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5. LA DAMA, EL VAGABUNDO Y LA FALSA BANDERA.

  03/octubre/1992

  A la ma?ana siguiente, el cielo estaba pálido y el aire olía a plástico caliente y basura fresca.

  Thiago y Miranda llegaron en su auto, lo estacionaron a dos calles del lugar. No querían que nadie reconociera el coche, por pura precaución.

  —Buenos días —dijo Thiago, despertando a Charlie, que estaba en la ventanilla con una revista encima.

  Miranda la observó con la ceja alzada, algo sorprendida —Je, ?Estabas dormida?

  Charlie sonrió con esa picardía de quien ya está acostumbrada a que le pregunten lo mismo. —Shhh, sip, este lugar es cómodo, ji —soltó entre risas. —El circo está cerrado, ?Qué se les ofrece?

  Thiago negó con la cabeza. —Hemos venido por que tu jefe Lucien nos dijo ayer que tenía trabajo para nosotros. Somos Jefferson y Meredi.

  —?Oh! ?En serio? … ?Ah sí! La pareja, Bueno, Claro, claro, pasen. —levantó las manos invitándolos a pasar —?Oh! Por cierto, ya que van a ser nuestros nuevos compa?eros… eh, si Lucien o Yolanda preguntan por mí, díganle que no saben donde estoy, ?De acuerdo? En especial a Yolanda. Chau.

  Adentro, el circo era otro cuento. Durante el día perdía todo el brillo. La lona, arrugada; el piso sucio; los artistas ensayaban sin ganas, medio dormidos y sudorosos. A Miranda se le bajó la ilusión al instante.

  Yolanda los divisó desde lejos y se acercó con paso firme. —?Vaya! Sí vinieron —no intentaba esconder su sonrisa de satisfacción. —Lucien me pidió que los llevara con él si aparecían.

  —Pero le dijimos que no queríamos —protestó Miranda, cruzada de brazos.

  —Bueno… Dijo: por si llegan ma?ana. Siempre hay una posibilidad, ?no? —Yolanda puso una mano en la cintura y el dedo se?alando.

  Los llevó hasta las oficinas. Lucien estaba ahí, medio enterrado en los papeles. Tenía la frente fruncida y la mandíbula tensa. Algo lo traía mal, pero apenas los vio, cambió rápido. —?Muchachos! Al final sí vinieron. Oh, qué suerte tengo —Forzó su entusiasmo, cosa que Thiago notó. Algo en su postura no cuadraba, pero en fin, no le prestó más atención. —Pensé que no vendrían, para ser sincero.

  —Necesitamos mucho dinero, la verdad—Miri se rascó la cabeza con un aire resignado.

  —Bueno, hagan bien eso que saben hacer y les pagaré muy bien. Aquí mi amiga Yolanda les va a explicar lo que quiero de ustedes, ?sí? Yo en un rato los volveré a ver. —Lucien levantó la ceja hacia Yolanda, dándole luz verde.

  Thiago no dejaba de preguntarse ?por qué un tipo que dirige un circo tan grande contrata a dos desconocidos sin pedir un solo papel? ?Nombres? ?Documentos? Nada. Raro, muy raro, pero antes de seguir pensando, Yolanda ya los estaba empujando. —?Vamos muchachos! —Los llevó a los camerinos sin más charla.

  —Cachen —les arrojó dos trajes en la cara. Uno de sheriff, el otro de vagabundo.

  Thiago se sacó la ropa del rostro con desgano.

  —Bien, bien, no perdamos más tiempo. ?Vístanse! —ordenó Yolanda, arrastrándolos hasta los vestidores metiéndolos a empujones.

  Un par de chicas del circo ayudaron a arreglarlos.

  A Miranda le hicieron una coleta alta que caía sobre su hombro derecho, con un mo?o coqueto, mientras un mechón rebelde caía sobre su frente. Un sombrero vaquero café remataba el look, le pintaron los labios de rojo y resaltaron los ojos.

  Thiago en cambio parecía un payaso de funeral. Traje de gala viejo y parchado.

  Sombrero de ala ancha con un agujero arriba. Pantalones holgados y rotos. Maquillaje blanco y una botella vacía colgando de la mano.

  Ambos se miraron al espejo.

  Yolanda se acercó por detrás, con una expresión satisfecha, apoyando sus brazos en los hombros de los dos. —?Qué tal?

  —Wow… realmente parezco una vaquera —Miri estaba medio sorprendida.

  Thiago se encogió de hombros. —Los vagabundos usan ropa más cara que yo, por lo que veo…

  Yolanda soltó una carcajada suave. —Je ?Vamos!—Los arrastró con alegría. —?Vamos a empezar de una vez, chicos!

