**Punto de vista de Falu**
Entre el crepitar de la fogata, mi padre me llama con un rostro algo pálido, indicándome que me acerque. Me cuestiona:
—?Cómo estás?
—Hasta ahora no he visto nada malo... aunque la se?orita Sey los llevó a otro lugar... creo que...
—Está bien, todos aceptamos que es lo menos que podemos hacer, pero esa no es la pregunta —interrumpo a mi padre mientras me mira fijamente.
—últimamente no he so?ado, si eso quieres saber.
Dicho esto, mi padre me abraza durante unos minutos, con la calma que siempre lo caracteriza, dándome un instante para asimilar lo que acaba de decir. Luego, me pide que disfrute de la fiesta hoy, entre los ni?os que juegan junto a la fogata que calienta a todos. La luz de la luna me hipnotiza con su calma, que contrasta con el ruido y la felicidad de aquí abajo. Al bajar la mirada, veo a Víctor salir con una expresión de fastidio.
Al dar unos pasos, el rostro de Kanea, un tanto confundido, lo sigue. Al notarme, no puedo evitar agachar la mirada con pena y, tratando de disimular, busco su mirada. De repente, una voz suave me sobresalta desde atrás:
—Hola, Falu.
—E-eh, h-hola, Kanea. Yo, yo estaba... ?cómo? —trato de organizar las palabras entre el susto.
—Bueno, yo estaba con Víctor, pero él me pidió que estuviera sola un rato. Entonces, te vi y no quería estar sola. Además, quería probar eso de mejorar mi velocidad; es algo nuevo para mí.
—?Qué? —pregunto, confundido.
—Víctor me ense?ó un truco. Dijo que un conocido le ense?ó eso para cuando tuviera su núcleo y, para recordarlo, me lo mostró.
—Vaya, él tiene algunas cosas guardadas.
—Sí, es como un baúl oculto en una mansión; con cada puerta abierta, nuevos pasillos aparecen.
—Supongo que sí.
—?Holaaa, hijooo! —grita una voz detrás de nosotros.
—?Hijo? —pregunta Kanea, confundida.
Sin querer voltear, la escena se desarrolla en mi mente: mi padre tomando un vaso de alcohol y comenzando a cantar. Una extra?a sensación de mareo se apodera de mí antes de poder alejarme. Con el aliento a alcohol, mi padre me envuelve y habla:
—?él es tu... padre? —pregunta Kanea, conmocionada.
—Eh... yo... —trato de justificarme.
—Ah, sí, sí lo es. ?No lo sabías? Yo soy el padre de Falu... más de una semana y no se lo has contado... eso me pone muy triste.
—Padre, no lo creía necesario.
—Si desean, los puedo dejar solos —propone Kanea, mientras se aleja, aún más confundida.
—No, no. Yo venía a pedirte algo a ti y a mi hijo.
Sin poder evitarlo más, me agarra de la cabeza e intento interrumpir:
—Creo que podré hacerlo solo si necesitas que...
—No necesito que hagan una ronda. Se sintieron mareados... y ustedes podrían cubrirlos. Y como están juntos, podrían hacerlo menos aburrido.
—No creo que...
—Está bien, además estoy algo aburrida. Cuf, cuf —dice Kanea mientras tose. Justo antes de que pudiera darle una excusa para que se saltara esa absurda petición, asombrado, mi padre me soltó y abrazó a Kanea, susurrándole algo que no pude escuchar, pero que la hizo estremecerse y sonrojarse ligeramente. Despidiéndose, ella comenzó a caminar con la cabeza agachada y confundida. Mi padre me dio un empujón mientras se burlaba.
—Jóvenes, tienen la libertad delante de ustedes, pero no la pueden ver.
—?Qué?
—Ve, ya conoces el camino —habla sorprendentemente sobrio.
Junto a Kanea, caminamos entre los bailes y la felicidad de las personas que estaban junto al crujir de la madera por el fuego. Dejando atrás la multitud, el ruido de los tambores y la melodía de la canción se fue desvaneciendo hasta convertirse en murmullos.
