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El Precio del Aliento

  Dentro de una cantina casi en ruinas, el bullicio de las personas celebrando y bebiendo fue reemplazado por un tono melancólico y deprimente; un ambiente cargado por aquellos que intentaban borrar sus pesares a través del alcohol. Entre ellos, dos figuras destacaban: un hombre con una lanza y una mujer delgada a quien le faltaba un brazo. Con un ligero movimiento, ella alzó el vaso que tenía delante, impulsado por el viento.

  —?Cuánto tiempo te presto el cuerpo? —pregunta el hombre, buscando en los ojos de la mujer respuestas a sus propias inquietudes.

  —Solo hasta que salgamos de la cantina... —responde ella con voz ronca, que no es propia de su cuerpo, como si su propio espíritu también estuviera cansado.

  —Ella aún...

  —Nunca lo ha superado. Esa ni?a todavía sue?a con su esperanza, deberías verlo.

  —Eso decía el genio de la espada sobre su amiga, pero ninguno de ellos vivió lo suficiente para ver lo que venía.

  —Yo creo que son una mierda... Estamos en una batalla perdida; según se dice, esta maldita ciudad no le queda mucho tiempo. —Con melancolía, la mujer mira a los hombres y mujeres a su alrededor, perdidos en sus propias penas.

  —Sí... Solo hace falta un asedio real y todos morirán.

  —?Regresarás con esos locos para otro golpe? —pregunta la chica, jugando con el vaso en el aire mientras lo manipula con destreza.

  —Si es lo que ella quiere, y ya he perdido mucho como para ser el último que queda —responde el hombre con un suspiro resignado.

  —Patético. "Tu mejor amiga"... Ja, quiere ir a morir entre botellas de trago.

  —Supongo que está bien. A estas alturas, no importa nada, ?o sí, rey del viento? —se burla el hombre, aunque su tono oculta un rayo de fragilidad.

  —Ja, ese título pocos lo recuerdan —murmura mientras recuerda a aquellos que lo llamaban así.

  —Lo que sea que decida, dile que ella y yo saldremos en unos días. La esperaré hasta la salida del sol; si no ha muerto de alcohólica...

  Dicho esto, el hombre toma el vaso que se acercaba a la mujer mientras se pone de pie.

  —Y tú, Víctor, si no estuvieras con ella, ?qué estarías haciendo ahora?

  —...

  —Sé sincero. ?Desde cuándo nos conocemos? ?Cuándo cayó el rey demoníaco o cuándo sucumbió el reino espiritual? Ambos morimos con nuestra venganza.

  Al llegar a la puerta de la caverna, el hombre se detiene y deja el vaso en una mesa vacía.

  —Supongo que sí... Ni siquiera hubiera llegado al final de toda esta miseria si no la hubiera encontrado.

  —... Patético —se burla el rey del viento, sin saber que su tono esconde una verdad más profunda, pero una pregunta igual de antigua ronda su mente: "Si tan solo uno se hubiera dado cuenta antes... ?algo habría cambiado?"

  ***Presente***

  Entre el ruido de la bestia que salió corriendo, los cuerpos inconscientes de Víctor y Zael yacen rodeados de llamas. Cerca de ellos, las manos temblorosas de Kanea están arrodilladas, enfrentándose al aterrador escenario que tiene ante sí.

  —?Estás bien, ni?a? —pregunta alguien, sacando a Kanea del shock.

  Antes de poder responder, lo único en lo que puede pensar es en los últimos momentos de Víctor antes de caer al suelo, su rostro cansado y su boca llena de sangre en el instante fatídico, mientras ella, impotente, solo puede mantener la ilusión de esa resplandeciente luz junto a otros magos del pueblo en medio del fuego.

  —Debemos ayudar...

  Kanea, escuchando eso, sale corriendo en busca de Víctor, asaltada por la desesperación de conocer su estado actual. La imagen de su madre y su hermana siendo arrasadas por esa lanza atormenta su mente con cada paso que da; con cada uno de esos pasos, la impotencia se acumula.

