Había pasado casi un mes desde el incidente, y la frustración de Alan ya no era un nudo en el estómago, sino un incendio forestal que amenazaba con devorarlo por dentro. No era solo el hecho de que su casa se hubiera reparado sola como si tuviera memoria propia, ni que su vida se sintiera ahora como un mal episodio de un videojuego barato gracias a la presencia de Laila, quien literalmente se había mudado a su mente sin pagar alquiler, comentando cada uno de sus pensamientos con esa sabiduría felina y exasperante.
Lo que realmente le carcomía los nervios era la ceguera colectiva de Valle de las Neblinas. Si no fuera por la presencia del profesor Enrique, cuya arrogancia y mal humor eran lo único real y constante, Alan juraría que estaba atrapado en un episodio de ?Qué hay de nuevo, Scooby-Doo? o en una trama absurda de Un Show Más. Porque, seamos honestos, ni siquiera Hora de Aventura se atrevería a crear un personaje tan ridículamente molesto como su profesor, y eso es decir mucho de una serie donde un pingüino es el destructor de mundos.
Aquel día, Alan regresa de la escuela con la mochila pesando más de lo normal, solo para detenerse en seco al doblar la esquina. A escasas calles de su casa, el panorama era una bofetada a la lógica: el asfalto y las aceras estaban cubiertos por una capa espesa de nieve blanca y hielo cristalino. En Nicaragua, donde el sol suele derretir hasta los pensamientos, aquello debería haber sido un milagro climático o una se?al del apocalipsis, pero la gente pasaba por el lado sujetándose un poco el cuello de la camisa y comentando que "estaba haciendo un poquito de frío".
—Es la Gema del Hielo, Alan. O incluso el portador de la Chispa de ese elemento —susurró la voz de Laila en su cabeza, con esa calma que a él le daban ganas de gritar—. Siente la vibración. No es una coincidencia que los lugares donde los sensores detectan un monstruo de la Darkzone terminen convertidos en un bloque de hielo.
Alan apretó los pu?os, sintiendo cómo el frío le calaba los zapatos. Su frustración llegó al límite. No solo tenía que lidiar con ser un "guerrero mágico" a tiempo parcial, sino que ahora tenía que aceptar que alguien más estaba congelando el barrio para cazar monstruos mientras el resto del pueblo actuaba como si solo fuera un frente frío fuera de temporada.
Horas más tarde, la noche se asentó sobre el Valle de las Neblinas, trayendo consigo un frío que no pertenecía a las monta?as nicaragüenses, sino a algo mucho más profundo y antiguo. Alan estaba sentado al borde de su cama, observando cómo su propio aliento formaba una peque?a nube de vapor frente a él. Intentaba organizar la información que tenía, dibujando mentalmente un mapa de los lugares donde la nieve había aparecido, convencido de que si seguía el rastro, encontraría a la posible Ranger del Hielo.
—Tienes que parar, Alan —intervino la voz de Laila, resonando en su mente con la autoridad de un trueno lejano—. Antes de buscar respuestas, debes entrenar. Tu cuerpo apenas soportó la primera transformación.
— ?Entrenar? Laila, hay nieve en la calle de enfrente. ?Nieve en Nicaragua! Si no voy ahora, alguien más lo hará —protestó él en un susurro, cuidando de no despertar a Alexis.
—Precisamente por eso. No sabemos si estamos ante una Ranger que no sabe controlar su poder o si la Gema del Hielo está expuesta y reaccionando por puro instinto. En ambos casos, una confrontación es casi inevitable. Y no olvides lo más importante: si puedo sentir el rastro de la gema, el Rey Loki también lo hace. él no enviará a un recolector común esta vez; envía algo para arrebatar la gema a cualquier precio. Si te encuentras con la Darkzone ahora, te convertirás en ceniza antes de poder invocar el fuego.
Alan soltó un bufido de frustración, pero sabía que la gata tenía razón. El Rey Loki no era un villano de caricatura que esperaba a que el héroe estuviera listo; Era una sombra que ya estaba acechando.
Esperó a que los ruidos de la casa se apagaran por completo. Cuando el rítmico aliento de su hermana desde la otra habitación le confirmó que estaba solo, Alan se puso sus zapatos más resistentes y se ajustó la chaqueta. Con la agilidad de quien ha pasado a?os impidiendo ser el blanco de los abusivos, abrió la ventana de su cuarto con cuidado milimétrico. El aire exterior le tocó la cara con una secuencia gélida que le erizó la piel.