—?él es tu padre? Es uno de los líderes de este pueblo.
—Sí, yo... lo lamento, estaba un poco ocupado y no sabía cómo decirlo —me disculpo sin razón aparente.
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—Está bien, es solo que... no pensé que... no importa. Dime, ?está bien tu padre? —pregunta Kanea mientras alza la mirada.
—Se siente un poco mal en estos días, pero nada más... ?puedo preguntar qué te dijo mi padre?
Al escuchar eso, el rostro de Kanea se puso aún más rojo y sacudió la cabeza, mientras tosía unas cuantas veces más para deshacerse de su rubor.
—Tal vez después, jajaja —se ríe incómodamente.
—Bueno, si tú lo dices... ?estás segura de que estás bien? —averiguo.
Kanea solo asiente y continuamos. Al mirar hacia arriba, un par de jóvenes con aspecto pálido nos saludaron, bajando unos murmullos de disculpa al proceder.
—Chicos, disculpen. Nos sentimos un poco mal y queremos cruzar a ver a la sacerdotisa para saber qué podemos hacer.
—Está bien, nos quedaremos hasta que llegue la segunda ronda de guardias. Vayan —ordeno.
Con una despedida formal, comenzaron a alejarse. Al mirarlos detenidamente, se notaba un cansancio similar al de mi padre y un ligero temblor casi imperceptible en sus brazos. Mirando a Kanea, su rostro preocupado observaba a los guardias; sus ojos brillaban con el maná, robándome el aliento por unos segundos.
—?Pasa algo? —pregunto.
—Es solo que su maná fluye de manera extra?a... es raro.
A pesar de que no puedo ver el maná, sé que eso no debería ser así. Pero unas palabras lo minimizan:
—No te preocupes; irán con la sacerdotisa. Ella sabrá qué hacer.
—Sí... tal vez eso sea lo mejor —dice, no muy convencida.
Subiendo entre risas y conversaciones triviales para calmar la preocupación, nos colocamos en el puesto de vigilancia, observando los alrededores. Las luces de la celebración resplandecen en la noche y en la oscuridad.
—Entonces, ?qué debemos hacer aquí? —pregunta.
—Bueno, quedarnos. Y si sucede algo raro, debemos lanzar una bengala que está en esa caja y todos estarán alerta —explico mientras busco una caja en un rincón de esta zona de vigilancia con unas cuantas bengalas listas para ser activadas.
—Ya veo —dice Kanea, perpleja.
Mientras hablábamos, las risas nos acompa?aron hasta que el ruido de las hojas del viento y el aleteo de los pájaros se escucharon claramente. La luna convertía nuestra burda guardia en una noche que esperaba algo diferente.
—?Por qué las personas nos tienen miedo? —pregunta Kanea, mirando perdida hacia el horizonte.
—?No te lo dijeron antes de darte esta misión?
—Una pregunta sobre otra... solo dime que no quieres decirme, lo entenderé —aprieto la mano, tal vez para reunir fuerzas y expresar algo que no sabía que tenía atravesado.
—...Hace muchos a?os, más de los que mi gente quiere recordar, éramos esclavos de ciudades como las que ustedes vienen.
—Pero eso nada tiene que ver con... —intenta justificarse, alzando un poco más la voz para continuar.
—Una parte de nuestro pueblo fue llevada a Guardian y no conozco los detalles, pero... —trato de buscar las palabras.
—Está bien, quiero escucharte.
Dando un suspiro para calmar mi corazón, continúo:
—Logramos escapar junto a hermanos de otros lugares... tardamos mucho en encontrar un lugar... tal vez más en sanar todo lo que nos hicieron. —Kanea acerca su mano a mi rostro, recordando a las personas casi olvidadas, las cadenas que aún se guardan como un recordatorio, personas mayores con cicatrices de latigazos que solo recuerdan levemente.
—...Yo... no sabía —trata de formular.
—Está bien, con el tiempo entendimos que Guardian no tenía la culpa directamente. Después de décadas de esclavitud, no sabíamos por qué lo éramos; olvidamos nuestro origen y cultura casi por completo —explico mientras dibujo distraídamente líneas en mi mano.
