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La voz del viento

  Entre el ruido de las personas y la música de los instrumentos, un viento frío acaricia el rostro de Víctor, trayendo consigo la sensación de que algo se avecina. En ese instante, una mujer, con voz cansada, lo saluda:

  —Ni?o... ?por qué estás tan alejado de la felicidad? —La sacerdotisa, con paso fatigado pero firme, se coloca al lado de Víctor, como si sintiera la necesidad de acompa?ar a un alma cansada y rota.

  Con un tono algo frustrado, él responde mientras observa a los ni?os que ríen a lo lejos:

  —La felicidad siempre me ha esquivado, incluso en el... Bueno, no importa ya.

  —No le des tantas vueltas; solo te dije lo que creí que necesitabas oír.

  —Jaja, no tienes idea de las palabras que necesito oír —responde él, con una risa amarga que mezcla burla y rabia, mientras da un trago al líquido cálido que sostiene entre las manos, tal vez para ahogar esas voces que amenazan con salir.

  —Es solo que no me gustan esas...

  —Profecías. Y dime, Sey —completa la sacerdotisa, intentando hacer que él se sienta cómodo con su presencia, como si se acercara a una bestia herida que podría escapar.

  Inclinándose ligeramente en se?al de despedida, da un paso para alejarse, pero un crujido repentino paraliza su cuerpo, despertando viejas memorias. Volteando, intenta advertir a la mujer, pero el eco de una criatura interrumpe todo intento de aviso. El rugido estremece hasta los huesos, provocando que cada uno de los presentes caiga uno a uno.

  Al acercarse a Sey, cuyo rostro refleja terror, una explosión y otro rugido lo desorientan. La luz morada inunda su visión hasta que pierde la conciencia por un instante. Al volver en sí, se da cuenta de que la figura inconsciente de la mujer está atrapada entre escombros. Trata de liberarla, sintiendo cómo sus ojos se inundan de rojo: está sangrando.

  —Te ves mal, ni?o —habla ella, con la voz apagada por el intenso dolor que recorre su cuerpo, marcado por el paso del tiempo.

  —?Hay algún lugar seguro para…? —intenta preguntar mientras trata de poner en pie a la sacerdotisa.

  —El lugar donde se reunía tu gente con la mía... Debemos llevar a los que…

  —Yo lo haré; tú debes tranquilizar a los que llevé —interrumpe la sacerdotisa, consciente de que, si se negaba, intentaría hacerlo por su cuenta, sabiendo que personas como ella siempre intentarían ayudar sin importar el riesgo.

  Al dejarla dentro del refugio, la mirada de Víctor recorre a todas las personas que lograron entrar por su cuenta. Cada uno de ellos no presenta marcas destacadas ni sensaciones de guerreros y, a su vez, le devuelven la mirada con miedo y cierto grado de hostilidad. Hasta que un hombre se pone de pie y reclama, tal vez para aliviar su miedo:

  —?Tú... quién te trajo aquí? —pregunta mientras sostiene un trapo cubierto con sangre de personas conocidas.

  Al notar esto, la ira por las acusaciones infundadas y el miedo que provoca su mera presencia se detiene en la garganta de Víctor. Con una mirada fija en él, sabe que cada palabra que vaya a decir no servirá de nada más que provocar más a la multitud asustada, como poner le?a al fuego.

  —Yo lo sabía, nunca debimos confiar en él... Tal vez tuvo algo que ver con que esa cosa atacara así —se suma una mujer con un ni?o en brazos.

  —él me ayudó a venir —interviene la sacerdotisa, tratando de calmar a las personas asustadas que comenzaban a acercarse a Víctor.

  —Pero... ese es un extranjero. Esa cosa nunca había atacado así. ?Quién sabe si tuvo algo que ver? —replica otro hombre, mientras aprieta sus pu?os en se?al de impotencia.

  —?Así? —pregunta Víctor, con la mirada de un animal buscando sangre.

  —E-esa cosa solo había atacado una vez directamente; nada como ahora. Ese aullido o esa ráfaga de fuego... nada —responde el hombre, quien es llevado por la sacerdotisa hacia atrás, alejándose del alborotador.

  Mirando a esa gente, Víctor sabe que, al igual que en su vida pasada, lo único que podía hacer era dar un paso seguido del otro. Pero, a diferencia de aquella vez, tal vez sea algo más que venganza. Al suspirar, él lo sabe: esa rabia de esas personas por la falta de juicio...

  —Sacerdotisa, iré a ayudar; por favor, cuida de todos ellos. —Sin esperar respuesta, comienza a correr.

  Con cada paso que da, el fuego negro se expande y, de pronto, la luz de la magia llama su atención. Yendo cautelosamente, toma un arco y una flecha que estaban tirados cerca del fuego. Ve a Kanea desmayada junto a Falu, al borde de colapsar por la presión. Acercándose, aclara su voz tanto como puede y toca su hombro.

