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Capítulo 19 — El laboratorio

  El pasillo descendía.

  No con la elegancia de las galerías anteriores, sino con una pendiente irregular, como si hubiera sido excavado después de terminado el resto del castillo. Las paredes eran más ásperas. Había marcas rectas, cortes deliberados en la piedra.

  No era arquitectura ceremonial.

  Era funcional.

  —Esto no fue hecho para impresionar —murmuró Grek, rozando la pared con la yema de los dedos—. Fue hecho para trabajar.

  La puerta al final no tenía símbolos ni relieves. Solo una placa metálica incrustada, oxidada por el tiempo.

  Kael empujó.

  La sala que se abrió ante ellos no parecía pertenecer al mismo lugar que el resto del castillo.

  Mesas de piedra con surcos tallados con precisión quirúrgica. Soportes metálicos empotrados en el suelo. Estructuras cilíndricas fracturadas, del tama?o de un cuerpo peque?o. Algunas aún conservaban fragmentos de cristal ennegrecido.

  No había telas, ni tapices, ni iconografía religiosa.

  Solo marcas.

  Numeraciones.

  Esquemas grabados directamente en la roca.

  Elarith se acercó a uno de los diagramas. Líneas conectaban formas humanoides con nodos marcados en puntos específicos del cuerpo.

  —No es alquimia —dijo en voz baja—. Es dise?o.

  Dorian no respondió. Caminaba despacio, examinando los cilindros rotos. Uno estaba abierto como una cápsula partida por la mitad.

  Dentro había restos calcificados.

  Peque?os.

  Con proporciones familiares.

  Grek se detuvo frente a ese cilindro. No tocó nada.

  No dijo nada.

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  Kael notó cómo sus hombros se tensaban, apenas.

  —?Qué ves? —preguntó.

  Grek tardó en responder.

  —Un error.

  Antes de que pudieran preguntar más, un chasquido seco resonó en la sala.

  Elarith giró la cabeza.

  Una línea luminosa se encendía a lo largo de una de las paredes, como si algo interno hubiera reaccionado a su presencia. Un hilo de energía recorrió una grieta en la piedra… y el aire cambió.

  Un olor raro.

  Grek fue el primero en entender.

  —Gas.

  No hubo tiempo para planear.

  Una chispa saltó desde uno de los soportes metálicos.

  La llama se propagó por la grieta como si hubiera estado esperando.

  El fuego no explotó.

  Se deslizó.

  Rápido. Bajo. Traicionero.

  Dorian retrocedió un paso.

  Y luego otro.

  La luz anaranjada iluminó su rostro desde abajo.

  Sus ojos no estaban viendo el laboratorio.

  —No… —susurró.

  Kael intentó acercarse.

  —Dorian.

  Pero Dorian ya no estaba allí.

  Miraba el fuego como si estuviera contando algo invisible dentro de él.

  —No había tiempo —dijo, más alto—. Nos estaban rodeando.

  Elarith extendió la mano para contener la llama que avanzaba por el suelo. La magia respondió, pero el gas alimentaba el fuego con violencia irregular.

  —Dorian —insistió Kael.

  él dio un paso hacia la pared ardiente.

  —Les dije que salieran —su voz temblaba—. Les dije que salieran antes de prenderlo.

  Grek dejó el cilindro y corrió hacia él.

  —?Prender qué?

  Dorian no escuchaba.

  —Era estratégico. Era necesario. Si no lo hacíamos nosotros, lo hacían ellos.

  Las llamas crecieron, reflejándose en sus ojos.

  — Korvenhal —dijo.

  El nombre cayó pesado.

  Elarith logró desviar una lengua de fuego que trepaba hacia el techo. El humo comenzaba a acumularse.

  —?Qué es Korvenhal? —preguntó Kael.

  Dorian inhaló aire cargado de ceniza.

  —Una orden es una orden —murmuró—. Yo la di. Yo…

  Su voz se quebró.

  —Había gente dentro.

  Silencio.

  Solo el crepitar del fuego.

  —Creí que habían salido —dijo—. Creí que…

  La pared detrás de él estalló en una chispa violenta. Grek lo sujetó por el brazo y lo arrastró hacia atrás justo cuando una viga metálica colapsó donde él estaba.

  El impacto lo devolvió al presente.

  Dorian parpadeó.

  Miró alrededor, confundido.

  El humo le arrancó una tos áspera.

  —?Qué…?

  —Luego —dijo Grek—. Salimos ahora.

  Elarith concentró su magia en un pulso frío que recorrió el suelo, cortando la propagación del gas inflamado. Kael ayudó a derribar una de las mesas para bloquear la grieta principal.

  El fuego se redujo, no por completo, pero lo suficiente.

  El laboratorio quedó marcado.

  Oscurecido.

  Da?os irreversibles.

  Respiraron aire espeso durante varios segundos antes de que el silencio regresara.

  Dorian se apoyó contra una columna, todavía mirando el suelo como si esperara ver algo escrito allí.

  — Korvenhal —repitió Kael, más suave.

  Dorian negó con la cabeza, una vez.

  —No importa.

  Pero sí importaba.

  Se notaba en cómo evitaba sus miradas.

  Grek regresó al cilindro roto.

  Entre el hollín, algo había quedado al descubierto que antes estaba cubierto por polvo.

  Una placa incrustada en la base.

  Peque?a.

  Metálica.

  La limpió con la manga.

  G-1

  Inestable

  Eliminado

  Se quedó mirando esas palabras demasiado tiempo.

  Kael se acercó.

  —?Qué significa?

  Grek no levantó la vista.

  —Que hubo un primero.

  El humo todavía flotaba en el aire, mezclado con algo más antiguo.

  Algo dise?ado.

  No natural.

  Dorian bebió de su cantimplora. El líquido no era agua. El olor lo delató.

  Elarith lo notó.

  No dijo nada.

  El laboratorio ya no parecía un descubrimiento.

  Parecía una advertencia.

  Y mientras abandonaban la sala ennegrecida, la placa quedó atrás.

  G-1.

  Eliminado.

  Pero no olvidado.

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