  Ya en el escenario, con el calor de los focos apagados y el olor a aserrín húmedo, Yolanda caminaba como si flotara. Alzando una mano con teatralidad y se?alando a las conejitas que correteaban cerca. —Muy bien, ni?as y ni?os —canturreó. —Les presento a dos nuevos miembros: “Jefferson y Meredi”. Suplantarán a Toretto y a Sofía. Así que haremos una nueva escena. Por suerte es rápida y sin muchos cambios en la rutina normal. —Aplaudió fuerte, rompiendo el aire.

  —?Bueno! Jefferson… entrarás con la bola de payasos y fingirás que eres el malo, ya sabes, “odio todo, la vida es una mentira, bla bla”… —un payaso con cara de resaca le entregó una hoja a Thiago. —Luego te sentarás en el suelo, y cuando Lucien te dé la se?al, te haces el pendejo. Juega con lo que él diga hasta que parezca que ya lo hartaste, ?vale?

  Thiago asintió con la cabeza.

  —Y tú, Meredi… aparecerás de la nada cuando yo te diga. Haces lo tuyo con el arma, disparas a la botella, tu novio se ofende, se acuesta como nene caprichoso tapándose la cara con el sombrero. Después, Lucien te dirá que le dispares al sombrero.. y ahí lo esposas y te lo llevas.

  Mientras seguía soltando más detalles técnicos, Thiago no dejaba de observar que eran menos conejitas; menos payasos. Lo sabía porque ayer había hecho una especie de ranking personal de qué traje de conejita era más lindo. Y hoy, varias de sus favoritas estaban perchadas. —Y así, al final, le disparas a un miembro del público que tiene un cigarro en la boca. ?Prepárense! —finalizó Yolanda cerrando con un aplauso.

  Yolanda volvió a mirar a Miri. Una sonrisita le subía a las mejillas, entre nerviosa y entusiasmada, pero al instante se giró. —??Y ustedes qué hacen ahí?! ?A ensayar, vamos! —gritó a unas conejitas distraídas.

  Miri se acercó a Thiago, que ya estaba tirado en el suelo esperando su turno, brazos detrás de la cabeza, ojos entrecerrados. —Ey Thiago, ?soy la estrella del show, verdad?

  Thiago levantó un párpado y soltó una sonrisa burlona. —Nah… la estrella es esa foca que dice “te amo” arriba del caballo. —Le alzó la ceja —?Y si aprendes a hacer lo mismo?

  —Oye… es una buena idea. Se lo tengo que preguntar al due?o. —Miri le cerró los ojos y le regaló una sonrisa. Ambos se quedaron mirando fijamente, como si algo los llamara a conectarse. Ya sabes a lo que me refiero. Se sonrojaron pero ninguno se atrevió a hablar. Entonces, Miri le pegó un manotazo en la panza y se alejó entre risas.

  Thiago se incorporó sobándose, mirando alrededor. Todos ya pulían sus actos. Yolanda estaba entretenida con el trapecista.

  Perfecto.

  Empezó a caminar hacia las oficinas. El camino al fondo del circo olía a paja mojada, fritanga vieja y mierda de animal. Pasó junto a los camerinos, los cubículos de maquillajes, las jaulas.

  Un tipo corpulento levantaba pesas con una sola mano, sin camiseta, sudando como bestia.

  Un león lamía la garra con pereza. Y la foca… La maldita foca. Estaba en su estanque, dando vueltas. Se detuvo a verla, y sí: soltaba su famoso “te amo” aunque era echarle imaginación en realidad.

  —Es muy linda, ?no? —Charlie apareció al lado del vidrio asustando a Thiago quien se cubrió sin hacer ruido —Se llama Nibbles. Lucien la consiguió en Ontario, nos la vendió otro due?o de circo que ya no podía mantenerla. Fue hace como medio a?o. Cuando empezó la crisis que Andras comenzó con el petróleo.

  Thiago la miró de reojo. —Este lugar también tiene problemas, ?verdad?

  Charlie bajó la mirada. —Ayer, como a esta hora, cinco artistas le dijeron a Lucien que se iban con sus familias.

  —?Falta de pago?

  —Ummm… yo diría más bien que es por el tipo de país al que tuvimos que venir para poder llenar funciones.

  Thiago ladeó la cabeza. Eso sí le llamó la atención.

  —No me malentiendas, varios de aquí somos chicanos —agregó Charlie rápido. —Es solo que la paga en Estados Unidos bajó mucho. Ahora solo quedamos los que no tenemos a quien mantener… o los que tienen a toda su familia aquí.

  —??Alguien ha visto a Charlie?! —gritó Yolanda desde un punto lejano.

  Charlie pegó un brinco. Sonrió como ladrona descubierta. —Bueno, me tengo que ir. Nos vemos después, Jefferson —le gui?ó el ojo antes de salir corriendo a esconderse otra vez.

  Cuando llegó al remolque, Thiago, a través de una rendija, pudo ver a Lucien: estaba sentado en su escritorio, rodeado de papeles, con una expresión que decía todo: tensión, cansancio, desesperación.