Saltó hacia el patio y se escabulló entre las sombras, dirigiéndose hacia un predio baldío que quedaba a unos cientos de metros de su casa. Era un terreno descuidado, lleno de maleza seca y algunos muros de piedra a medio terminar, lo suficientemente apartado para que sus movimientos pasen desapercibidos. Aunque, mientras caminaba por la calle lateral y veía un hidrante cubierto de escarcha, Alan no pudo evitar soltar una risa amarga.
"?Para qué me escondo?", pensó con sarcasmo. "Si la gente puede ver un bloque de hielo en medio del trópico y pensar que es solo un cambio de clima, probablemente podría transformarme en medio del parque central y pensarían que es un show de luces de la alcaldía".
A pesar de lo absurdo de la situación, el miedo seguía ahí. Llegó al centro del predio baldío, donde la oscuridad era casi total. El suelo crujió bajo sus pies, pero no por la hojarasca, sino por una fina capa de hielo que ya empezaba a reclamar ese territorio también.
—Bien, Laila —dijo Alan, poniéndose en guardia y sintiendo cómo el punto de calor en su pecho empezaba a vibrar en respuesta al frío—. Aquí estoy. Ensé?ame a no morir en el intento.
Laila no perdió tiempo en sutilezas. En cuanto los pies de Alan tocaron el centro del predio baldío, su voz resonó con una urgencia que no admitía réplicas.
—Menos quejas y más acción, Alan. Transformación. Ahora. Necesito que tus circuitos neuronales se acostumbren a la presión antes de que el hielo nos alcance.
Alan suspiró, cerrando los ojos para concentrarse en ese punto de calor que ya se había vuelto un viejo conocido. No era la primera vez que lo hacía en ese mes; de hecho, se había vuelto una rutina nocturna casi religiosa. Con un destello de luz carmesí que iluminó brevemente las paredes de piedra del terreno, el cuerpo del ni?o se estiró y se moldeó hasta que la imponente figura de la Ranger de Fuego emergió de entre las chispas.
Sin embargo, en cuanto sus botas rojas tocaron el suelo helado del predio, la Ranger se tambaleó. Sus brazos se agitaron en el aire buscando un equilibrio que parecía escapársele, y terminó dando un paso en falso que la hizo trastabillar contra un cúmulo de escombros.
—?Rayos! —exclamó Alan, cuya voz ahora salía con ese tono femenino y profundo de la guerrera—. Laila, en serio, esto sigue siendo rarísimo. Siento que tengo demasiada potencia y... no sé, el centro de gravedad no está donde debería. Además, ?cuál es el punto? Lo que sea que esté congelando el pueblo ya se encargó de los últimos tres monstruos de la Darkzone antes de que yo pudiera siquiera llegar. Soy una Ranger de fuego haciendo de espectadora en un congelador gigante.
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En el rincón de su mente, Laila soltó un gru?ido de pura exasperación. El espíritu guardián proyectó una imagen mental de sí misma golpeándose la frente con una pata.
—?Oh, por Xary! —exclamó la gata con una mezcla de indignación y fatiga—. ?Cómo es posible que, incluso después de casi un mes de entrenamiento, aún no puedas moverte sin tropezarte con tus propios pies en tu forma Ranger? Tienes el poder de un sol naciente y te mueves como un potrillo recién nacido sobre hielo.
La Ranger se detuvo, dejando de pelear con su propia cola por un momento. Se quedó quieta, procesando el nombre que Laila acababa de soltar con tanta naturalidad.
—?Xary? —preguntó Alan, ladeando la cabeza y haciendo que sus orejas de lince vibraran por la curiosidad—. ?Quién diablos es Xary? ?Es otro dios de esos de Solaria o es el nombre de tu antigua jefa? Porque lo dijiste como si fuera alguien que debería conocerme por mis malas notas.
Laila guardó silencio durante unos segundos, una pausa que se sintió pesada, cargada de una melancolía que Alan no supo interpretar. La Ranger se sentó sobre una viga de concreto, esperando, mientras el vapor de su propio calor corporal chocaba contra el aire gélido de la noche nicaragüense. Laila se preparó para responder, y por primera vez, su voz perdió ese tono mandón para volverse extra?amente solemne.