  En el segundo antes de llegar a Víctor, una figura comienza a formarse sobre él, algo parecido a un gato hecho de aire. En el rostro de Kanea y Nehari se refleja asombro y confusión.

  —?Eso es un espíritu de viento? —pregunta Nehari, siendo la primera en hablar.

  Dentro de Nehari, las preguntas se acumulan: ?Quién es ese ni?o? ?Sin núcleo ni afinidad con los espíritus, tiene a uno de ellos a sus pies... protegiéndolo?

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  —Nehari, debemos... ayudar a los... —trata de ordenar Zael antes de colapsar en el suelo.

  Tomando a los heridos, Kanea y Daina ayudan al pueblo a organizarse junto a los soldados que lograron sobrevivir.

  En el abrigo de la noche, Kanea, sentada junto a la cama de Víctor, no puede dejar de pensar en lo que pasó, así como en sus dudas: ?Cómo lo sabía? ?Cómo logró tener un espíritu de viento sobre él sin un indicio previo? Pero, sobre todas esas dudas, la preocupación por su estado actual la consume. En medio de ese caos mental, unas manos cálidas la hacen reaccionar.

  —Hola... ?cómo estás? —pregunta una mujer.

  —Tú eres... la chica con el ni?o —habla sorprendida Kanea.

  —Me alegra que me recuerdes. Te traje esto —extiende un plato de comida la mujer.

  —Gracias.

  —?él estará... bien? —pregunta inquieta la mujer.

  —... Yo... no lo sé... espero —responde Kanea, respirando pesadamente, conteniendo su miedo.

  Acercándose a Kanea, la mujer recuerda al chico siendo arrojado por esa bestia y la aterradora presencia que sintió antes de desmayarse. Si no fuera por su propia gente y por ellos, ahora incluso sus hijos estarían muertos. La mano de la mujer se acerca a la ni?a, casi de la edad de uno de sus hijos, y susurra:

  —Gracias a los dos.

  Con ese agradecimiento, los muros que Kanea había alzado desde hace tanto comenzaron a tambalear por primera vez, y la voz de una ni?a asustada habló.

  —Tengo miedo —dijo entre lágrimas que fueron acompa?adas por una leve brisa.

  Pasadas unas horas...

  Los ojos de Víctor se abren. La confusión, el dolor y el aroma a madera quemada son las primeras se?ales de que aún no ha muerto. Al ver sus alrededores, el ruido de una puerta abriéndose llama su atención.

  —?Nehari? —pregunta, confundido.

  Sin responder, Nehari camina lentamente hacia la cama donde se encuentra Víctor y, sin decir nada, con un movimiento casi imperceptible, toma su cuello, apretándolo lo suficiente para dejar claro que no es una broma.

  —?...Qué? —trata de hablar Víctor.

  —Te doy un minuto —habla con un tono vibrante que confunde el oído—. ?Cómo sabes de las runas de llamado? —cuestiona con un rostro que no se alinea con la ira de su voz.

  —?Quién... eres? —al borde del desmayo, desafía por instinto.

  —Tú sabes quién soy. Tú me llamaste humano, después de todo.

  Esas palabras, soltadas con un leve hilo de ira, hacen reaccionar a Víctor, y un nombre ahogado sale de sus labios.

  —Rey... rey del viento.

  Esas palabras susurradas por una persona al borde del desmayo sacan una sonrisa sádica del rey.

  —Correcto... Ahora responde... mientras aún puedas.

  —Un espíritu me lo ense?ó —responde entre jadeos—. Por favor, mocoso, no me des más razones para matarte —implora, molesto.

  —Es verdad... el espíritu... fuiste tú y... la reina espiritual... tierras de Elington.

  —?Qué?

  —La mujer de la promesa rota... el hombre... de la verdad... yo lo sé todo —se acelera a responder.

  Un silencio pesado siguió a esas palabras, y la voz y una sorpresa sobre ese espíritu que controlaba a Nehari hicieron que soltara a Víctor.

  —Cof, cof... sabes forzar a un espiritista a formar un contrato... tendrá consecuencias... según tengo entendido. —Se burla entre jadeos.