  Se pasaba las manos por el rostro cada cierto par de minutos, como si intentara borrar las ojeras.

  Organizaba papeles, revisaba cifras, murmuraba en voz baja.

  Thiago esperó callado e inmóvil.

  Finalmente, Lucien soltó un suspiro largo. Se levantó y salió de la oficina con paso rápido. En cuanto lo perdió de vista, Thiago se deslizó al interior sin perder tiempo.

  Adentro, el aire era denso. Su vista cayó sobre los documentos abiertos encima del escritorio. Y la curiosidad, como siempre, fue más fuerte.

  Embargo de una casa en Luisiana del norte, propiedad de Lucien Everheart.

  Orden de desalojo para uno de sus empleados.

  Pagos atrasados de hipotecas y préstamos. Una carta de invitación por parte del alcalde de Nueva Rosita y el gobierno de los Estados Unidos para que entrara el circo sin impuestos, ni aduanas y así ayudar a algunas PyMEs de USA a solventar la crisis.

  Cartas de renuncia y despedidas de sus empleados. Todas con tinta fresca.

  Una carta simplemente decía: “Lo siento muchacho, tu padre estaría orgulloso de que aun intentaras mantener su legado vivo, pero yo como uno, necesito volver con el mio”

  Sí que la crisis mundial estaba pegando duro. Era un milagro que un circo de este calibre aún se sostenga, pero se obligó a seguir. La empatía no da de comer. Fue directo al cajón principal. Y sí, ahí estaba. El dinero envuelto con bandas de goma.

  No era una fortuna, pero sí lo suficiente para sobrevivir un par de meses si no se desplomaba la moneda. Los tomó rápido, cerró el cajón sin ruido.

  Antes de salir, echó una última mirada al escritorio, a los papeles, jodido mundo. Jodido Andras.

  Salió del remolque con paso ágil. El sol ya caía con una soga sobre la lona del circo: la función ya iba a comenzar.

  La limusina negra avanzaba lenta, como un féretro rodante, deslizándose entre las calles sucias de la ciudad.

  Adentro, los hermanos Aurelius viajaban cómodos.

  Elisse observaba las aceras por la ventana polarizada.

  La gente se api?aba, sudando, empujándose, vendiendo dulces, rezando.

  —Chérie… ?Crees que esta gente tiene remedio? —preguntó con desdén, con los labios apenas moviéndose.

  Louis sonrió arrogante, apenas contenido. —No. Son mexicanos, ?Crees que van a cambiar estos indiecitos?

  Elisse apartó la mirada, no podía soportarlo más. El ruido, el polvo. México le repugnaba. Extra?aba Francia. Sus calles limpias, las fachadas viejas pero bien cuidadas. Los cafés elegantes, la gente blanca vestida con clase, las conversaciones con fondo de jazz, pero de repente le llegó un flashback, de Elienor bebiendo, reprochado que porque no nació hombre. Que no se le olvidaba que era un bicho raro. Que ojalá hubiese pasado lo del gran ca?ón. Así, no tendría que estar con ella. ?Por qué ahora recordaba esto?

  Su padre los había arrastrado a este agujero tercermundista hace 10 a?os. Cuando un hombre llamado Andras subía como la espuma agitando una Europa Unificada.

  Solo volvían a Francia cada par de a?os, a ver a los abuelos y cada vez que regresaban era como descender del cielo a un basurero.

  —?Por qué no los eliminamos de una vez entonces? —soltó Elisse con frialdad. Sus ojos clavados en un ni?o con el rostro sucio y una camiseta rota.

  Louis la miró de reojo y sonrió —Esa es una muy buena pregunta.

  La limusina se detuvo. Ambos bajaron impecables. Ella con su vestido de seda, el cabello recogido y un abrigo blanco de corte imperial. él, traje oscuro, corbata bordada y el aire de un súper modelo haciendo caridad con su presencia.

  Se unieron a la élite de la zona. ?Ricos? Sí. Perfumes caros, relojes brillosos…pero para los Aurelius, no eran más que parásitos disfrazados. Ratas con joyas.

  Elisse se cruzó de brazos. Al menos pensó, verían un espectáculo americano, no uno de esos shows de nopalitos y botas polvorientas. Suspiró aliviada. No soportaba la cultura local.

  Sonrió, tomó el brazo de su hermano y caminaron juntos. Destacaban, brillaban. La alta alcurnia los miraba con legítima envidia, con celo. Sabían quienes eran.

  No hicieron fila. Ya tenían palco reservado.

  —?Sean bienvenidos! —Charlie los recibió con cordialidad, pero los dos pasaron de largo sin mirarla —si bueno… Adiós, entonces —murmuró encogiéndose de hombros apenada, pero en un instante su tono cambio recibiendo a los de atrás, que al ver la grosería de ellos, intentaron hacer que lo olvidara.

  Afuera, el chofer de la limusina permanecía dentro del auto.

  Piernas cruzadas, leía el periódico con tranquilidad.