Laila soltó un suspiro mental que resonó en cada fibra del cuerpo de la Ranger. La seriedad de su tono hizo que Alan dejara de juguetear con las llamas de sus dedos y prestara atención. El frío del predio baldío pareció intensificarse, como si el simple hecho de mencionar esos nombres hubiera enfriado la estructura misma de la realidad.
—Xary no es un "jefe", Alan —comenzó Laila, con una voz que arrastraba el peso de millones de siglos—. él es uno de los integrantes de la Trinidad Cósmica, las tres entidades primigenias que, según las leyendas más antiguas de Solaria y de mundos que ya son polvo, crearon el universo tal como lo conocemos. Son los amos supremos, y cada uno representa una faceta de la existencia que tu mente humana apenas puede rozar.
Laila hizo una pausa, proyectando visiones borrosas de nebulosas estallando en la mente de Alan.
—Primero está Khaosys, el más antiguo de los tres. Se dice que su poder es tan vasto que su sola presencia podría desintegrar galaxias enteras. Su origen es tan enigmático y confuso que los textos prohibidos siempre tropiezan con la misma frase para intentar describirlo, una frase que ha aterrorizado a eruditos durante eones: "Antes de que hubiese tiempo, antes de que hubiera algo, solo había nada… y antes de que hubiera nada, solo había monstruos". él es la entropía, el rugido antes del primer amanecer.
La Ranger de Fuego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve. Laila continuó:
—Luego está Noctyss, el segundo más antiguo. él es la maldad primigenia, la entidad innombrable. Noctyss no es "malo" como un villano de tus cuentos; él es la maldad en su forma más salvaje y pura. Las leyendas cuentan que nació en el vacío de la nada absoluta, en ese periodo suspendido después de la aparición de Khaosys pero anterior a la creación del universo. Es el silencio que devora la luz.
Alan tragó saliva, sintiendo el peso de la armadura líquida sobre su pecho.
—Y finalmente —prosiguió Laila—, está Xary, el Padre del Tiempo y el Orden Absoluto. él nació junto con el universo y creó el concepto mismo de la duración y la secuencia con su sola presencia. Es la ley que impide que las estrellas colapsen sin sentido.
Laila soltó una risa amarga que vibró en los oídos felinos de la Ranger.
—Lo más irónico de todo, Alan, es que según las leyendas no es el Orden quien nos salva, sino Noctyss el que mantiene el equilibrio. Porque el Caos de Khaosys lo devora todo hasta que no queda nada, y el Orden puro de Xary es estancamiento, una perfección muerta donde nada cambia. Es la Maldad Primigenia la que, al oponerse a ambos, permite que el universo siga moviéndose. Así que, cuando digo "?Por Xary!", estoy invocando al arquitecto de la lógica que tú, en este momento, estás desafiando con tu torpeza.
Alan se quedó en silencio, mirando sus manos enguantadas en fuego. La escala de la historia que Laila estaba narrando hacía que sus problemas con el profesor Enrique o el dinero para el pan parecieran motas de polvo en un huracán.
—Entonces… ?nosotros estamos en medio de esa pelea de gigantes? —preguntó Alan con voz peque?a.
—Estamos en medio de algo mucho más grande de lo que imaginas —respondió Laila, recuperando su tono severo—. Y ahora que sabes quién es Xary, deja de deshonrar su orden y ?vuelve a ponerte en guardia! Si la Ranger de Hielo está cerca, no querrás que te encuentre pareciendo un payaso.
Alan apretó los dientes, y bajo el antifaz rojo, sus ojos naranja brillaron con una intensidad renovada. La lección de historia de Laila, lejos de amedrentarlo, había encendido una mecha de terquedad que el espíritu guardián no vio venir. Alan comenzó a moverse con una determinación furiosa, lanzando golpes al aire y practicando desplazamientos con una energía casi desesperada.
Laila observaba desde el rincón de su mente con una mezcla de asombro y confusión. "?Qué le pasa ahora?", se preguntó el espíritu. Pronto comprendió que la lógica de Alan era tan simple como noble: si la maldad absoluta de Noctyss era la encargada de mantener el equilibrio porque el bien y el orden no eran suficientes, entonces algo estaba mal en el universo. Alan se negaba a aceptar que él, como portador de la Chispa del Fuego, fuera menos "útil" que un concepto de maldad primigenia. Quería demostrar que su luz podía ser tan firme como cualquier sombra.
