Día 80
Una vendaval lleno de frescura la habitación al entrar por la ventana. Gazazo, aún en la cama, se levanta y realiza estiramientos sabe que hoy las cosas serán muy movidas con la experiencia que dan los a?os. Se levantó e inspeccionó su habitación, pero solo vio su cama, un armario con ropa sencilla y sus armas en la pared.
Admitió que debería conseguir más cosas, pero simplemente no tenía ganas. Aquella casa era temporal; si la situación terminaba como él deseaba, no necesitaría nada más.
Sacudiendo la cabeza, se puso unos pantalones largos de tela y un haori azul con el símbolo del clan de Namys, se puso su máscara. Sintió cómo la ropa le quedaba grande y holgada como la máscara se siente como una extensión. Con un suspiro cargado de ira hacia su padre por crear esa necesidad, se dirigió a una habitación contigua donde se alzaba un peque?o santuario con flores y varias ventanas que permitían la circulación del aire. El tótem descansaba en el centro.
Con cada paso, sentía cómo su cuerpo, falto de energía, se preparaba para entrar en modo de ahorro. Aunque volver a ser el Gazazo duende sería un placer—incluso un sue?o—, mientras se arrodillaba pensó que no podía escapar de sus responsabilidades.
—Tótem, entrega tu parte—murmuró. Ni más ni menos. él no era Togaz; el espíritu debe entender cómo está la situación,medita si debería llevarlo consigo pero niega la cabeza estos últimos días lo ha alimentado de mas para que haga su trabajo.
Vio cómo unas manos de un elemento desconocido emergían del tótem y lo tocaban. Sintió cómo su cuerpo volvía a su verdadera forma. Se alegró de no haber tardado mucho, por su alimento. Con una sonrisa alegre espera que Togaz se divierta donde sea que esté aún necesita que Namys se lo vuelva a explicar.
Su mirada examinó al tótem. Aún es una esfera con una cabeza de rasgos humanos y una larga cabellera sin cambios hoy. Aprieta los pu?os intentando obtener más información usando el viento pero no importa cuánto lo intente o le ordené este no le dice nada, Gazazo no entiende porque se comporta así.
Sin más que hacer se levantó y se dirigió a la cocina. El olor de múltiples especias le llegó a la nariz. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Sin esperar más, sacó unos quesos y una jarra de gusanos.
Encendió la cocina, sacó el aceite y preparó unos gusanos fritos con sal y pimienta. Mientras disfrutaba de su comida, vio con disgusto cómo sus manos se parecían demasiado a las humanas. Claro, era más fácil moverse en el mundo civilizado cuando no tenías manos de gigante. Aun así, soltó un suspiro. Los recuerdos de cuando era un tanque acudieron a su mente: como Magui le había dicho, tenía un cuerpo cuadrado y, de no estar cubierto de cicatrices y moretones eternos, parecería un orco un poco más delgado de lo normal pero bastante guapo.
Terminó su desayuno con aquel regusto amargo que siempre le dejaban los recuerdos de Magui. Como si el sabor lo empujara hacia lo único que le daba un propósito claro.
Se dirigió al cuarto de Togaz aún en construcción pero ya tiene una alfombra de oso negro,varios estantes una cama bastante cómoda le costó mucho cazar esas oveja Brumasol para no importa como sea la noche Togaz duerma cómoda recordó como las ovejas escapaban en modo bola corrió como un loco para evitar da?ar la lana con sus ataques.
Aún no está seguro si traer juegos o juguetes pero por ahora solo dejo libros para dibujar.
Con los cuartos de su cargo en construcción y el estómago lleno, se dirigió al fuerte élfico. Namys había estado moviendo personal los últimos días. Con cada paso, sus pensamientos se centraban en las noticias del pueblo, que crecía cada día. Observó cómo llegaban más humanos e incluso divisó algunos semi-elfos. Una torre de varios pisos se alzaba sobre las demás en el centro, y vio a varias arpías salir de ella.
Sabía que Namys había pagado mucho por esos exploradores. Después de todo, él fue quien fue a negociar; claro, tuvo que demostrarles que solo los elfos podían ofrecerles "protección". Para su pesar, una alegría lo invadió al ver que todos los aldeanos, desde los ancianos hasta los bebés, por fin tenían ropa abrigada.