  —Buenas tardes… —susurró una voz masculina.

  El chofer alzó la vista demasiado tarde. La bala le atravesó el cráneo y su cuerpo se desplomó en el asiento.

  Desde la sombra, el hombre de rojo bajó el arma con silenciador.

  Exhaló lento —Objetivo uno asegurado —dijo, con voz neutra por una radio y desapareció.

  Elisse yacía sentada con la espalda curvada y las piernas cruzadas. Observaba el escenario con los ojos medio abiertos, sin emoción. No era la primera vez que veía un circo, francamente, ya no le causaban nada de emoción. A su lado, sin embargo, Louis comía palomitas con emoción. Desde que había entrado a la academia, no había tenido un maldito segundo para él.

  Sus 3 guardaespaldas estaban atentos, dos adentro.

  Entre bastidores, todo hervía en preparativos.

  Lucien ajustaba su saco para el show de medio tiempo —Aquí vamos de nuevo. —Murmuró, pero notó algo raro, le temblaban las manos. —?Y esto? —jamás le había pasado en su vida este nerviosismo. Sintió por un segundo como su sangre se solidificó y a la vez se evaporó. Miró al espejo y allí, juró ver detrás de él, una sombra. ?Un anciano? Volteó a toda velocidad. —?Hola? —Nada. —Qué raro. Juré ver a alguien.

  —?Damas y caballeros! ?Nuestros payasos! —gritó a mitad del espectáculo.

  —Suerte —susurró Miranda. Thiago salió con la pandilla de payasos, fingiendo estar borracho, cansado y hastiado.

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  Afuera, en la taquilla, Charlie contaba el dinero —5000 pesos… 6000 pesos… —susurraba distraída, con el cigarro colgando del labio. —Hum… apenas 30 dólares… cuesta más un papel higiénico… —Dos sombras la cubrieron. —Entradas agotadas amigos, vuelvan ma?ana más temprano —no levantó la vista.

  El silencio la obligó a mirar. Los dos tipos del techo estaban allí. El pelirrojo le apuntaba directo entre los ojos.

  Charlie parpadeó. El cigarro temblaba entre sus labios. Comenzó a levantar las manos despacio y su sonrisa se volvió una mueca de terror. —Esa sí que es una pistolota…

  En el escenario, Thiago se negaba a seguir. Tirado en el suelo, se la pasaba albureando a Lucien, como estaba planeado.

  —??Me vas a hacer quedar mal con el público?? —gritó Lucien con falsa indignación.

  —Sí. Ahora cállate, no me dejas dormir.

  —?No te pagaré!

  —Nunca lo haces.

  El público estalló en carcajadas, cosa que hizo que Lucien fingiera hacer puchero exagerado, giró sobre sus talones y fingió estar dolido.

  —Esa es tu se?al, ve ve —le susurró Yolanda a Miranda mientras la empujaba.

  Miri también temblaba, tragó saliva y salió al escenario. Los focos la golpearon como cachetada caliente

  —?Oh, miren! ?Es la sheriff del condado! —anunció Lucien, acercando el micrófono. —Qué sorpresa tenerte aquí.

  —?Eh? —balbuceó como si la acabaran de despertar. La voz le temblaba. La gente reía. Lucien también, pero algo no andaba bien.

  —Se?ora… ese borracho asqueroso de ahí se quedó dormido, y no puedo seguir mi show. ?Podría ayudarme a sacarlo? —la voz de Lucien estaba un poco quebrada. Sudaba por alguna razón disfrazado por los reflectores calientes, que lo hizo pasar desapercibido.

  Miranda sudaba, no recordaba nada, la cara se le estaba empapando —?Que saque a Thiago?

  Su nombre…

  Thiago se tensó y apretó la mirada.

  Lucien estaba muy mareado, pero asintió, sin notar el error —?Claro, claro! ?Podría hacerlo?

  Desde el palco, Louis suspiró con desgano. —?Qué aburrido!

  La gente volvió a reír, pero a Lucien ya no le hizo gracia. Se dio cuenta de que Miranda no estaba actuando. —?Solo está un poco nerviosa, no se preocupen! —trataba de salvar la escena.

  Se giró hacia ella.

  —?Qué te parece si le disparas a la botella sobre su pecho, eh? —reaccionó rápido, dándose cuenta que adelantó la sorpresa del show. ?Por que había hecho eso?

  —?Eh?... sí… —Miri estaba como ebria.

  Lucien frunció el ce?o. Algo no cuadraba. Sacó un pa?uelo y, con gentileza le secó la frente. Tapó el micro mientras le hablaba bajito. —?Estás bien? —La voz de Lucien comenzó poco a poco a tornarse lejana.

  Miranda no respondió. El aire estaba pesado, se le cerraba el pecho. ?Búscala, ella está contigo?. Algo le susurró como aquel día.

  —?Eh? ?Quién dijo eso?