  —?Por qué debería confiar...? ?Cómo algo como tú sabe de eso? —exige con ira y frustración.

  Sentándose, a pesar del dolor, su mirada se pierde en recuerdos, recuerdos de un futuro que ya no es.

  —No deberías. Yo no confío en ti, pero aquí estamos... en una situación de peligro. Para serte sincero, tú eras mi última opción —tomando aire, sigue—, pero la vida tiene un sentido del humor retorcido.

  —...

  —Deberías hacer las preguntas que pueda responder. Tienes que liberar ese cuerpo rápido.

  —?De qué hablas?

  —Lo viste, ?no? Los cuerpos que no tienen heridas tan graves en el suelo, colapsados, y entre ellos aquellos que tienen un poder de mana considerado.

  Esas palabras hacen reflexionar al rey; las personas en camillas colapsadas sin razón aparente. Incluso para alguien como él, un espíritu con miles de a?os de experiencia, no podía ver.

  —?Qué tienen? —realiza su primera pregunta.

  Sintiendo, Víctor responde:

  —Todos, incluso el cuerpo que habitas ahora, están infectados. En el costado de su espalda baja aparecerá una marca cuando la infección llegue a cierto punto o, bueno... en su mayoría, a pocos les afecta de forma diferente.

  —?Por qué sabes tanto?

  —No te lo puedo decir. Las paredes tienen oídos —responde Víctor, recordando a un hombre con marcas negras en su cuerpo riendo con arrogancia.

  —Responde —exige el rey, perdiendo la paciencia.

  —Si quieres, mátame. Yo no responderé a esa pregunta, pero recuerda que solo yo sé lo que vendrá.

  —... Dijiste que todos estaban infectados, ?eso te incluye?

  —Cualquiera que tenga una pizca de mana en su cuerpo activo, pero... hay una cura.

  —Supongo que no me dirás cómo me conoces... ?y quién es la chica?

  —No es su deseo ahora... ni siquiera ella sabe lo que es, y tampoco te diré la única por la que no me has terminado de ahorcar.

  —Razonable —se burla el rey, tratando de buscar mentira en sus palabras.

  —Tus oídos.

  Tocando las orejas de la mujer, un hilo de sangre apareció en su dedo.

  —Supongo que exigirás algo a cambio del nombre de la mujer y lo que sepas de mi pasado.

  —Soy humano, por supuesto... tu ayuda hasta que lleguemos a ella y tus recuerdos perdidos serán tuyos.

  —Si me mientes... —El rey sabía que un trato sin mana no era más que una formalidad, pero con alguien como él es tener un enemigo del cual no se puede escapar. En el interior de Víctor lo sabía; incluso en sus últimos momentos, la actitud de ese "rey" era fluctuante, caprichosa, más allá de sus recuerdos perdidos. No era alguien confiable, era... patético, pero a pesar de ello gritó:

  —Acepto.

  Extendiendo su mano, un espíritu de un gato se forma con el viento.

  —Por ahora no lo verás y no podrás interactuar con él, pero él contigo hasta cierto punto sí. Será mejor que crees un núcleo y... un medio para hacer un contrato rápido.

  Con esa orden, la luz de los ojos de Nehari se fue apagando junto con los ojos de ese espíritu con forma de gato que lo miraba fijamente hasta que su conciencia afloró.

  —?Qué? ?Yo? —pregunta Nehari, confundida.

  —Siéntate, debes estar cansada... —aconseja Víctor.

  —?Víctor! —esclama Nehari, confundida.

  La voz de Kanea se oyó, interrumpiendo las preguntas que Nehari tenía, mientras Kanea se acercaba a la cama de Víctor y se fundía en un abrazo lleno de preocupación y genuino cari?o. Sintiendo eso, algo en Víctor hizo que abrazara a Kanea con esa misma intensidad.

  —Estoy bien —susurra Víctor, tratando de mentirse a sí mismo y calmar a Kanea.

  —Víctor —interrumpe Nehari.

  —Fue el rey del viento —responde Víctor de manera seca mientras Kanea se acomoda a la situación actual.

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