Pero no se lo agradecían a él, por supuesto. No todo era para Narel y sus soldados, que, si bien eran útiles e incluso algo agradables, siempre se llevaban el crédito. ?Podría Togaz decir algún día con orgullo que Gazazo era su protector, o usarlo para intimidar a otros?... Bueno, ahora que lo pensaba, eso sí podría hacerlo.
Voces llenas de preocupación por las cosechas y la falta de alimentos para el invierno llegaron a sus oídos. Un suspiro escapó de sus labios.
—?Por qué no intentarlo? —murmuró.
Observó su entorno mientras unas ráfagas de viento comenzaban a levantar polvo, atrayendo aire frío. No faltaron los gritos de sorpresa cuando peque?os torbellinos saltaban por los aires.
Chasqueó la lengua. Otra vez: los vientos no le traían secretos, ni siquiera habían mejorado su audición. Antes de que pudiera detener su experimento, la llama naranja de Togaz saltó y los vientos se debilitaron de inmediato. Voces entrecortadas le llegaron entonces, y Gazazo sintió cómo su mana se quebraba, perdía fuerza y se dispersaba en el aire.
Aún con todo su esfuerzo, no podía ver su magia; solo veía cómo la llama de Togaz se movía por el aire. Estaba seguro de haber olido algo quemándose, y un olor le llegó a la nariz.
—Carne humana —concluyó con esas dos palabras.
Siguió el rastro, viendo cómo el aire se arremolinaba sobre unas casas, lo que lo obligó a saltar. Por suerte, su récord seguía en tres metros con apoyo del viento, aunque tuvo que dar varias vueltas.
—Togaz... por favor —suplicar no era lo suyo, pero ya sentía cómo sus piernas se sobrecalentaban.
Por fin, después de recorrer todo el pueblo, el rastro lo llevó a una casa vacía que, por alguna razón, tenía el sótano cerrado con candados.
—Maldito ni?o, ?le dije que no dejara casas vacías sin vigilancia! —con una patada, destruyó la puerta que le bloqueaba el paso.
Al bajar, se encontró con un grupo de cultistas con túnicas de cuerpo completo y un fuego en el centro. Al verlo todo, Gazazo se dio cuenta de que el sótano era demasiado grande y con un piso excesivamente aplanado.
Mientras investigaba el lugar, los cultistas yacían en el suelo, inconscientes por la falta de aire. En ese punto, Gazazo se preguntó cuándo se enfrentaría a un oponente como la arpía, la anterior due?a de su máscara; un rival de verdad, no novatos o gente sin entrenamiento.
Mientras revisaba los cuerpos inconscientes, su mente volvió al cultista mago de tierra de la vez anterior. Ese había sido un oponente interesante. Si no hubiera sido tan imprudente, gastando su mana a lo tonto, quizás le habría dado una batalla interesante.
Con una última mirada al sótano, salió de la casa. Afuera, un grupo de soldados lo esperaba. Al verlo, todos se pusieron firmes con mirada concentrada y las armas en mano. Gazazo esperó, con la leve expectativa de que estuvieran listos para cualquier amenaza y no fueran una dirigida hacia él.
—Gazazo, el se?or Narel nos envió como apoyo —dijo un soldado humano que portaba una medalla al valor. Gazazo sintió curiosidad de si el hombre se la merecía de verdad—. ?En qué necesita nuestra ayuda?
No lo llamaron "se?or", pero a Gazazo no le importó. Simplemente les indicó que bajaran al sótano y se marchó. Ya había perdido demasiado tiempo con aquel asunto menor.
Con paso rápido llegó al puesto de avanzada, que cada día se veía más fortificado. En el puerto de Zeppelin, una aeronave descendía cargada de comida y otros recursos. Todos los soldados que vio eran humanos, lo cual le llamó poderosamente la atención.
?Dónde estaban los soldados élficos? Hasta ahora había contado unos quinientos soldados humanos y apenas una decena de elfos. Además, sabía que todos eran del Imperio Esmeralda, no mercenarios. Esto le preocupaba. No quería que Togaz se uniera a la aristocracia de un imperio que pudiera cambiar de manos o, peor aún, sumirse en una guerra civil.
Sumido en estas preocupaciones, llegó al templo donde dormía Togaz. Pero, de nuevo, ese peque?o monje de Nasal estaba allí, barriendo hojas.
—Gazazo, es un placer tu presencia, pero mi querida hermanita aún duerme —dijo el ni?o, enderezando la postura y sacando pecho. Incluso usaba zapatos con plataforma.