  Sus ojos recorrían las caras. Rostros sonrientes. Gente comiendo… y de pronto la vio. Allí en el palco a Elisse, mirando hacia otro lado, ausente y desinteresada.

  La vio como si la tuviera a unos escasos metros.

  Elisse sintió algo extra?o, un tirón en el pecho como si algo dentro suyo volviera a funcionar. ?Hija ? algo susurró. ?Al fin están reunidos los 5?. Poco a poco levantó la mirada extra?ada de escuchar esa voz familiar.

  Sintió la mirada de Miri. Se sintió como si alguien desconectara el mundo por un segundo.

  Un silencio sobrenatural envolvió el circo. Los ojos del público se guiaron hacia donde observaba Miranda, en dirección a Elisse.

  Fue eterno para ellas aunque solo duró unos segundos.

  Elisse caminó con rigidez hasta el borde del palco, no se quitaban los ojos de encima escuchando los susurros en su cabeza. ?Te prometí que regresaría mi ni?a?.

  Miranda, aún atrapada en el trance escuchó ?Muéstrale lo que sabes hacer, termina tu acto. Haz fuego con el amor de tu abuela para que los 5 despierten?.

  Fuego… fuego que quería salir. ?Cómo lo haría? Miri se petrificó sintiendo una mano en su cintura y otra ayudándola a alzar el arma apuntando hacia donde Thiago. La mano de porcelana le ayudó a meter sus dedos en el gatillo y juntas dispararon, pero no salió una bala, sino una bola de fuego, roja, con el rojo del mismísimo infierno. Voló directo hacia Thiago, le arrancó la botella y le quemó un poco el pecho haciéndolo levantar del ardor. La flama siguió, reventando contra la esquina del escenario.

  ?BOOM!

  La explosión hizo temblar todo. Las llamas peque?as no eran normales, eran más gruesas, como alquitrán.

  La gente cercana se cubrió y todos gritaron. ??Cómo hizo eso?? pensó Elisse. —?Elisse! —gritó Louis pero no lo escuchó, no escuchaba a nadie.

  Segundos de silencio aturdido y luego…

  ?BOOM!

  Una segunda explosión, más salvaje con onda expansiva tiró sillas, mesas, e hizo volar a varios.

  —?Extintores! —gritó Yolanda, corriendo entre chispas y humo.

  Sus ojos miraron de reojo a Thiago y Miranda, tirados en el suelo, aturdidos y desorientados al igual que Lucien.

  Los guardaespaldas reaccionaron al instante. —??Se?ores, están bien?!

  —Sí… —Louis se tambaleaba, pero ya era tarde. En la entrada del palco, el hombre de rojo y el calvo estaban ahí. Sujetaban al tercer guardaespaldas por los brazos quien tenia un agujero en la sien.

  —Carajo, ?Viste lo que hizo esa mujer…? —susurró el calvo.

  —?Qué importa? Ya nos echó a perder el atentado, continúa como lo teníamos planeado.

  Dos disparos secos.

  Los cráneos de los guardaespaldas explotaron.

  Louis se levantó, pero el calvo le clavó la pistola en la sien —quieto muchacho.

  El hombre rojo caminó hasta Elisse, apoyando el ca?ón en su cabeza.

  Ella al sentir el frío del metal, volvió en sí. ?Qué carajos le había pasado? Juraba que sintió volver a su infancia… quiso voltearse.

  —Ni se te ocurra —susurró el rojizo, con una sonrisa torcida. — Manos detrás de la espalda.

  Elisse obedeció chasqueando la lengua, molesta.

  Cuando el tipo comenzó a sacar las esposas, reaccionó. Giro seco; codazo en la cara y le arrebató el arma.

  —?No hagas nada estúpido! —el calvo apuntaba a Louis. —Si no quieres que tu hermano muera, baja esa arma.

  Elisse lo miró en silencio. Empezó a bajar el arma, despacio.

  —Eso está mejor —murmuró el cabeza de huevo, pero en el último segundo…

  ?PAM!

  Una bala directa a la cabeza del pelirrojo. Su cuerpo se dobló hacia atrás como un trapo mojado.

  —??Qué has hecho maldita perra?! —rugió el yermo de piojos.

  Lucien gritaba intentando calmar a la gente, pero no había voz que callara el pánico: Empujones, gritos, ni?os llorando y entonces.

  ?BOOM!

  Una detonación en la entrada. La limusina voló en mil pedazos empujando varios autos.

  Elisse se agachó para cubrirse por reacción ante la detonación.

  —?Lo tienes? Vamos para allá. —Crepitó la radio del pelón que ya tenia a Louis morado. Eso lo hizo reír. —Je,je… Vienen 3 ahora hacia acá, perra. No tienes salida.

  El público corría como ganado. Los payasos no alcanzaban a apagar el fuego. Algunos eran aplastados. Otros gritaban entre madera ardiendo. De repente las llamas llegaron al palco, eso distrajo al alopecio.