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  —Debes tranquilizarte o todos moriremos.

  Apretando los dientes, Falu suprime cada pregunta y emoción que amenaza con consumirlo, poniéndose de pie entre la lucha que sostenían su padre, los líderes y Emma. Falu y Víctor llevan a Kanea al refugio, exhaustos y heridos, dejando a Kanea en un rincón.

  Entre las miradas afiladas que algunos heridos lanzan a sus espaldas, surge la idea de que algo más sucede. ?Por qué Kanea se desmayó? Sin razón aparente, ?qué significa esto? Y como si le corriese un escalofrío, toma con cuidado a Kanea, revisando detenidamente cada parte de su cuerpo. Su rostro lo decía todo; el deseo de que no esté en lo correcto. Pero en un rincón de su espalda, un brillo tenue, morado, absorbe la luz. Al alzar un pliegue de su ropa, una marca extra?a se hace presente.

  Esto provoca en Víctor un rastro de pánico que se filtra en su rostro y es rápidamente percibido por Falu. Pero, lejos de importarle a Víctor, más preguntas de su vida pasada se acumulan. ?Por qué ahora? ?Sucedería esto en a?os en el futuro, en la caída de Elington? No ahora, y casi como un susurro expresa:

  —?Prueba?

  Sin poder contenerse ni un segundo más, Falu habla:

  —?Qué sucede, Víctor? —intenta mantener su postura ante la situación y lo que significaba para los que luchaban.

  Aún sumergido en sus ideas, Víctor no responde, y esto hace que Falu acumule más preocupación.

  —?Por favor! Eso no es una herida cualquiera —grita con una voz ahogada.

  Notando su preocupación, Víctor sabe que no puede hacerlo solo y pide:

  —Falu, tú... debes confiar en lo que te diré —trata de ordenar sus ideas mientras pronuncia estas palabras.

  —?Qué le sucede a la ni?a? —interrumpe la sacerdotisa, revisando a Kanea en busca de posibles heridas.

  —Podría aplicarle una bendición de curación para las heridas... eso la despertará, por favor.

  Al ver alejarse a la sacerdotisa, la expresión de Falu pasa del control a una profunda ira por lo que no sabe. Tomando a Víctor por el hombro, pero antes de exigir alguna explicación, la mano de Víctor, casi inconscientemente, es llevada al cuello de Falu, como un hombre que vive en la guerra. Sin embargo, se detiene antes de completarlo y Falu continúa:

  —Dime ahora, ?qué está pasando? —pregunta entre dientes apretados.

  —No te podré dar más detalles, pero si no hacemos algo rápido, todos moriremos.

  —?A qué te refieres? Los guerreros de mi pueblo pueden...

  —No, ellos... Me refiero a la marca en su espalda. ?Lo viste? Alguien llamó a esa cosa. Su objetivo no es acabar con ellos, sino esparcir esa... enfermedad.

  —?Cómo es que tú...?

  —Te lo dije, debemos movernos rápido. Cada segundo cuenta.

  Dichas estas palabras, un corte de espada dejó desconcertados a todos. El ruido sacudió cada parte del cuerpo de los reunidos en ese lugar.

  —No hay tiempo. Debes ir con las personas que están luchando y explicarles lo que está pasando. Y pedirles lo que te voy a decir.

  En otro lado del salón, la sacerdotisa observa cómo la cara de Kanea recupera algo de color. El brillo extra?o que vio en Víctor y que había mostrado antes desaparece, y al recuperar la conciencia, Kanea se sienta para reaccionar. La vista de la sacerdotisa busca inconscientemente por los alrededores hasta encontrar a Falu; su rostro, marcado por el terror, contrasta con la ira y determinación de Víctor.

  —Son dos caras de la misma moneda, ?no? —expresa Kanea, tratando de sacudir su confusión y miedo ante lo que estaba ocurriendo.

  —Debes descansar; no sé qué es esa marca, pero mi poder logró estabilizarte.

  —Estaré bien. Debo ir a ayudar a esos dos antes de que se maten —responde Kanea, tratando de controlar las náuseas que provoca ese extra?o malestar.

  —Por favor, se?orita Kanea, deberías...

  Pero antes de poder terminar su petición, la voz de Víctor se hace escuchar:

  —Kanea, necesito tu ayuda.

  Con algo de sorpresa por la voz de Víctor, que se siente cargada de emoción, y a pesar de su indiferencia, Kanea se burla.

  —Vaya, al menos dame los buenos días.

  —Ni?a, lo que necesites puede esperar hasta que esto termine; no creo que deban... —la sacerdotisa trata de calmar la situación para que ella pueda descansar.

  —De eso estamos hablando. Necesitamos toda la ayuda posible o moriremos de cualquier forma —agrega Falu.