"Claro, ahora es 'hermanita'", pensó Gazazo. "?Qué lo hizo cambiar de opinión? Antes era solo 'la protegida de Namys'." Debía estar intentando dar una buena imagen. Su mirada se desvió hacia las llamas de Togaz, que cubrían todo el lugar. Por un momento, su visión se ti?ó de naranja. La temperatura aquí dentro era notablemente más alta que en el exterior, y el peque?o monje llevaba ropa muy holgada para compensarlo.
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—Veo que te aprovechas de tu hermana para andar bastante ligero de ropa —comentó Gazazo.
El peque?o monje se molestó con sus palabras, pero no respondió. Se quedaron mirándose el uno al otro durante lo que parecieron horas.
—Bajo tu manto verde, oh, Silvana, madre buena, la savia del roble fluye en mi familia entera... Ese es mi único deseo —recitó Nasal con una voz ligera y un ritmo adecuado, dando agradecimientos y bendiciones.
Gazazo lo apreció en cierto modo, pero no pudo más que negar con la cabeza. Ya se había retrasado lo suficiente; no perdería más tiempo con el ni?o de Namys.
Su paso fue firme y mantuvo la compostura al llegar al centro de gobierno, sin inmutarse por los vientos fríos que lo golpeaban, ni siquiera cuando todas las sirvientas vestían ya ropa de invierno.
Caminó sin dudas. Había recorrido ese castillo durante semanas y conocía cada habitación, aunque su mapa mental aún necesitaba afinar algunos detalles. Pero era lo suficientemente bueno para llegar a la sala de mapas.
Abrió la puerta y disfrutó del aire que circulaba, fresco y cargado del aroma a tierra húmeda. La habitación, amplia y bien ventilada por sus altos ventanales, estaba dominada por una mesa de roble macizo cuya superficie estaba cubierta de mapas y rodeada de estanterías repletas de libros. Pero lo que verdaderamente definía el espacio era el suelo: era de tierra compacta, y entre las losas de piedra del camino brotaban peque?os parches de tréboles y nomeolvides, como si la sala misma fuera un jardín.
Allí, en una silla de lianas, estaba Namys, observando el mapa con una concentración que, pensó Gazazo, podría matar si se materializara. Y estaba seguro de una cosa: no podría vencer a Namys en ese momento. No confiaba en el aire que respiraba, y sus pies, sobre la tierra húmeda, le transmitían una sola certeza: la elfa había estado regando su peque?o jardín. Y Gazazo no tenía la menor intención de convertirse en su fertilizante.
Tomando asiento, Gazazo y Namys pasaron varias horas hablando sobre temas que, para su gusto, resultaban poco productivos: el color del cielo y sus significados, la temperatura, los diversos festivales a los que Gazazo nunca había asistido pero que anotó mentalmente para el futuro. Incluso hablaron de su costumbre de usar solo un haori en lugar de una camisa. Después de tanta charla élfica, sazonada con los soplos de pipa de Namys, la conversación por fin derivó hacia asuntos serios.
—Las playas de estas tierras están bajo el control de nuestras aliadas, las cecaelias, pero estamos a 120 kilómetros de los asentamientos aliados —se?aló Namys sobre el mapa, donde se veían planes para una autopista y varias marcas con anotaciones sobre niveles de fertilidad de la tierra, ciudades de otras naciones y una marca rosa muy cerca del puesto de avanzada.
Gazazo asintió. Lo sabía muy bien; era un tema que habían discutido desde que la situación se estabilizó. Pero para cumplir la misión, necesitaban limpiar todas las ciudades que habían sobrevivido a la Gran Tormenta, que por desgracia había eliminado muchos pueblos.
—Las fuerzas están listas. El elixir no espera, y cada día nuestros adversarios ganan más confianza. ?Sabes de la última emboscada? —Gazazo sabía que el elixir, esa fuente, estaba a apenas unos ocho kilómetros. Cuando lo encontró, tuvo que retirarse por la cantidad de enemigos. Hasta hoy, le remordía haber perdido su alabarda, aunque solo fuera un pedazo de metal pesado.
—Están listas y preparadas, Gazazo. Ese pozo es fundamental —con un soplido, una nube de humo salió de los labios de Namys, llenando la habitación de un olor a caramelo—. Estamos en medio de oto?o. Nos queda mes y medio hasta que llegue el invierno. Los cultivos necesitan un impulso y una zona de conservas.
