedimiento. Grandes carruajes llegaron para transportar a los aspirantes fuera de la ciudad.
Durante el trayecto, Lance observó a Kyo de reojo.
—?Y tú por qué quieres ser pactante?
Kyo dudó… pero respondió.
—Quiero cumplir un sue?o. Algo que mi padre no pudo lograr.
Lance guardó silencio unos segundos.
—Hmph… —pensó—. No suena a alguien con hambre de poder.
No dijo nada más, pero lo miró con cierta duda.
Finalmente llegaron.
El lugar de la prueba era imponente: una enorme explanada rodeada de estructuras elegantes, pilares de piedra tallada y símbolos antiguos que brillaban débilmente. Una tarima elevada dominaba el centro.
Un pactante anunció al líder.
—?Ante ustedes, el líder de la Federación… MAGNUS!
El aura del hombre era abrumadora.
Magnus habló con voz firme, inspiradora. Explicó la prueba: un circuito brutal. Solo los primeros cincuenta avanzarían.
Desde lo alto, Dorian observaba a Kyo.
—No lo elegí por fuerza —comentó a otro pactante—. Lo elegí por lo que no se rinde.
Los aspirantes se colocaron en la línea de salida.
Lance sonreía, confiado.
Kyo, en cambio, sentía el corazón a punto de estallar.
—Tres…
Dos…
Uno…
Magnus alzó la mano y una gigantesca llamarada de energía estalló en el cielo como un fuego artificial majestuoso.
Y así, el destino de Kyo comenzó a cambiar.
Fin del capítulo 3