En el instante de poder decir más, la mano de Kanea toma la mía con firmeza.
—No... yo no sé qué decir, pero... olvidar no es la respuesta, de eso estoy segura —me mira con una intensidad que me deja sin palabras.
—Gracias.
Es lo único que puedo pronunciar. A pesar de todas las emociones que amenazan con consumirme, lo único que puedo hacer es reír; una risa sincera que no emitía desde hace mucho tiempo. Y junto a mí, Kanea comienza a reír también.
De repente, un olor acre sacude mi nariz, quema mi garganta y un leve temblor sacude mi cuerpo.
—?Fuego? —pregunta Kanea.
Volteando a ver los alrededores, una ráfaga de fuego oscuro se alza en los muros cerca de donde todos están reunidos. Casi como si la naturaleza misma se asustara, todos los insectos, incluso el aire mismo, se callan.
Como si fuera un rayo, un rugido que no era ni animal ni hombre sacudió mi corazón, como si intentara arrojarlo con ese ruido. Mirando a Kanea, la angustia en su rostro es un reflejo del miedo que sacude mi pecho. Sin saber qué hacer, tomo aire, recojo la bengala y la activo para llamar a cada persona que esté lejos de nosotros.
—Debemos ir a ayudar —ordena Kanea, con temor en su voz.
En ese instante me doy cuenta de que estamos corriendo en dirección a ese rugido. Con cada paso que damos, los cantos que dejamos atrás se transforman en un grito desgarrador; esos gritos pesaban más de lo que mi cuerpo podía soportar. Mirando de un lado a otro, aquellas llamas que vimos en la lejanía se convirtieron rápidamente en un incendio que amenazaba con consumirlo todo. Todas las personas que hace unos minutos estaban festejando con una sonrisa se encontraban heridas y con un pavor marcado en sus rostros.
Cuando apenas pude reaccionar, la sensación de ser tirado me abrumó; el rostro de Kanea se fijó en esa bestia con un semblante tan desconcertado como el de los demás. Algo tan parecido y, a la vez, tan lejano a un dragón me devolvió la mirada; sus ojos eran tan negros como su piel y sus escamas agrietadas, de las cuales emanaba un color rojo asqueroso, eran lo único que lo distinguía de la oscuridad de la noche, al tenerlo mucho más cerca de lo que podía reaccionar.
—Es esa... cosa —es lo único que puedo pronunciar.
—?Corre! —grita Kanea, con su rostro aún más pálido.
Jalándome con ese grito, nos escondemos detrás de unos escombros.
—Yo... gracias —en el instante de poder completar esa frase, el rugido de esa bestia nos interrumpió, y junto a eso, unas ramas de color verde brillante salieron de entre los escombros. Al mirar en dirección de los escombros, la figura de Nehari herida apareció, y en el instante en que me di cuenta, la figura de mi padre emergió frente a mí, envuelta en un aura amarilla vibrante que provocaba un calor cálido.
—Lleven a todos a la sala de reuniones.
Sin decir más, desapareció de enfrente de mí, y como una explosión, la figura de mi padre hizo retroceder a esa bestia. Calmando mi respiración, tomé la mano de Kanea con firmeza.
—Debemos ir a ayudar.
Pero en el instante en que di el primer paso, la cara de Kanea se puso aún más pálida, seguida de una tos que la hace arrodillarse. Antes de poder sostenerla, ella se derrumbó en el suelo. Sosteniéndola, la llevé a otro lugar. Entre el ruido de la lucha de mi padre y el desmayo de Kanea, el rostro de esta bestia provocó un temblor que apenas me permitía sostenerla; el aire me faltaba, mi cuerpo no paraba de sudar y todo mi interior era un mar de fuego, miedo y frustración.
—Tranquilízate o todos moriremos.
Una voz se alzó entre todo el ruido. Volteando mi rostro hacia Víctor, vi una herida abierta en su frente, ensangrentada, y con su mirada enojada, tal vez por lo que estaba pasando, sacudió todas esas emociones.
—Algo no está bien —expresó con dificultad.