—No hay tiempo para juegos —con esas palabras, Namys sacó de debajo de la mesa una espada larga Oakeshott Tipo XVIII. De un vistazo, Gazazo supo que estaba encantada con ligereza menor: un 16%. Nada mal.
Gazazo asintió, la tomó y sintió que su peso era adecuado. La probó con arcos y estocadas; con cada movimiento, notó que su equilibrio era perfecto de nuevo. Con un movimiento rápido y una densidad reducida, la espada se desplazó como si no pesara nada. Al descargar toda su fuerza, el viento se cortó con un silbido nítido, como si penetrara el aire, y la hoja se detuvo junto al cuello de Namys.
—Una hermosa espada. Fue usada por un sirviente de confianza mío hace cien a?os, en la Gran Guerra —Namys pasó su mano por la punta con una confianza que Gazazo anhelaba. Esa mujer no tenía miedo—. Tiene una runa de ligereza menor, como debes saber, pero hay un secreto —la espada comenzó a zumbar como un enjambre de abejas metálicas—. Una runa tambor. Esos Tauren son buenos en lo suyo. Espero que estés satisfecho.
Gazazo se limitó a asentir e hizo una reverencia torpe. No era falta de práctica, simplemente los modales élficos no eran lo suyo. Sin más, se retiró. Su camino estuvo libre de temores; la batalla era un lugar que dominaba, donde su propósito se cumpliría.
—?Amo Gazazo, espéreme! —el grito de una elfa captó su atención. Era Ashera Enjor, su sirvienta. Gazazo se olvidaba de ella constantemente; aún no entendía cuál era su propósito, más allá de vigilarlo, por supuesto.
—Amo, es increíble. Ir a la batalla, la gloria que ganará —su voz cantarina resonó por los pasillos. Como toda elfa, nunca dejaba de hablar. Gazazo se preguntó si sería un problema mental élfico que ocultaban como tradición—. La joven ama Togaz se sentirá feliz. Su ropa está lista —siguió hablando sobre preparativos: ropa, armadura y pociones de maná con una concentración del 20% de elixir.
Gazazo disfrutó cuando por fin calló al salir al claro donde se reunían todos los soldados. Todos meditaban, con varios sacerdotes esparciendo sal y recitando poemas. Por otro lado, estaban los mercenarios, o el ejército privado de Namys, como Gazazo había aprendido con el tiempo.
El equipo de Magui hablaba de forma animada con otro grupo, el equipo de Roco, un clan de asesinos de magos. Notó que el varano ya no estaba con Magui. Eso era problemático, pues significaba que Gazazo era ahora el peso pesado del grupo, físicamente hablando.
—Amo, no se preocupe, usted puede. La joven ama lo espera —Gazazo apreció el intento de la sirvienta por animarlo, pero sabía que sus oponentes no eran tontos. Ellos también sabrían que Namys tenía recursos. él mismo tendría que mantener el fuerte.
Las charlas terminaron rápido con el llamado del humano con la medalla al honor, quien al parecer era el líder. Su postura era tranquila, pero su discurso sonaba ensayado frente a un espejo. A los soldados, sin embargo, no pareció importarles, pues prorrumpieron en gritos por el Imperio y la Gran Madre Silvana.
Ya con el fanatismo en su punto álgido, disminuyó su peso un 30% para subir a una Studebaker 6jp. Para su sorpresa, la sirvienta se subió junto a él.
—Lo siento, amo, pero por honor debo luchar a su lado. Espero que me lo permita y discúlpeme mi insolencia por hablar solo en este momento —la sirvienta soltó todo de golpe, como una ametralladora. Gazazo aceptó, cansado, pero contento de tener al menos un tirador a su disposición, aunque no supiera qué tan buena fuera. Al fin y al cabo, era una elfa.
El viaje hasta el llano duró solo veinte minutos, rápido y sin bloqueos. Que Namys hubiera despejado la ruta significaba solo una cosa: los enemigos estaban preparados para la batalla. Gazazo miró por el espejo, sabiendo que hoy recibiría nuevas cicatrices, pero al menos obtendría elixir. Posiblemente era la única bebida que le gustaba, además de ser un material versátil.
Llegar al campo de batalla fue fácil: un llano despejado de árboles, con solo maleza salvaje como decoración. Su objetivo era un lago lleno de una sustancia rosa y floreciente, de un color tan intenso que Gazazo desvió la mirada hacia el otro extremo del campo, donde muros de cemento bloqueaban su vista. Las risas de sus aliados le llegaron entonces.