  Louis aprovechó eso para darle un codazo en el estómago.

  ?PAM! ?PAM!

  El ca?ón del arma de Elisse sacaba humo y el cuerpo del sicario cayó sobre su hermano, quien lo quitó de encima tomando el arma.

  —?Tenemos que irnos ahora, Elisse! —Ambos emprendieron la huida.

  Los Aurelius bajaban por las escaleras a toda velocidad, pero en el pasillo, dos hombres armados les cortaron el paso. —?Alto ahí!

  Louis no dudó, le clavó una bala en el pecho. El disparo lo sacó volando hacia atrás.

  El otro abrió fuego de inmediato y el pasillo se convirtió en una lluvia de plomo.

  Los sonidos de balas solo asustaban más a la gente y otras perdidas los alcanzaban en la huida.

  Al otro lado del infierno, Lucien guiaba como podía a algunos sobrevivientes por bambalinas. El humo era una alfombra densa y el calor le lamía el rostro. Entonces, entre la neblina negra, lo volvió a ver, inmóvil en la puerta de su oficina con la mano metida en el saco, el anciano con barba y pelo canoso. El humo no le afectaba, ni el calor. Nada, pero no había tiempo, Lucien siguió arrastrando a la gente.

  En el pasillo, el tiroteo seguía. Uno ya había sido abatido y solo los detuvo el tercero con una m16. Estaba bien entrenado. No parecía tener problemas en gastar balas, al parecer tenía de sobra cargadores.

  Elisse era la que más sufría tiros por parte de él, haciéndola retraerse en la esquina todo lo que podía.

  —?Solo me queda una bala! —Elisse decía entre dientes, el impacto de una bala en la esquina la hizo gemir.

  —Yo ya no tengo ninguna —respondió Louis tosiendo.

  El humo les comía los ojos, les quemaba la garganta. Elisse comenzó a toser con fuerza. Le ardían los pulmones con ganas y justo cuando se dobló, un trozo colapsó de las escaleras sobre ella.

  —?Elisse! —Louis, la tiró exponiéndose y sin darse cuenta una bala le dio en el estomago.

  Elisse rodó al suelo pero Louis quedó atrapado bajo los escombros ardientes que le cayeron encima. Las llamas le agarraron la pierna y su carne empezó a quemarse.

  —?Frère! —Elisse se arrastró hacia él.

  Louis gritaba como animal. Ella intentó mover los pedazos pero se quemaba las manos, mas no le importaba, lo quería sacar. Su piel comenzó a tostarse —?Kya!

  ?PLAP!

  Un culatazo seco la tiró de cara al suelo, lo poco que le quedaba de aire se le salió de los pulmones, la cabeza le zumbaba.

  El tirador se subió sobre ella. —Mierda… no importa. De todas formas si te llevo con Olsón, me pagarán —murmuró para sí mismo el tirador, logrando esposarla. —Total, el general te iba a desechar. Al que le irá mal es al alcalde je.

  Elisse sintió como dolían sus manos y el frío de las esposas. Con la vista borrosa vio a su hermano y cómo su cuerpo se terminaba de encender intentando alcanzarla para salvarla de su raptor, pero su mano calcinada cedió al suelo.

  Una sola lágrima bajó su mejilla —Louis —musitó. El rostro le temblaba y su vista empezó a nublarse.

  El tirador la levantó al hombro y se giró.

  ?PAM!

  Una bala atravesó las cervicales del sicario quien soltó un gru?ido. Se dobló hacia adelante, tirando a Elisse al suelo como costal de papas.

  Dos siluetas emergieron del humo: Miranda y Thiago.

  —?Mierda! —Thiago corrió hacia ella. —?Ey,ey! ?puedes andar?

  Elisse de lo mareada solo pudo distinguir su silueta.

  —?No tenemos tiempo! —Tosía Miranda.

  —?Las llaves!

  Miranda buscó entre los bolsillos del cadáver. Nada.

  —Al diablo —Apuntó a la cadena y disparó. ?Clank! La cadena se partió.

  Thiago la levantó como pudo y comenzaron a correr.

  Elisse se tambaleaba entre sus brazos intentando mantener la mirada en el rostro borroso de Thiago para no desmayarse.

  Corrieron por la zona de animales.

  Nibbles yacía debajo del agua, temblando. El estanque hervía.

  El león, glorioso, estaba en llamas. Elisse tosió un poco de sangre. —?Está tragando demasiado humo! —gritó Miranda. Thiago rápidamente sacó su trapo rojo. Se lo amarró en la cara. —Con eso bastará ?cof cof cof!

  Saltaron por encima de unas pesas que bloqueaban el paso. El calor le arrancaban lágrimas de los ojos pero, gracias a los trapos de los disfraces, podían respirar sin tragarse el infierno.