Sin embargo, la voluntad no siempre se traduce en equilibrio físico. En medio de un giro que pretendía ser una patada ascendente cargada de ignición, una peque?a piedra traicionera se interpuso en el camino de su bota derecha. La Ranger de Fuego perdió el apoyo y el mundo comenzó a inclinarse peligrosamente.
—?Cuidado! —gritó Laila.
Pero mientras caía de espaldas, el instinto de Alan —o quizás esa nueva determinación— disparó un reflejo puro. Antes de tocar el suelo, extendió ambos brazos hacia el firmamento y soltó toda la presión contenida. Un potente lanzallamas, una columna de fuego carmesí y naranja, salió disparado hacia el cielo nocturno, iluminando el predio vacío y haciendo que la nieve cercana se evaporara en un siseo violento de vapor. Fue un despliegue de poder magnífico, hermoso… y totalmente descontrolado.
El impacto contra el suelo no fue suave. La nuca de la Ranger golpeó un saliente de concreto con un sonido seco. El destello de las llamas se extinguió de golpe y la visión de Alan se llenó de estática blanca antes de fundirse a negro. La Ranger quedó tendida en la tierra fría, inmóvil, mientras el eco del lanzallamas aún vibraba en el aire.
Pasaron apenas unos segundos, pero el silencio en el predio se sintió eterno. De repente, los ojos de la Ranger se abrieron de golpe. Pero ya no eran los ojos de Alan; el brillo era más gélido, más enfocado, y las pupilas felinas estaban dilatadas al máximo, captando cada rastro de movimiento en la oscuridad.
—Ni?o testarudo… casi nos rompes el cuello —siseó la voz de la Ranger, pero ahora era Laila quien movía los hilos con una precisión quirúrgica.
Laila no esperó a que Alan recuperara la conciencia. Se puso en pie con una gracia sobrenatural, sacudiéndose el polvo del traje con un solo movimiento fluido. Sabía que ese fogonazo de fuego hacia el cielo habría actuado como un faro para cualquiera que estuviera rastreando energía elemental en la zona. Con un salto ágil, la Ranger escaló el muro del predio y comenzó a correr en dirección a la casa, moviéndose entre las sombras de los tejados con una velocidad que Alan jamás habría podido alcanzar. Laila tenía el control absoluto del cuerpo, y su prioridad era poner a salvo el envase de la Chispa antes de que el "due?o" del hielo —o algo peor de la Darkzone— llegara a investigar el origen de aquel incendio repentino.
Laila se desplazaba con la precisión de una exhalación, saltando de tejado en tejado con un silencio absoluto. El cuerpo de la Ranger de Fuego, bajo su mando, ya no era una herramienta torpe, sino un arma aerodinámica que cortaba el viento nocturno. Sin embargo, a pesar de su velocidad, Laila no podía sacudirse una sensación punzante en la base de la nuca, ese instinto ancestral que le advertía que la soledad del Valle de las Neblinas era una ilusión.
No muy lejos de allí, sobre el tejado inclinado de una de las pocas casas de dos pisos que dominaban la calle principal, una presencia aguardaba.
La figura permanecía inmóvil, fundida por completo con las sombras proyectadas por una chimenea apagada. Era una silueta femenina, sutil y elegante, que observaba el rastro de calor que Laila dejaba tras de sí con una calma que rozaba lo gélido. Mientras el viento agitaba ligeramente los bordes de lo que parecía ser una capa o una prenda larga, la desconocida ladeó la cabeza, observando la dirección en la que la Ranger de Fuego se retiraba.
En la oscuridad del techo, una peque?a sonrisa, breve y cargada de una diversión enigmática, dibujó una línea clara en su rostro. No había rastro de hostilidad inmediata, sino más bien el interés de quien contempla una pieza de un rompecabezas que finalmente comienza a encajar.
Entonces, por una fracción de segundo… cuando la luna se despejó por un breve momento, la sombra que cubría su rostro se movió. Si alguien hubiera estado mirando hacia lo alto en ese preciso instante, habría visto dos puntos de luz de un color azul hielo profundo. Eran ojos que no reflejaban la luz, sino que parecían emanarla desde un vacío gelido, brillando con una intensidad eléctrica que desafiaba la penumbra de la noche nicaragüense.
Sin pronunciar una sola palabra, la figura dio un paso hacia atrás, dejando que la oscuridad la reclamara por completo, mientras el aire alrededor de la casa de dos pisos descendía varios grados de golpe, dejando un rastro de escarcha donde hace un momento solo había sombra.