  Un silencio sepulcral se hace presente entre las cuatro personas reunidas allí.

  —Y también necesito algo, sacerdotisa... Necesito que infundas tus bendiciones en estos objetos —dice mientras toma cuatro flechas de la mano; esa petición, cargada con todo tipo de emociones, refleja la preocupación por la negativa que podría tomar la sacerdotisa ante sus votos y la esperanza de que, después de lo que ha vivido, ella pueda aceptar.

  —Yo... ?por qué debería...? —observa el rostro de Víctor, un rostro que, según la mirada de la sacerdotisa, refleja una voluntad diferente a la de querer sobrevivir: una voluntad ?rota?

  Antes de que ella pudiera poner sus creencias frente a su petición, Víctor continúa:

  —Usted lo ha visto, ?no? Yo... no estoy aquí para salvar a nadie... pero no quiero morir aquí... hágalo por esas personas a las que ha ayudado desde hace mucho...

  Acercándose al oído de la sacerdotisa, susurra para ella:

  —Esos seres cubiertos de oro no estarán aquí; su voluntad es suya.

  Esas palabras provocan preguntas en la sacerdotisa: ?Qué sabe de ellos? ?Cómo puede hablar con tanta seguridad? Pero una palabra surge con más fuerza: Moksha. Dejando atrás la mirada de desconfianza de los aldeanos, lo sabe: ella debe dar el primer paso o aquellos que están aquí no podrán cambiar.

  —Lo haré, pero debes prometerme algo.

  —...

  —Te lo diré cuando esto termine. Ahora, sostiene esas flechas con firmeza.

  Con unos cánticos casi sagrados que envolvieron los oídos de todos en esa habitación, una luz dorada emergió de la sacerdotisa y comenzó a fluir hacia las flechas que sostiene Víctor. Las personas lo saben; ese brillo que emana de la sacerdotisa es la fe que ella proclamaba, la que los había ayudado en sus momentos más oscuros. Su luz los llena de una calma a pesar de que no compartan la misma fe; ellos pueden creer en ella. Pero, incluso con ese recordatorio, la oscuridad que evocaba el recuerdo de ese extra?o no pudo ahuyentar la sombra de sus corazones.

  —Esa chica me ayudó con mis deberes —susurra una mujer con vendas en el brazo.

  —Aún no confío en ellos —susurra otro hombre, sosteniendo a su hijo.

  —Ella me dio un pergamino de espíritus —una mujer con un ni?o alzó más la voz.

  Con sus ojos llenos de esa luz dorada, la sacerdotisa mira a las personas, llenas de asombro y miedo. Todas las personas en esa habitación brillan con una luz igualmente dorada, que solo personas como ella pueden notar. Al observar a la persona que tiene delante, la confusión la invade: la luz de Víctor, a diferencia de la que está acostumbrada, es un poco más tenue.

  —Víctor... tú, ?te sientes...?

  La mirada de Víctor la nota; ella quiere decirle algo, pero con una leve sonrisa, tal vez con resignación o sabiendo lo que ella quiere decir, solo puede expresar con esa sonrisa comprensión. Y, como si la sacerdotisa lo comprendiera, continúa:

  —?Sobre esa marca? —cuestiona la sacerdotisa con una leve preocupación.

  —Busca cautelosamente algo parecido en todos los que están aquí, por favor —responde Falu.

  —Está listo... Solo son... bendiciones de curación simples. Es lo que puedo hacer.

  —Eso servirá... gracias —expresa Víctor con determinación.

  Tomando las flechas, Kanea se pone de pie y comienza a caminar en dirección a la puerta.

  —Kanea, lo que necesito que hagas requerirá que mantengas la calma sin importar lo que suceda, o podrías terminar devorada por esa criatura.

  Al escuchar eso, algo más que miedo cruzó por la mente de Kanea. La sensación de, por fin, haber entendido a Víctor. Esas palabras, más que una advertencia, se convirtieron en una se?al de preocupación por no querer perderla.

  —No te preocupes, mi maestro me ense?ó bien —habla para ambos.

  Apretando el pu?o, Falu conocía el plan, pero no estaba seguro de que alguien pudiera prestarle atención en semejante caos. En medio de una mara?a de pensamientos, una voz se alzó en el ruido.

  —Confío en ti, Falu —pronunció la sacerdotisa, sabiendo que eso era lo que él necesitaba escuchar.

  Con un asentimiento, todos salieron.

  —?Por qué confiar en él? Aún no entiendo eso —el mismo hombre que trató de culpar a Víctor habló mientras apretaba una herida sangrante en su costado.

  —Es un salto de fe. Si queremos sobrevivir, debemos confiar, incluso en aquellos que creemos traidores.

  El horario será el típico, viernes y el adelanto será el martes :) en patreon

  gracias por leer ;)

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