  Y por fin lograron salir. Callejón lateral. Aire frío, por fin. Con ceniza en la lengua, Miranda jadeó. —?Espera… espera! —tosió con fuerza —?Dé-déjame! Tomar un respiro… —arrodillándose.

  Thiago cedió igual. Miraron el circo como ardía. La lona terminó de colapsar. La gente seguía saliendo por varios huecos. Hombres sin camisas cargando a otros, madres llorando, payasos corriendo con fuego entre sus pelos coloridos buscando agua. Había pasado todo, en menos de 3 minutos.

  El alcalde en su oficina ordenaba papeles con la mirada perdida pero una llamada lo interrumpió. —?Bueno?... sí… de acuerdo.

  No dijo nada por unos segundos. —Demonios… es mi fin…

  Se levantó y caminó hacia el despacho de Aurelius, no tocó.

  —Se?or Aurelius…No lo capturaron… La sonrisa desapareció del rostro de Antonio. Sin decir nada, salió a toda velocidad.

  En el callejón, Thiago sacudía a Elisse aún en sus brazos. —?Ey! ?Despierta! —insistía.

  Vio su cara manchada de ceniza, las quemaduras hasta dos tercios de sus antebrazos. Thiago juró ver sangre salir de su nariz. Tomó el trapo y comenzó a limpiarle la cara. —Tranquila, vas a estar bien. —Elisse entreabrió los ojos al sentir el trapo pasarle por el rostro. Miró a Thiago con esa mirada melancólica.

  —Sniff. Louis, frère sniff sniff —fue lo único que pudo decir antes que una lagrima saliera de su rostro terminando de desmayarse.

  Entonces, luces rojas y azules a lo lejos entre disparos. Dos patrullas se aproximaron y al verlos en el callejón frenaron. —?Ahí está! —gritaron los policías corriendo directo hacia Elisse, desenfundando sus armas.

  ?PAM!

  Una bala le voló la cabeza a uno de ellos. Miranda no necesitaba respuestas, ya sabía cómo actuaba esta gente. —?Llévatela! Yo los distraigo, la quieren por algo, ?ve por el auto!

  —Ten cuidado. —Thiago emprendió la huida.

  Miranda se cubrió detrás de un bote de basura. El policía respondió de inmediato y el callejón se llenó de balas.

  —?Afirmativo, sobrevivió, pero no es Louis! ?Está saliendo por el otro lado, rodeen, rodeen! ?Tenemos un tirador deteniéndonos en la 36! —escuchaba la radio de su rival.

  Respiró hondo, mientras las balas rebotaban a su lado. Se concentró, tenia que detenerlo para poder escapar. Un momento, ?y si hacía lo mismo qué hizo con lo del circo?

  ?PAM!

  Del ca?ón salió una bola de fuego enorme, que chocó contra la esquina del edificio y explotó como si alguien hubiera lanzado un tanque de gasolina encendido.

  —?Agh! —El policía retrocedió con las llamas sobre su uniforme intentando apagarlo.

  —?Ja, lo logré! —Miri, sin poder creérselo huyó rápido.

  Thiago llegó al coche. Abrió la puerta trasera, metiendo a Elisse de lado para evitar que se ahogara, y fue al asiento del conductor…

  ?TLACK!

  Un pu?etazo lo tumbó al suelo.

  —?Jefferson! —rugió Lucien, con la cara llena de hollín, sangre seca en la ceja. —?Hijos de puta! ?Qué han hecho?

  —?Soltame, carajo! —comenzaron a forcejear.

  Lucien levantó el pu?o para golpearlo —Oh, no te voy a soltar hermano. Te voy a moler, infeliz —pero un tiro al aire lo hizo agacharse.

  Ambos se congelaron, dirigiendo la mirada hacia el tirador: un policía.

  —?Oh, si! ?Los hombres de ley! —rió como un loco. —?Van a arrestarlos ahora mismo!

  —Agh, No Lucien ?detente! Ellos…

  El oficial vio a Elisse en el asiento trasero. Levantó el arma, pero no apuntó a Thiago. —?Ah..? —Lucien se quedó helado.

  ?PUM!

  Una bala atravesó el ojo del oficial. Detrás, a lo lejos, con la pistola humeante, Miranda.

  Thiago empujó a Lucien. —?Que me soltes, carajo! —Saltó al asiento del conductor e intentó encender el auto.

  Miranda terminó de salir del callejón, sonriente. Alzó la mano para saludar.

  ?PAM! ?PAM!

  Policías emergieron detrás disparando a ella y a civiles. Balas golpearon el auto, otra le rozó el hombro derecho haciéndola gritar y meterse de nuevo al callejón, jadeando. Varios policías le siguieron, disparando sin cesar.

  El vidrio delantero del auto se rompió.

  —?Maldición! —Dijo Lucien, metiéndose al asiento trasero, encima de Elisse, y cerrando para cubrirse.

  Thiago no arrancaba, los dientes estaban apretados. Las manos en el volante. ?No puedo irme sin Miri? pensó. Otra bala impactó el retrovisor, haciendo que se cubra.

