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CAPÍTULO 21: TORMENTA AL ACECHO

  —Lo que necesitamos es algo capaz de leer frecuencias, y para eso no necesariamente hacen falta materiales futuristas avanzados. El primer detector de radiofrecuencias, por ejemplo, se inventó a finales del siglo XIX con tecnología bastante simple —continuó Jana. Se volvió hacia Lydia, la especialista en comunicaciones—. Lydia, esto es más tu terreno. Creo que podrías guiarnos aquí.

  Lydia asintió, su mente ya repasando posibilidades.

  —Si hablamos de detectar y analizar frecuencias, podemos trabajar con materiales más accesibles. Se requiere algo de tiempo, pero nada comparable con el estabilizador.

  Sergey asintió con aprobación.

  —Cierto. Los materiales para un lector básico de frecuencias están mucho más a nuestro alcance. Tal vez podamos improvisar o incluso construir uno con lo que tenemos aquí, como nuestros braceletes.

  El joven guardián, intrigado ahora, se inclinó hacia delante.

  —Entonces, cuando tengamos ese lector en marcha, ?qué sigue?

  Jana sonrió, cada vez más segura.

  —Una vez construido, podremos intentar captar la frecuencia única del UOTC. Si lo logramos, podremos establecer un vínculo con él, aunque sea solo por un momento. No es una solución ideal, pero sería el primer paso.

  El grupo intercambió miradas decididas, el aire cargado de un nuevo propósito mientras se preparaban para afrontar ese desafío.

  Después de la reunión, Jana se dispuso a marcharse, consciente de que había descuidado demasiado su papel de “Visionaria”. Hoy se prometió a sí misma comprobar cómo iban los negocios. No era solo cuestión de dinero; también era su manera de mantener el pulso del mundo subterráneo. La nobleza no solo compraba información a través de ella, sino que, de manera indirecta, le alimentaba de inteligencia valiosa.

  Se colocó su característico velo y comenzó su turno. La clientela era monótona: la mayoría de consultas triviales, transmitidas por mensajeros de altos nobles. Jana respondía con la destreza de la costumbre, hasta que un cliente distinto apareció.

  Un hombre, encapuchado y precavido, se acercó a su mesa. Sus ojos recorrían el lugar con desconfianza antes de hablar en voz baja.

  —Necesito información.

  Jana lo observó un instante.

  —?Qué clase de información buscáis?

  El hombre vaciló, luego se inclinó más cerca.

  —Es sobre un objeto… una joya que perteneció a la antigua reina de Drakoria.

  El interés de Jana se encendió, aunque su voz siguió neutra.

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  —Esa es una petición muy concreta. ?Qué deseáis saber exactamente?

  El hombre tragó saliva, incómodo, reacio a dar más detalles.

  —Se dice que debería estar en el tesoro real, pero… oí rumores de que será subastada en secreto. Necesito saber cuándo.

  Los ojos de Jana se entrecerraron bajo el velo.

  —?Una subasta ilegal? Y lo que buscáis es la fecha.

  él asintió con rostro tenso.

  —Sí. Es importante.

  Jana respiró hondo, su mente calculando.

  —Me temo que no puedo ayudaros. Mis fuentes no poseen esa información.

  La frustración se dibujó en el rostro del hombre.

  —?Tenéis que saber algo! ?Una fecha, un lugar… lo que sea!

  —Si me dais algo de tiempo, podría intentar conseguirla —replicó Jana con calma medida.

  —No tengo tiempo —respondió él con urgencia, la voz crispada. Parecía que la puja, más que un pasatiempo, era para él una situación de vida o muerte.

  Jana bajó ligeramente la mirada, como quien ya ha agotado todas las salidas.

  —En ese caso, lo lamento mucho, pero no puedo satisfacer vuestra curiosidad.

  La paciencia del hombre se quebró, su voz adquirió un filo amenazante.

  —No me marcho sin esa información.

  La tensión creció, Jana evaluando sus opciones en un instante.

  —No puedo daros lo que no poseo —replicó con calma, aunque con resolución.

  La furia del hombre estalló: de un golpe volcó la mesa entre ellos. La lucha fue rápida e inesperada. Jana intentó defenderse, pero hacía demasiado tiempo que no combatía, y la fuerza del desconocido la tomó por sorpresa. La derribó contra el suelo; mientras ella buscaba un arma a tientas, él fue más rápido y escapó, dejándola magullada y jadeante sobre el frío suelo de madera.

  Mientras recobraba el aliento, Jana comprendió cuánto había descuidado su fortaleza física y sus reflejos de combate. Casi un a?o sin entrenar de verdad; lo más agotador que había hecho últimamente eran las interminables escaleras del palacio llevando los caprichos de la princesa.

  El local, sin más empleados, quedó cerrado. Jana salió cojeando por los callejones abarrotados de mendigos y mercaderes, hasta alcanzar el palacio. Era ya tarde cuando se dejó caer en su cama, medio desvanecida, aún con la ropa puesta tras tantas escapadas nocturnas. Temió que alguien irrumpiera en su cuarto, pero el agotamiento fue más fuerte que la preocupación.

  En una costa desierta, donde el último sol te?ía la arena de sombras alargadas, un hombre solitario reptaba con esfuerzo. Su cuerpo estaba destrozado, cubierto de sangre y heridas, y cada movimiento era una lucha contra lo inevitable. Su ropa pendía hecha jirones, y sus ojos febriles hablaban de un sufrimiento al borde de la muerte.

  Con cada palmo que avanzaba sobre la arena, la gente empezó a fijarse en él. Poco a poco, se formó un corro de curiosos. Los murmullos crecían entre la compasión y el desprecio.

  —Pobre desgraciado —susurró alguien.

  —Debe de haber naufragado —aventuró otro.

  Pero no todos mostraron piedad; algunos se burlaron cruelmente de su estado.

  La multitud cambió de ánimo al darse cuenta de lo evidente: era un esclavo. El interés se tornó más oscuro. Unos lo miraban con frialdad, otros apartaban la vista, como si su miseria fuera contagiosa.

  De entre el gentío, emergieron dos hombres enjutos. Uno lucía una cicatriz en la cara, el otro iba desali?ado, pero ambos compartían la misma sonrisa torcida al ver al moribundo respirar todavía.

  Sin dudarlo, lo alzaron entre los brazos y, aprovechando la confusión de la multitud, se lo llevaron, desvaneciéndose entre los murmullos y las miradas curiosas.

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