Sus compa?eros se burlaban de los enemigos por no tomar el control de la fuente de elixir. Escuchó insultos y arrogancia, creyendo que podían vencer al ejército imperial. Gazazo solo sacudió la cabeza; sus enemigos tenían un plan claro y dudaba mucho que fueran a esperar una lucha justa.
Pero Gazazo se concentró en su misión, ahogando cualquier otro pensamiento. Bajo la máscara, el espíritu se estremeció de anticipación, un cosquilleo febril que le recorrió el brazo hasta la empu?adura de la espada. Una sonrisa despiadada le ba?o el rostro mientras escrutaba la barricada. Por un instante, su visión se nubló, para después aclararse y revelar su premio: un hombre enjoyado de medallas en un rincón del muro.
—Gracias —murmuró, y el espíritu le respondió con un chillido agudo que solo él pudo oír.
Gazazo flexionó las piernas, marcando a su presa. Donde él ponía la mirada, la muerte seguía. Sintió cómo el viento, que un momento antes era rebelde, se amansaba y convergía en su hoja, vibrando con un zumbido ensordecedor, como un enjambre de insectos metálicos. Con un suspiro que era tanto desprecio como liberación, soltó el ataque.
—?Corte Quebrado!
Un tajo invisible cruzó la distancia con la velocidad de una bala. El aire que se negó a servirle fue partido en dos, y una sección entera de la barrera saltó hecha a?icos. Sus enemigos cayeron, divididos, y el estruendo de la técnica llegó a sus oídos un instante después de ver la devastación.
Sin pensarlo, se lanzó al campo de batalla. El calor del torbellino de fuego de Magui le chamuscada la espalda, mientras intuía más que veía el movimiento sigiloso de Roco en las sombras. Los silbidos de los disparos de cobertura se fundían con los gritos, un crescendo de caos que ensordecía con cada paso que daba. Alzó la vista por un instante y vio a Magui elevarse al cielo como un torreta mortal además, erige muros de llamas.
Gazazo se sumergió en la matanza, un torbellino de pura eficiencia brutal. Su estilo era la antítesis de la fluidez: un ritmo de arranques explosivos y quietud repentina. Desde la inmovilidad total, se disparaba como un resorte. Un fogonazo de velocidad, un único tajo desgarrador que era el punto final de a?os de matanza refinada en un acto de brutalidad sutil. Partía a varios hombres en dos con tal velocidad que la muerte siempre llegaba antes que el entendimiento. Y entonces, el momento se agotaba, clavándolo de nuevo en el suelo como un poste de hierro, listo para repetir el ciclo.
Fue en uno de esos instantes de quietud,con el cerco apretándose a su alrededor, cuando su instinto captó una distorsión en el aire justo encima.
Entonces, su oído captó una distorsión en el aire justo encima.
Explotó en velocidad. El suelo donde había estado un instante antes estalló en un cráter. De entre la polvareda se irguió una mujer alta, de ropas escasas y un hacha gigantesca.
—Nubia, la cultista —la identificó al instante. La escoria que había desoído su advertencia. La que había huido para casarse con un noble, según Namys. Mientras la observaba, el reflejo del sol en los árboles delató a las gemelas, los juguetes de Nubia, preparando otro ataque. Un vendaval surgió a su alrededor para interceptar los proyectiles.
—?Gazazo, soy Nubia, la verdugo! —vociferó ella.
Su monólogo solo sirvió para que Gazazo afilara sus sentidos como antenas, escaneando el entorno en busca de más trampas. Sus ojos, sin embargo, no perdieron el momento en que Nubia tomó impulso. Una ceja se alzó en su rostro. Estaba impresionado, sí, pero por la estela de escarcha mortal que la mujer dejó a su paso al lanzarse hacia él.
Una sonrisa casi paternal se extendió por sus labios, ajena por completo a la carnicería que lo rodeaba.
Nada mal. Estos juguetes... estas armas, estos explosivos... le encantarán a Togaz.
Mientras observaba a la mujer del hacha y a las gemelas,no vio guerreras, sino futuros regalos. En su mente, ya no planeaba una batalla, sino una cena: los cuerpos de sus enemigas, reducidos a meros ingredientes, serían el banquete perfecto para alimentar el crecimiento de su hija.
Fin