  —?Vamos a morir aquí! —chilló Lucien. —Dios, no puedo morir, aun no he visitado Australia.

  Thiago apretó los labios. —Perdóname, Miranda… —puso la reversa. El auto chilló, retrocediendo a toda velocidad, mientras las balas rebotaban en la carrocería.

  En ese mismo momento, 3 vehículos militares entraban por el carril contrario. Los policías fueron sorprendidos por una bola enorme de fuego que los mandó a volar varios metros e impactó contra un local. Los vehículos militares al ver eso, se acercaron allí, ignorando a Thiago.

  De allí, bajó Antonio con una cara desconcertada, buscando a los policías. —?Dónde está? Solo quedaba un policía, cubriéndose la partes quemadas, quien no había visto a Elisse. —Debe estar del otro lado. ?Agh! —se dobló y de repente otra bola de fuego se alzó a unas calles de allí. —?Vayan rápido! —gritó Antonio.

  03/octubre/1992

  La madrugada ya había caído. Thiago y Lucien habían llegado al mismo sitio donde días antes Miranda practicaba su puntería. Una de las botellas rodaba aún por ahí por el viento.

  Lucien salió primero. Escupió al suelo y fue hacia el asiento del conductor.

  Thiago limpiaba el vidrio de su ropa, pero Lucien abrió la puerta con brusquedad, con una sola mano lo sacó haciéndolo rodar.

  —??Por qué lo hicieron?! —su voz estaba llena de rabia.

  Thiago se levantó con cautela, levantando las manos. —Escucha…

  Lucien ni lo dejó terminar. Corrió hacia él, y al tomarlo, lo estampó contra el auto, agarrándolo del cuello de la camiseta. —?No, tú escucha Jefferson! —le gritó con espuma en la boca. —?Dime ahora la verdad!

  Forcejearon, pero las manos de Lucien eran una llave.

  —Si estuviéramos con ellos, ??por que habría salvado a esa mujer… o a ti!? —le escupió Thiago. Pero Lucien no pensaba, ya no. El odio era fuego líquido en sus ojos.

  Cerró el pu?o y lo estampó directo en la cara de Thiago.

  Dos golpes secos que lo hicieron rebotar contra la puerta del coche y luego lo dejó caer al suelo.

  Ahí en el suelo Lucien se le fue encima, dándole con todo.

  La vista de Thiago se nublaba. El gusto metálico de la sangre le llenaba la boca. El dolor era como agujas calientes bajo la piel.

  Lucien se levantó para hacerse el pelo para atrás y lanzarse de nuevo.

  Pero ?crack!

  Una piedra lo golpeó en la cabeza. Gimió y trastabilló.

  Thiago se arrastró escupiendo sangre, incorporándose con dificultad.

  —?Por-por qué te traería donde esperaría a mi compa?era? —le escupió, con la boca rota. —?Entiende carajo!

  Lucien se limpió el rostro, su ojo comenzaba a hincharse —?Cómo hizo eso? —gru?ó meciéndose por la adrenalina.

  —No lo sé... —suspiró —Te voy a ser sincero, lo mereces. Solo queríamos… tsk… robar el dinero cuando todos estuvieran en el show y largarnos.

  Lucien lo miró como si le hubieran cagado en la cara. Fue entonces cuando pensó. ?Había sido la sombra en su oficina?

  —Par de hijos de… —dijo bajísimo, y sin aviso, volvió a taclearlo. Pero esta vez no se detuvo. Se le fue directo al cuello, comenzando a ahorcarlo.

  —?Soltame! —gru?ía Thiago, pataleando pero Lucien apretaba como un maldito monstruo.

  La visión de Thiago se tornó gris. Su cabeza exigía que subiera sangre. Apretaba las manos de Lucien intentando zafarse pero nada. En su desesperación,miró a todos lados. Entonces lo vio….

  Un hombre casi calvo y bigote, y una bufanda del mismo color que era lo único que lo cubría, y a su intimidad.… con una cicatriz en su vientre, el cual solo negaba con la cabeza mientras lo veía. El hombre se?aló al cielo.

  Thiago siguió y ahí estaba. La luna, pero no era la misma… era la luna verde. Sintió una corriente, gasolina, fuerza. Necesidad de vivir.

  —?Crack! — le rompió los antebrazos a Lucien.

  — ?Aaaagh! —gritó y Thiago lo empujó con una fuerza brutal que lo hizo levantarse a él mismo.

  No supo cómo ni con cuánto, pero Lucien voló diez metros, cayendo de espaldas desmayado.

  Thiago cayó de rodillas, jadeando.

  Sus ojos estaban como platos, las manos le temblaban. —?Qué demonios? —murmuró.

  Se miró las venas. Infladas y marcadas. Levantó la vista otra vez. La luna había vuelto a su color normal. Asustado miró a la colina, el hombre ya no estaba.

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